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ENTRE TÚ Y YO

La paz de la soledad

Mariate Almela Viernes, 10 de Julio de 2020 Tiempo de lectura:

 

Me llamo Alma y hasta hace dos días formaba parte de los humanos vivos, pero eso ha cambiado. Ahora lo veo todo desde otra dimensión.

 


Al terminar la clase donde me había colado, salí con la sensación de que mis reflexiones me llevaban hacia mi casa, pensar en mi historia me hizo querer saber más de mis raíces y de mis predecesores. Fui cuesta abajo toda la calle hasta llegar a mi barrio y subí hasta el elevado piso sin necesidad de coger el ascensor.



Siempre me gustó la amplia vista que se veía desde el balcón del comedor y la sensación de libertad que me producía mirar por él. Esta vez me iba a asomar al revés, desde fuera, para reflexionar sobre si la soledad tiene esa connotación de tristeza de la que algunas personas hablan o si por el contrario nos acerca más a nuestro interior y nos aleja del miedo. Ese miedo del que hace tiempo os hablé tras escuchar a mis vecinos Pedro y Jorge (el ‘musculitos’ del ático).



Ascendí por la fachada del edificio pasando por cada uno de los ventanales, observando a las familias que estaban en sus salones, hasta llegar al piso donde me había criado.  Allí estaba mi madre, leyendo, con una luz tenue. La soledad, esa carencia de compañía que en ocasiones no es voluntaria, no siempre es sinónimo de tristeza ni de desamparo, a veces solo se trata de estar solo con uno mismo. En ocasiones puede despertar nostalgia o melancolía sin que por ello llegue el desconsuelo.



Mi madre, no había elegido la soledad, pero nos fuimos yendo todos, hasta mi padre que no le tocaba marcharse y un buen día se fue. Es curioso como damos por hecho que las cosas son como son y que de una manera natural asumimos que no pueden ser de otra forma.

 



Estaba oscureciendo y vi cómo se encendía la luz de la vecina de al lado, que se asomó a su hermoso ventanal para tocar con los nudillos el de mi madre - vecina, ¿necesitas algo? - dijo Carmen.



Eran tiempos complicados en los que nos tocaba a todos estar aislados del mundo y a algunos más que a otros. La vida en ocasiones nos da lecciones y esta vez el aprendizaje consistía en lidiar con una situación antes no vivida y demostrar al mundo, y sobre todo a uno mismo, que si nos lo proponemos podemos con todo.

 

- No Carmen, muchas gracias, estoy bien - le contestó mi madre desde su mirador. Me pasan los días muy rápidos, hablo con mis hijos, mis nietos y con todas mis amigas que tenemos mucho contacto - continúo diciéndole a su vecina.



Mi madre hablaba mucho y nunca vi en ella un atisbo de debilidad, de queja ni de rendición. Llevaba aquella situación con mucha valentía y su soledad aun sin haberla elegido, no era un problema para ella. Las ganas de vivir y de aprovechar el tiempo no dejan lugar a lo superfluo ni a las cosas sin importancia, y tener esa consciencia y seguridad de que estar solo no significa estar en soledad, ayuda mucho a sentirse acompañado y querido.



Yo vendría todos los días a asomarme por aquella ventana y le susurraría: no estás sola, nunca lo estás. Vengo a vigilarte todos los días, a comprobar que estás bien y a decirte (con todas mis fuerzas) que me siento orgullosa de ti.



En ese momento, mi madre acarició una foto mía que siempre estaba en el aparador en aquel marco tan bonito lleno de estrellas, la besó y la acercó a su pecho abrazándola y sentí que aquello que yo le había susurrado le había llegado al alma.



Fui descendiendo lentamente por la fachada del edificio pensando que todas las situaciones tienen su cara y su cruz y que mi madre había elegido cara en vez de elegir cruz; no lo había echado a suertes, solo había decidido que escogería la parte bonita de la soledad y que nunca se iba a dejar llevar por la tristeza porque tenía claro que no era sinónimo de desconsuelo si no de estar en paz en su interior.



¡Hasta el viernes que viene queridos lectores!

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