
Es hora de regresar. Nuestro periplo por Perú llega a su fin y empezamos a preparar las maletas para volver. Vas doblando de mala gana todo aquello que irá a parar a la lavadora lo antes posible cuando el cuerpo se acostumbre al nuevo horario. Las cosas parecen que ocupan más que a la ida. Quizá sea porque a la vuelta de los viajes surge la desgana del regreso.
No dejo de pensar en todo lo maravilloso que hemos visto y vivido mientras registro dentro del armario para
comprobar que no queda nada. Miro debajo de la cama y encuentro un cargador enchufado que desconecto y guardo en mi mochila.
Termino de organizar el equipaje, y empiezo a fijar en mi mente todos esos paisajes y monumentos que hemos visitado, sin poder separarlo de las gentes que han hecho viables todas estas experiencias. Sería algo así como valorar a los individuos solamente por su aspecto físico.
Hago un repaso de la calidad humana de las personas con las que hemos compartido estos días inolvidables, además de su conocimiento y entrega en sus diferentes trabajos, el orgullo de sus orígenes y cultura, su educación, compromiso con el medio ambiente y el conservacionismo de sus costumbres me permite ver con un poco de optimismo su futuro.
No quiero olvidar a nuestros intrépidos guías, Capi y Jesús en el Amazonas. A Francisco, nuestro chófer en Cusco y alrededores, con la aventura del desprendimiento de rocas en una carretera que por la complicada orografía, las incesantes lluvias y la falta de medios, lleva años sin acabarse, pero pudimos reanudar nuestra marcha después de despejar la vía retirando las rocas con la ayuda de una pala excavadora.
A Danny, guía de la ruta del Camino Inca que se realiza a pie hasta Machu Picchu, que nos enseñó lo más
auténtico de Ollantaytambo, desde su maravillosa fortaleza hasta adentrarnos en el casco antiguo del pueblo con calles estrechas, rectas y muy pintorescas, por donde discurren canales por el suelo empedrado por donde el agua baja rápida con ese sonido hipnotizador que te refresca solo con oírlo. Dado nuestro interés por todo lo autóctono, y perplejo por nuestra curiosidad de lo no exclusivamente “obligatorio”, nos acompañó a conocer algunas casas y costumbres de indígenas residentes en este pueblo del Valle Sagrado.
Llaman a la puerta. Nos avisan que el vehículo que nos llevará al aeropuerto nos espera. Cierro la puerta silenciosamente, echando un último vistazo procurando retener hasta la última imagen de este viaje. En el trayecto, sigo almacenando recuerdos y vuelvo a Ollantaytambo, y no puedo dejar de pensar en las imágenes, que aprovecho para volver a mirar en el móvil (aquí os las muestro para captar la esencia) esas viviendas de una sola estancia donde la cocina de leña, camas, mesas, sillas y demás enseres básicos de un hogar conviven sin orden ni concierto, presidido por hornacinas donde colocan los cráneos de sus antepasados difuntos, mascotas de llamas o alpacas disecadas o alimentos deshidratados válidos para el consumo por muchos años. En el solado, de tierra prensada, corren camadas de cuis (cobayas o conejos de indias) que comparten espacio con la familia, utilizados para autoconsumo y otros para procurar pequeños ingresos fundamentales para subsistir. Nada más lejano a nuestro modus vivendi.
![[Img #73168]](https://murciaeconomia.com/upload/images/07_2020/8398_4.jpg)
Llegamos al aeropuerto. El embarque fue rápido y el avión no sufrió ningún retraso. Me acomodé en un asiento de ventanilla. Lima se iba empequeñeciendo conforme íbamos ascendiendo y el distrito de Barranco, nuestro último emplazamiento, se diluía junto al Pacífico, con sus calles empinadas, bares, galerías de arte a la intemperie, música en vivo, restaurantes con su exquisita comida y ese ambiente bohemio que disfrutamos con la bebida más típica de Perú, el pisco.
Muchos y buenos recuerdos permanecerán para siempre en el disco duro.
Después de unas cuantas horas, comenzó el descenso y el comandante nos dio la bienvenida a Madrid.
Todo se hace corto, ¡incluso la espera de vuestras visitas el próximo viernes!

