
Uno de las demandas más frecuentes en consulta son los problemas de relación. Acuden personas angustiadas, depresivas, pero sobre todo desprotegidas por su dificultad para conectar de manera segura con iguales, hijos, compañeros de trabajo, pareja... La inseguridad es una realidad universal y aunque las estadísticas dicen que el 60% de la población tenemos un apego seguro, a todos se nos disparan miedos que nos tambalean y me refiero al miedo a no sentirnos suficientemente queridos, válidos o importantes.
Este disparador tiene que ver más con el pasado que con la situación presente o si no que se lo digan a Mar que llora desconsolada porque su hijo no se quiere vestir después de pedírselo amablemente ocho veces o a Jorge que se frustra porque pilla un atasco, a Jesús que se hunde porque no le renuevan el contrato o a Olga que se decepciona si la pareja no se ha dado cuenta que ha ido a la peluquería; a Marina que sabe responder con contundencia a su jefe de estudios, pero le tiemblan las piernas a la hora de hacer un baile.
A todos ellos les surge una explosión interna que suena más a necesidad que a realidad y que traslada a la persona inconscientemente en milésimas de segundos a un momento preciso muy pasado. Cuando veo a un paciente adulto llorando desconsolado, encogido y haciendo pucheros le pregunto la edad de ese momento de tristeza y puede que no alcance los 10 años. Se ha ido donde su necesidad no está cubierta; esa vuelta a una edad temprana con olor a colonia fresca en un cuerpo de 40 años suele ser por no tener el abrazo emocional esperado de ser escuchado, apoyado o comprendido.
Es lo que Freud llama 'herida primal' resultado de la falta de acceso emocional, psíquico o físico de los cuidadores al niño y que en la madurez surge con una sensibilización alta al estrés y detona sin previo aviso o silencia a través de somatizaciones. Cuántos dolores de cabeza, de estómago, de insomnio aparecen por vacíos de la infancia.
Los adultos tenemos el reto de legitimarnos esas necesidades no atendidas y no reprimirlas, pero con los hijos el reto está en no crear esa herida. Los hijos no vienen con un manual de instrucciones porque ellos son el manual de instrucciones y nos enseñan cuáles son sus necesidades. Si los padres no estamos disponibles van a perder la confianza y el mundo se le puede volver hostil en cualquier de las situaciones rutinarias descritas más arriba, de atasco, desobediencia, despido, decepción…. Y esta desprotección surge cuando los padres no están lo suficientemente presentes para acompañar y apoyarlos en su exploración o para proteger y acogerlos cuando necesitan llenar su taza emocional.
Los hijos despiertan el sistema de apego de los padres a diario y lo hacen al vestirse, asearse, comer, hacer los deberes. Necesitan la presencia del padre, pero con ojos, boca, orejas y brazos porque necesitan que sus padres estén conectados como un arnés de seguridad que protegerá a buen seguro de futuras crisis emocionales por creencias negativas. Se podrán tener relaciones difíciles pero no estar atrapados en relaciones tóxicas que buscan con anhelo recibir esa aprobación y sentirse importantes. Los vacíos en la infancia es una sombra que se proyectará en la edad adulta.
Y ahora llega cuando hay que ponerle el cascabel al gato. Sabemos el problema y la solución, ahora hay que hacerlo. Imaginemos al hijo que va al parque. El padre puede ir ansioso, distante o presente. Si cuando llegas al parque te tiras con él por los columpios y no te apartas de él, puede entender que el mundo es peligroso y puede generarle ansiedad en las relaciones futuras. Si en cambio lo dejas a su aire y te entregas al móvil sin ver a tu hijo, esa desconexión le puede crear ser distante con los demás más adelante. Si por el contrario, estás presente, mirándolo y alegrándote de su juego, se sentirá importante. Las relaciones posteriores serán sanas y seguras. Situación similar cuando ya no explora por el parque y vuelve a ti para llenar su taza emocional; la forma de responder, ya sea con angustia, indiferencia o acogimiento va a marcar la diferencia de cómo regulará en el futuro sus emociones. ¿Le pones el cascabel al gato en la próxima visita al parque? Intentemos dejar el móvil y los miedos para conectar y disfrutar de nuestro hijo en el parque.
Nos vemos el próximo miércoles.

