
De principio a fin utiliza un juego de palabras perfecto e impecable para dar un recorrido por la historia: “La dificultad que encuentra el hombre para salir adelante”. En la Edad Media los pobres están controlados; considerados inútiles forman parte de la sociedad como clase que se desarrolla al lado del movimiento social imperante. Frente a lo modesto del momento y la sencillez del románico aparecen las iglesias góticas, que son agujas verticales hacia el cielo. La sociedad, el hombre individual, se muestra confiado en Dios, y los pobres se apoyan en Él.
En las distintas revoluciones europeas los pobres aparecen de otra forma; no son los tullidos anteriores, sino la consecuencia de una marginalidad que crece al lado del enriquecimiento general; la soledad del hombre es más fuerte que la pobreza en sí, y se busca la felicidad en un mundo individualista. El hombre inventa medios para sobrevivir. Pequeñas comunidades se desarrollan donde los vecinos se muestran amables, se acompañan, se escuchan… no cierran la puerta dando un saludo arisco y doliente… El discurso de los pensadores choca con la realidad que fluye. El hombre necesita al hombre. Para Shakespeare: siglo XVII, los reyes son personajes llenos de locura, intriga y sangre: Hamleth, Macbeth… imposibilitan la fe en los otros, se sienten abatidos por la soledad y el mal. Con Calderón, del mismo siglo, aparece la figura del rey más dulcificada, como alguien que necesita estudiar para ser un verdadero intelectual. Tres siglos después la reina Isabel II de Inglaterra también quiere aprender materias que no sean el complicado protocolo de estado. Entretanto la vida continúa, sin llegar a erradicar la permanente soledad que mantendrá al hombre en continuo desaliento.
Se da un respiro para reponer aire en sus pulmones, mientras ha ido dejando toda su energía en reflejar el proceso del sufrimiento del hombre en la historia, sin adornos, pues la sociedad que percibe será una constante, de no vuelta atrás. Se siente extenuada después de la densa exposición de su conferencia. Mantiene el interés del público a costa de darlo todo; una mujer muy poderosa en su discurso. Atrapa a sus oyentes con una personalidad tan abrumadora como su atractivo, detalles que se dan en ella sin consecuencias, con la seguridad de una actriz a punto de rodar una escena fundamental para un director exigente.
-Blanca por favor, espere a la salida, quiero comentarle algo – se apresura a decir un espectador de la primera fila, mientras camina hacia la puerta.
Retrasa salir de su despacho, porque no sabe lo que va a decirle. Ha sido todo tan precipitado que espera unos minutos para serenar las constantes que golpean su pecho. Seguramente le hará alguna sugerencia sobre su trabajo. Las manos se mantienen húmedas. Reconoce que nunca ha sentido esas sensaciones tan especiales. Un hombre tranquilo, ordenado, pocas cosas le harán cambiar su carácter plano. Coloca en su sitio los cuadernos y los lápices, con parsimonia, cierra los cajones, y se acobarda cuando todo está en su lugar correcto. Ya no puede perder más tiempo, ha llegado el momento de salir. Cuando abre la puerta la ve sonriente con unos chicos hablando en el pasillo. El deseo de escapar se hace irresistible, pero Blanca le saluda con un gesto de la mano y se le acerca desenfadada.
-Blanca, no tiene importancia lo que iba a decirle, no merecía la pena hacerla esperar – le dice ganando tiempo, ajeno a cualquier cosa lógica para retenerla.
- ¡Oh no se preocupe! yo también quería hablar con usted – apremia sonriente, moviendo las manos, como si fuera la cosa más natural del mundo verse a la salida de clase.
-Pues… si le parece podemos tomar un café… mientras charlamos – contesta sin pensar, o sí lo piensa, al verla tan desprovista de propósitos.
Blanca odia la aventura y la improvisación. Sabe a lo que se enfrenta; la sensación de repetir escenas provoca en ella un abandono incontrolado. Convencida de que su trabajo es lo único que merece la pena, le hubiera gustado dar un giro, una vuelta atrás y seguir recibiendo los buenos comentarios de sus compañeros. Pero algo más fuerte que su voluntad se aferra a esa llamada, en apariencia inocente –ahora sí que me gustaría ser invisible- porque las distintas sacudidas emocionales que su maestro le suscita, siempre le producen dudas respecto a sentimientos que son desconocidos para ella. Precisamente el tema lo propondrá él, pero lo tendrá que continuar ella. Y no será nada referente a su conferencia, ni a su esfuerzo diario, que se limitará a ponerle alguna pega. Su perfeccionismo raya la angustia y se escuda en su repetida actitud descolocando a Blanca. Siempre.
Esa indiferencia por su trabajo, ese afán por disminuir su entusiasmo es ofensivo, sin embargo, se despide con una amplia sonrisa de sus compañeros, se ajusta la melena castaña, también la camisa, y el bolso apoyado en el hombro. Preparada con gustosa impaciencia.
¡¡Nos veremos la próxima semana!!

