Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

ENTRE TÚ Y YO

En Noruega

Ángeles Hernández-Gil Viernes, 24 de Julio de 2020 Tiempo de lectura:

 

Vuelo a Bergen en solitario. Anne me ha preparado unos días de vacaciones con ella. “¿Qué te apetece que hagamos estos días?” me pregunta por teléfono. “Piensa cuatro cosas, si no son disparates, serán suficientes para disfrutarlas”. Iba a decirle: “lo que tú quieras”, pero me callé porque era una oportunidad servida en bandeja. Y me precipité al vacío sin dudar y le contesté que sí; en solo unos minutos le propondría esas cuatro cosas. Viajar sola me echaba para atrás, pero aunque pareciera una idea descabellada, me interesaba y lo haría. Soy prudente. Mi amistad con Anne y su familia es tan fantástica desde el primer momento, tan intensa y tan estrecha que podría pedirle todo lo que mi imaginación desbordada imaginara.

 

Mis cuatro peticiones para hacer esa semana: una ruta en bicicleta; baño en un fiordo; asistir a un concierto, y comer pescado en mi restaurante favorito situado en las casas de madera junto al puerto. Lo demás será al azar. Son los últimos días de julio, tiempo seco y veraniego con un cielo azul espectacular que compensa las penumbras de todo el año. Me recogen del aeropuerto Anne y su marido: un hombre discreto, callado y sereno, siempre atento, que desaparecerá hasta el día que vuelva para acompañarme al aeropuerto, de nuevo. Es una manera de dejarnos solas; mientras, estará haciendo cosas esos días  en su cabaña de la estación de esquí, en Geilo, una ciudad metida en un valle de cordilleras montañosas, donde en invierno hacen esquí de fondo.

 

En bicicleta nos trasladamos a una cabañita centenaria de la familia, haciendo transbordo en barco y casi 25 kilómetros pedaleando, que está al lado de un fiordo. Llevamos alforjas con un mínimo equipaje y la compra del supermercado. Antes de preparar la cena nos damos un baño, remamos en una barca, que parece esperarnos mientras recuerdo a Robinson Crusoe en su solitaria y desierta isla. Casi al amanecer, a plena luz estival, escapo de la cabaña, ¡cómo dormir en un lugar como este!  Doy un paseo por los alrededores asimilando la suerte de vivir a tope algo tan especial. Un paisaje donde la quietud y el silencio imperan. Todo lo que rodea nuestro refugio es auténtico, primitivo, salvaje; reflejo de una armonía pura y equilibrada, de una seguridad tan compleja que se manifiesta en su total exuberancia, ajena a toda civilización. Y yo me siento fuera de la lógica urbana acicalada, raquítica…

 

Mi apremio ahora es la necesidad de lavarme el pelo en un viejo tocador blanco con espejo y lavabo, utilizando una palangana de porcelana blanca, desconchada, que está llena de agua… al aire libre, como esperando que terminen las obras de rehabilitación de la cabaña, pero con aspecto de continuar años así, como está todo colocado. Las prisas se ahogan en este entorno solo preparado para generar buenas vibraciones. Más tarde desayunaremos en ese jardín, tan bucólico y romántico, extraño... ¿Existe un dueño? No hay vallas, ni candados que impidan el paso. Me faltan adjetivos que me ayuden a expresar lo que siento… La varita mágica de los deseos funciona.

 

Eward Grieg, un joven tímido, pianista y compositor, fracasó al querer sorprender con el manuscrito de su concierto de piano, a su maestro y mentor Carl Reinecke, junto con el obsequio de una caja de bombones. Después de una semana de silencio, cogido del brazo de su esposa Nina, todavía más empequeñecidos de lo que físicamente eran, vuelve a llamar a la puerta de su maestro. Se encontraba mal, le sudaba todo el cuerpo; había puesto demasiada ilusión en esta entrevista…, y no sabía cómo abordar el tema sin herirle, pero no tenía otra forma de saber lo que había ocurrido exactamente. Así que haciendo acopio de todas sus fuerzas afrontó su desasosiego… Sencillamente, Reinecke lo había obviado, no mostró interés alguno por su obra; la primicia de su fantástico concierto para piano y orquesta en la menor, Op. 16, había quedado en el olvido más humillante.

 

Abatido, cambió de rumbo esperando… y fue Franz Liszt, cuando acudió a él, quien lo anima a dedicarse a la composición y le dedica unas palabras fundamentales para que su obra musical continúe: “Siga firme en su camino, usted tiene capacidad. Y sobre todo, no se deje intimidar”. El músico seguramente más relevante de Noruega consiguió que sus composiciones abarcaran mucho más que su claro nacionalismo nórdico.

 

 

Y asistimos a un concierto en la casa de Grieg, a las afueras de Bergen, su ciudad natal. Un museo que recrea lo que pudo ser una casa situada en un entorno extraordinario, con un pequeño auditorio de increíble belleza pues detrás del escenario asoma parte de naturaleza, agua y fiordo. Es todo tan sutil y sencillo, que la sonata para piano y violín de Grieg, que interpretan dos jóvenes músicos, se mimetiza profundamente con un público entregado hacia el alma de su músico por excelencia. Pienso en la suerte de estar viviendo lo que tanto me gusta, con la mirada puesta en lo que allí ocurre.

 

 

Nada se da gratuitamente en este mundo. Hoy he vuelto a reflejar la amistad que surge cuando menos te lo esperas. Una habilidad que trabajada desde el minuto cero ofrece un traspaso de valores y experiencias generosas; un intercambio o abandono a un posible entendimiento, cuando el poder de la mente conduce a espacios verdaderos y únicos que guardaremos siempre.

 

 

¡¡Hasta la semana que viene!!

 

 

Ángeles Hernández-Gil

           

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.