
Empezando por el final de la película y haciendo un spoiler os cuento que muchas personas sufren relaciones tóxicas y les cuesta vincularse de manera madura o sana con iguales o con una pareja, siendo en otros ámbitos de su vida muy competentes y válidos. En su trama personal aparecen creencias negativas que les hacen elegir andar con muletas invisibles sin cojeras evidentes y por más explicaciones que buscan no encuentran una respuesta racional a esa atracción que les impiden tomar decisiones justas para seguir avanzando, a pesar de que su parte adulta tomaría otro camino.
Que nos cuenten el final de una película molesta bastante, pero adelantarnos en este caso nos puede ayudar a hacer un viaje interesante sobre alguna carencia emocional pasada, para que cuando “regreses al futuro”, como la película protagonizada por Michael J. Fox, hayas cambiado lo que no te gusta del presente. Todo lo que haces en el pasado, te repercutirá en el futuro, por lo que si durante este viaje uno descubre lo que necesita puede aprender a dárselo y no a esperarlo en el otro.
Todos hemos visto la imagen de patitos recién nacidos siguiendo a la figura de referencia y cómo se angustian al separarse de ella. Este pegamento emocional se llama apego y aquí empieza la verdadera historia, el inicio de los primeros y fuertes lazos afectivos, que mal avenidos explican formas de dolor emocional, ansiedad, ira, depresión o alejamiento emocional ante pérdidas afectivas o amenazas de ellas. Esta reacción con sabor a inseguridad se dispara en nuestra mente en la etapa adulta al sentir el rechazo de una persona o un distanciamiento. Si de pequeños tuvimos la sensación subjetiva de no sentirnos suficientemente queridos o valorados, en nuestra mente se queda esa sensación de angustia o depresión que se descongela al sentirnos abandonados. Cuando en el futuro se repita una situación emocional similar se activa ese chivato que tenemos en el cerebro ante situaciones de desapego.
Pero, ¿por qué si algo no es bueno, lo mantenemos? Por miedo. El miedo es una emoción pero también es una defensa emocional que nos quiere proteger con capas de cebolla de otro dolor más intenso; de la soledad y el abandono. Y como buenos soldados elevan armas para atraparte en la dependencia emocional que silencia la inseguridad.
El miedo al abandono y a la soledad crea una adicción al autodesprecio y como un fantasma del pasado te recuerda que no eres digno de ser bien tratado. Recuerdo a mi joven paciente María el esfuerzo que está haciendo actualmente para enfrentarse de manera voluntaria a su soledad porque ha descubierto durante su viaje por el pasado que boicotea su felicidad en la pareja para al final sentirse una fracasada; o las conversaciones con mi amigo Pablo que permite que su secuestro emocional le haga despreciar otras oportunidades y otras experiencias que aportan bienestar y seguridad.
Existen abordajes psicológicos que ayudan a reprogramar creencias negativas y a resolver traumas de apego que provocan problemas de vinculación en la etapa adulta, procesando información que se quedó sin almacenar en las redes de memoria y que se disparan en cuanto reconoce la amenaza. Es una faena que por experiencias pasadas no se pueda elegir el presente y disfrutar el futuro.
No siempre el corazón y la mente trabajan en equipo, sino en bandos contrarios, perdiendo la dignidad con razonamientos emocionales, como si las emociones pensaran, como si las emociones tuvieran la razón. Hay personas que ante esta distorsión cognitiva llegan a la conclusión de que si estoy triste es porque estoy solo, llamando amor al dolor que supone el duelo por una pérdida, el miedo a decir adiós sin dramas. Y lo que realmente duele está dentro de uno mismo, por lo que no es justo que recaiga el peso emocional en el otro, dándole la pócima mágica de tu felicidad. A veces hay que olvidar lo que uno siente para recordar lo que uno vale porque al escucharse a uno mismo valida su autoestima. Fin del viaje y feliz regreso al futuro.
Nos vemos el próximo miércoles.



