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Opinión |
Martes, 18 de Agosto de 2020

De repente, el último verano

 

Para empezar el nuevo curso, propongo un juego. Imaginemos que -de repente- en un país europeo desaparece todo un sector económico de actividad, un sector que proporciona entre un 10% y un 15% del PIB y un porcentaje de empleo semejante. En este escenario absurdo, desaparece en España todo el sector turístico.

 

Supongamos -siguiendo nuestro juego- que los 80 millones anuales de turistas extranjeros que tan buenos dividendos nos han proporcionado en las últimas décadas, desaparecen por arte de magia (o del COVID). ¿Es eso posible? Países como Egipto o Túnez, gracias a la inseguridad percibida por los atentados terroristas yihadistas, perdieron en un par de años todo su sector turístico (del que, por cierto, nos aprovechamos los españoles, gracias a nuestra mayor “seguridad”), con lo que, ¿por qué razón no vamos a suponer que, gracias a nuestra super eficiente gestión de la postpandemia, los turistas decidan no venir y sus países de origen hacer todo lo posible para que no vengan?. Siempre se puede responder que “ya volverán cuando se solucione lo del COVID”; primera contestación: ¿alguna vez se solucionará?, y segunda: ¿y si una vez solucionado deciden no volver?

 

Una de las grandes debilidades que ha puesto de manifiesto nuestro sistema político en estos meses es que no está preparado para afrontar escenarios altamente improbables pero que -cuando se materializan- son también altamente destructivos. Eso se llama no tener capacidad de anticipación, o no querer tenerla puesto que es mejor seguir pensando que los turistas nos elegirán a pensar en “lo imposible”: los extranjeros empezarán a preguntarse para qué venir a descansar a un país que -incomprensiblemente- hace todo lo posible para atemorizarles. Creo que aún no nos hemos dado cuenta como la gestión de la postpandemia va a provocar más efectos negativos en nuestra economía que la propia pandemia: en la pandemia, todos resistíamos porque pensábamos que algún día volvería la normalidad, pero ahora en la postpandemia, la nueva normalidad es que ya no hay ninguna normalidad. Y sin normalidad, no hay seguridad para invertir, comprar, gastar. O volvemos pronto a la normalidad, o la apatía económica durará más allá de 2022, con su impacto tremendo en el desempleo crónico de millones de españoles.

 

Volvamos al juego. Sin turistas extranjeros, nos queda el turismo nacional, a todas luces insuficiente para permitir sobrevivir a toda la infraestructura hotelera, residencial y de restauración diseñada desde los años 60 para satisfacer a casi dos veces la población española. Y sin turistas extranjeros, ¿de qué viven millones de españoles, socializados en trabajos de bajo valor añadido, trabajos especializados en servicios de descanso y ocio? De repente, el último verano con turistas y nada ni nadie preparado para vivir sin ellos.

 

Una solución a este estúpido e imposible juego es pensar que deberíamos ser otro país. Un país en el que el turismo fuera un sector de valor añadido complementario, pero ni por asomo el principal. Un país donde todo el sistema de enseñanza-aprendizaje -desde la educación primaria hasta la universitaria- estuviera diseñado para crear ciudadanos emprendedores (y críticos), emprendedores industriales (desde el complejo agro-industrial, hasta el de tecnologías de la comunicación, las energías renovables y la Economía Circula), un país donde las oportunidades de desarrollo fueran iguales para todas las regiones. Y lo deberíamos ser porque otros países lo han sido. Pongamos un ejemplo. En los años 60, un país con una renta per cápita mucho menor que la española del momento (Corea del Sur), también una dictadura militar, se transformó radicalmente porque se decidió -manu militari, todo hay que decirlo- invertir estratégicamente en sectores industriales con alta capacidad exportadora. Los coreanos convirtieron a sus agricultores en operarios de industrias químicas, metalúrgicas, de automoción, de marina mercante… y en 30 años sobrepasaron a España en PIB, en calidad de su sistema educativo, y -me temo también- en influencia internacional.

 

Claro que siempre se podrá decir que “los coreanos son menos felices que los españoles” (cierto, si tenemos en cuenta su nivel de suicidios), pero la cuestión no es ser coreano sino -y entiéndaseme bien- dejar de ser “españoles”. El motor económico que nos sirvió para modernizarnos en los años 60, 70 y 80, posiblemente debería haber sido sustituido por otros más robustos en los años 90 y en todo este siglo XXI. Pero ello no se hizo, porque no se quiso hacer: tener un sistema económico industrial como el alemán o el coreano, supone cambiar otras muchas rutinas, por ejemplo, darle importancia a la educación primaria (¿cómo es posible que -aún hoy- se pueda ser profesor de Primaria con la nota más baja de EBAU-Selectividad?); o implementar realmente la formación profesional dual, o diseñar las infraestructuras no para que desde Atocha se pueda llegar en dos horas a las playas del Mar Menor sino para que toda la riqueza agro-industrial de las tierras de Cartagena llegue en 4 horas por tren a la frontera francesa.

 

Ahora hablemos de Responsabilidad. Responsabilidad es también darse cuenta de que lo hecho hasta ahora ya no sirve (o empezar a pensar que quizás ya no sirva, porque no lo podemos controlar). Responsabilidad es pensar en los impactos de nuestras decisiones geoestratégicas para las próximas generaciones (el “España es diferente” y “Sol de España” ha conformado la vida profesional de muchos españoles, y las posibilidades de sus hijos), y darse cuenta de que -quizás- es hora de pensar con parámetros del siglo XXI. En el siglo XXI los países y las regiones tienen que preguntarse: ¿en qué me puedo especializar que -pase lo que pase- nadie pueda decidir prescindir de mí? Desgraciadamente, unas vacaciones en España son fácilmente prescindibles, y más cuando hay más de 100 países en todo el mundo con sol, playas y “low cost”. Ahora, con la excusa del COVID-19 y los 140.000 millones de fondos europeos, es hora de cambiar para siempre las prioridades de nuestro sistema productivo.

 

¿Hacia qué nuevo sistema? Eso pregúnteselo a quien elige para representarle. Y si no le gusta su respuesta, elija a otros que para eso los ciudadanos tomamos decisiones. Nuestra responsabilidad no la podemos delegar.

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