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Opinión |
Viernes, 17 de Julio de 2020

Responsabilidad Social Generacional y Libertad de Elección

 

La primera de nuestras responsabilidades es con las generaciones que nos han precedido y con las generaciones que nos seguirán.

 

Un dato y una imagen.

 

El dato: el Population Reference Bureau (Oficina de Referencia de la Población, PRB) estima que, desde hace unos 50.000 años, ha habido más de 108.000 millones Homo Sapiens anatómicamente modernos. 108.000 millones de personas como nosotros han nacido, vivido y muerto; no deberíamos olvidar que los actuales 7.500 millones de personas que ahora vivimos somos lo que somos gracias al trabajo y el cuidado de los que nos precedieron. La especie humana es humana desde el momento en que empezó a cuidar a los demás: uno de los primeros signos de humanidad lo encontramos en aquellas tumbas prehistóricas de “ancianos” de 40 y 50 años, sin dientes, que sabemos sobrevivieron porque alguien en su lugar mascaba la comida para dársela ya preparada.

 

La imagen: el planeta Tierra visto por la sonda Voyager 1 desde 6.000 millones de kilómetros antes de salir de nuestro Sistema Solar; un “punto azul pálido” en un océano de oscuridad en la célebre descripción de Carl Sagan. Y sin embargo, es lo único que tenemos, nuestros antepasados y nuestros hijos, más allá de fantasías de viajes interplanetarios.

 

Se dice que nuestra responsabilidad es con las nuevas generaciones, con nuestros hijos, a los que hay que dejar un medio ambiente sostenible, una sociedad más justa, un sistema económico más eficiente y centrado en satisfacer las necesidades humanas esenciales (bienestar, seguridad, futuro…). Y es cierto, pero esta responsabilidad se quedaría coja si no aceptamos que somos lo que somos porque tuvimos unos padres, y abuelos, y tatarabuelos que se preocuparon antes por nuestro bienestar. Tenemos que acabar con el sesgo adanista que muchos de nuestros contemporáneos tienen: antes de nosotros, nada vale porque yo no estaba, y después “que venga el Diluvio” porque yo ya no estaré.

 

Lo que somos y lo que tenemos no ha nacido en el vacío. Lo han creado con sus manos nuestros mayores, a muchos de los cuales ni reconocemos ni apreciamos. Si algo ha puesto de manifiesto la pandemia es el escaso valor que tienen nuestros mayores en la sociedad. Parece que las personas sólo valen mientras producen, porque luego se convierten en una carga, para ellos o para la sociedad. Y las cargas o se ocultan o se acaba con ellas. ¿Cómo es posible que nuestro Sistema Sanitario y de Servicios Sociales no hubiera previsto cómo proteger a los más vulnerables de nuestra sociedad, aquellos que nacieron en la posguerra, sufrieron déficits nutricionales, aguantaron 40 años de Dictadura, se esforzaron por sacar adelante a sus familias pluriempleándose, fueron buenos ciudadanos trabajando y proporcionando una educación -que ellos no tuvieron- a sus hijos, …? Y, al final para ser descartados por el triaje y las órdenes ministeriales y autonómicas. Todos sabemos de que estamos hablando: no hemos sido responsables generacionalmente con nuestros mayores, quizás porque creemos que estamos inmunizados de esa “enfermedad” que llaman vejez. Pero ya que no ha habido Responsabilidad Social Generacional por parte de nuestros políticos, si podemos congratularnos de que la haya habido por parte de las familias. Vivimos en un país donde aún importa la familia, y debemos alegrarnos de que subsista la solidaridad intergeneracional familiar.

 

Sin embargo, debemos ir más allá de la familia, porque una Sociedad Avanzada del Bienestar se merece que nunca más ocurra el triste espectáculo de contemplar cómo más de 20.000 ancianos han muerto solos y encerrados en residencias. Ahora que la pandemia parece estabilizada y afrontamos con más seguridad y recursos la postpandemia, debemos preguntarnos, ¿qué vamos a demandar a las Administraciones Públicas para que nunca más vuelva a ocurrir la muerte ignominiosa de nuestros mayores? Porque la Responsabilidad Social no es sólo de las empresas o del Estado, es también nuestra cuando decidimos qué votar y a quien votar, qué políticas sociales se deben aplicar para que la Salud y Bienestar de todos sean reales y sostenibles: sistemas impositivos que permitan tener recursos con los que cuidar a los que nos cuidaron. ¿La solución son más residencias de Tercera Edad, mejor equipadas y medicalizadas, con procedimientos y medidas de protección más eficaces, más EPIs?. Si, pero no sólo eso.

 

La solución es que empecemos a diseñar una estrategia a largo plazo para incluir (que no es lo mismo que integrar) a todas las personas en las tomas de decisiones colectivas, con independencia de su edad. Nuestros mayores no sólo quieren que les cuidemos, quieren sentirse responsables y autónomos de su vida el mayor tiempo posible; no quieren que les arrinconemos en espacios supuestamente protegidos; quieren poder decidir dónde vivir y con quien.

 

Pensemos que nosotros mismos dentro de poco, muy poco, tendremos 60, 70, 80 años, ¿queremos recibir el mismo trato que hemos dado a nuestros padres y abuelos? Por nuestro propio interés, urge ya afrontar una Política Socio-Sanitaria con los mayores que no sea sólo asistencial o residencial. No hace falta mirar a Europa: en España ya existen comunidades de viviendas colaborativas (cohousing) donde mayores deciden unirse para compartir y disfrutar de espacios comunes manteniendo la independencia de su propia casa, servicios sociales y sanitarios pero también de ocio adaptado a sus necesidades, canales institucionales para escuchar sus reivindicaciones…

 

Todo esto existe y también económicamente es una oportunidad. Instrumentos financieros como hipotecas inversas pueden ayudar a sufragar la inversión; empresas constructoras y rehabilitadoras pueden encontrar un nicho de negocio; en entornos despoblados de la España vaciada puede convertirse en una fuente de ingresos y de repoblación; y todas las ventajas que trae consigo esta y otras formas de Innovación Social.

 

La medida de nuestro valor como personas la da el trato que damos a nuestros semejantes, y las oportunidades que les permitimos: hay vida más allá de las alternativas residenciales. Si queremos ser dignos de nuestros padres y nuestros hijos, debemos darles la libertad de elegir dónde y cómo vivir el resto de años que estaremos con ellos.

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