
Se presenta un día caluroso típico de agosto, pero por lo menos tengo un aliciente, o dos. Pasar un día en barco y tener el privilegio de no llevar mascarilla. Llego al puerto con lo mínimo para disfrutar lo máximo posible.
Navegamos a primera hora de la mañana, sin viento y sin prisa, disfrutando de la poca afluencia de barcos por este verano tan atípico y las horas tan intempestivas.
Después de un breve recorrido, decidimos fondear en la Cala del Pino, aún sin bañistas porque me gusta el único reducto de pinada que llega hasta la orilla del mar. Ya debe de hacer un calor importante porque escucho desde el barco a las cigarras con más intensidad de la cuenta. Aunque su sonido es estridente, llego a acomodarlo en mi oído como algo sonoro incluido en nuestro paisaje.
Mientras me embadurno de crema para protegerme del sol, recupero de mi memoria otros insectos que identifico con la estación estival y de los que ya no quedan rastro. Vienen a mi mente las vistosas y estéticas mariquitas; los bichos zapateros, siempre apareándose; los grillos, infatigables saltadores; las tijeretas, siempre preparadas al ataque... y así otros tantos, completamente desconocidos por las nuevas generaciones. Supongo que se habrán retirado a otros reductos menos hostiles para ellos.
De momento solo me apetece tumbarme y que una pequeña brisa que salte acaricie mi cuerpo, hacía tiempo que no podía disfrutar de un momento tan agradable e intransferible. Pero el sol sigue su curso, va ascendiendo minuto a minuto y la temperatura le acompaña en la escalada.
¡Qué mejor momento para darse un primer baño!
El agua está bastante transparente y hay que aprovechar antes del posible regreso de la “sopa verde” por la proliferación de la clorofila causada por los nitratos y fosfatos vertidos. Nuestro Mar Menor está herido de muerte y estoy decidida a acompañarlo en su agonía de cualquier manera posible. Por eso, no toco el agua, la acaricio para comprobar la temperatura y decido sentirme abrazada por esa masa de agua que tanto me gustaría salvar de esa enfermedad crónica y verle volver a su equilibrio natural.
Subo al barco con la sensación refrescante deseada y continuamos sin rumbo donde más apropiada y cómoda sea la navegación, según nos marque el viento.
Hacemos un receso para tomar una cerveza bien fría que hay que tomarse rápido para que no se caliente y buscamos conseguir otro tipo de sensación refrescante.
Y así, entre baño y baño, comemos algo y decidimos volver antes que suba el lebeche que empieza a levantarse para evitar una travesía incómoda. Nada más aconsejable que evitar cualquier mal rato innecesario en el mar.
Me siento en la proa, con el viento de cara y pase por donde pase, rememoro y comparo todos los sitios donde he estado, lo que hemos sido y somos. La edad hace que se tenga el recipiente lleno de imágenes inolvidables de este mar que me vio crecer.
Nos acercamos a puerto, y no dejo de pensar en el grito a los cuatro vientos que daba de pequeña, cada vez que salía a navegar, y no es otro, que el que siento, cada vez que navego... ¡Soy libre!
Me despido desde LaRayaAzul, deseando que disfrutéis mucho con mucha responsabilidad en siete días que estoy de vuelta.



