
Paso unos días en el campo, unas pequeñas vacaciones que voy a disfrutarlas como si fueran las únicas de este verano. Pasar unos días viviendo el paisaje de una preciosa zona de Bullas, entre viñedos y pinos cuando las playas presagian tantas incógnitas, es una suerte echada y no al azar, para un verano que ya ha mostrado su agresiva imagen. Junio casi se ha salvado, pero es cierto que el espejismo ya ha terminado. Muchos sufrimos el verano. El calor se asienta sin remedio y nada hay que le haga desertar: “El calor de Murcia es honesto” dice una amiga que viene del Norte, tan responsable como acertada siempre. Dichoso verano. Los niños juegan a ser salvajes, sueltos entre las horas de libertad, líderes entre bromas y gritos, parecen desbordarse entre la piscina y la colchoneta, mientras yo escribo varios sobresaltos agitan la tarde, un in crescendo de final incierto.
Cada minuto es ir a lo inevitable: se torcerá la alegría por llanto, los saltos al aire por el dolor del golpe. Pero es el ocio de la tarde que declina como la energía de mis nietos y que hace unos instantes ardía en sus cuerpos infantiles acalorados. Menos mal que no he intervenido; continúo escribiendo perezosa, como el paisaje, que lentamente cambia de color, y la luz ya no es tan cegadora y el viento del atardecer tranquiliza un poco el ambiente y observo cómo la temperatura que se resiste a cambiar lo hará ciertamente. Así son las leyes exóticas del estío que nos conectan con su realidad cada año. Todo se relaja por otro lado, se detiene a la fuerza. Y pienso en el mar, no sé, lo echaré de menos, y en el agua tranquila y transparente de la piscina, y en el placer de coger un libro y abandonarlo por ese mágico dejarse llevar de unos ojos que se cierran y se vuelven a abrir para cerrarse de nuevo; una relajada actitud ante la concentración despistada de una lectura veraniega.
Es todo imprevisible ahora. Pero hoy recuerdo especialmente mis vacaciones al final de un verano todavía no muy lejano, con Birgitta, mi amiga sueca que baila tangos con José, su pareja, uruguayo y un poco sueco también. Desde Estocolmo fuimos a FÔRË, la minúscula isla al norte de Gotland, donde Ingmar Bergman pasó sus últimos años en una casa construida encima del Báltico. A principios de julio se celebra El Festival Bergman, y por primera vez este año se ha suspendido a causa del Covid-19. Cuando nosotras visitamos la isla ya había acabado el festival, todo estaba muy cerrado, quieto y solitario, pero pudimos patear la isla a nuestro gusto, incluso abrimos la verja de la casa de Bergman cerrada con una simple cadena, que da paso a un caminito lleno de plantas secas; un lugar muy austero y sombrío, con el viejo Volvo rojo, que ahora descansa bajo un techado vegetal, y que Bergman utilizaba todos los días para trasladarse al ferry que, cada diez minutos, cruza el pequeño espacio que une las islas, una sencilla ceremonia que suponía comprar el periódico y el pan.
Y yo siento un placer único, personal unido a la sensación de estar usurpando la intimidad de alguien que ya no está, pero que me apetece muchísimo, con el morbo de estar viviendo una experiencia fuera de lo normal, fantástica, única que impide dar la vuelta, y, en la que yo me dejaba llevar por la experta Birgitta, excitada y miedosa a la vez, pues había una gran tempestad con escasa lluvia, pero con fuertes vientos que crujían abajo, donde el mar chocaba furioso estrellándose en las rocas, con un ruido espantoso. Una tormenta que se escuchaba. y solo se veía a medias porque el cielo propuso unirse provocando una oscuridad perfecta a la escena que estábamos viviendo… o vivía yo sola, porque Birgitta parecía muy tranquila, como si aquello fuera normal, y creo que incluso disfrutaba recreándome precisamente aquellas circunstancias, encantada de que las fuerzas de la naturaleza acompañaran aquello que sabía que a mí me produciría tantas emociones, ella, tan atenta a mi admiración por Bergman…, y que por supuesto yo las vivía encantada, sublimizada, mientras, encogida por el frío, el misterio, y lo desconocido admiraba. Me sentía agitada, y cogida de su brazo me uní a su fría serenidad y recorrimos la casa, desde el exterior, que exhibía todas y cada una de las habitaciones: explicándome las estancias como una auténtica guía, en la semicircunferencia que formaba el edificio.
La biblioteca, con un desvencijado sillón donde se recostaba y el taburete donde apoyaba los pies, enfrente de una gran biblioteca, y en la pared cinco fotografías enmarcadas que reflejaban el busto de una mujer, en negro sobre fondo blanco, con peinado del siglo XIX, que bien podría ser la serie de la toma de una escena de FANNY Y ALEXANDER… Y así continuamos recorriendo la austeridad de un genio que solo se dejó seducir por el cine y por las mujeres, sus actrices, a las que amó y que torturó en los rodajes, para que sus películas resultaran obras de arte… Todas.
Mereció la pena: subimos a un barco durante tres horas, alquilamos un coche en Visby, nos atravesamos la isla de Gotland y cogimos el ferry hasta FÔRË… El mayor espectáculo que tenía reservado para un verano, nada igual a los otros.
¡La semana que viene nos encontramos!



