
Me llamo Alma y hasta hace dos días formaba parte de los humanos vivos, pero eso ha cambiado… Ahora lo veo todo desde otra dimensión.
“Ala, cuanta gente hay allí, voy a ver qué pasa”. Me fui acercando al puente y me di cuenta de que era un grupo de personas que se disponían a hacer puenting, esa actividad que muchos sienten la necesidad de hacer para completar el número de sensaciones que sitúan a uno al límite, que provoca una descarga de adrenalina exagerada y un estado de euforia de que nunca podrán olvidarse.
- Mamma mía Artur! ¡¡Te toca!! - dijo Alex mientras comenzaba a prepararse porque él era el siguiente.
- Pufff, ¡qué subidón tengo en mi cuerpo! - Le contestó Artur al ser consciente de que tenía que saltar ya.
Los saltos de puenting los suelen hacer personas que buscan aventura y riesgo, y también las que viven una situación de estrés, puesto que este deporte lo anula.
Yo nunca me planteé esta actividad (ni pasarme por la cabeza). Las alturas siempre me han causado un respeto enorme, diría que hasta miedo y no por ello me he considerado menos valiente, solo que no ha entrado nunca en mis planes. En una décima de segundo pensé en la posibilidad de engancharme en la cuerda con uno de aquellos muchachos y comprobar si me estaba perdiendo algo que nunca en mi vida hice por haber desechado aquella opción sin darle una oportunidad.
Hablaban de los diferentes tipos de saltos y comentaban que harían el péndulo. Es una modalidad que se utiliza con una cuerda fija y cuando la persona se lanza al vacío, esta realiza un dibujo en el aire en forma pendular.
En todo este tiempo, he podido comprobar que soy capaz de sentir emociones como si aún permaneciera en el mundo de los vivos, pero ya no pertenezco a él, con lo que lanzarme ahora al vacío podía ser una experiencia divertida que me permitiera sentir algo que nunca antes me había planteado por ese temor a ese lado en el que ahora paradójicamente me encuentro.
- Artur ya puedes prepararte, siéntate, échate hacia delante y salta cuando quieras - le indicó otro chico que tenía la misión de sujetar la cuerda para ir soltándola una vez que se completara el salto.
Artur miró al vacío (que era lo único que se veía al mirar hacia abajo) y yo me posé sobre su espalda, a modo de mochila, abrí muy bien los ojos, sin miedo, sin nada que perder y me dejé llevar con la confianza que da el conocimiento absoluto de saber que nada malo podía pasarme.
Aquel chico después de respirar hondo se lanzó sin dudar ni un segundo y me permitió vivir una situación impensable para mí en ese tiempo en el que nuestro regalo es la vida misma y en el que elegimos hacer o no hacer, aventurarnos o no, arriesgar o ser precavidos. No hay un manual, no hay un listado de lo que es correcto, más bien una serie de decisiones que nos definen y hacen que seamos de una determinada manera.
El momento del salto fue brutal, noté perfectamente cómo se aceleraban los latidos de su corazón y sin dar mucho tiempo a pensar, fuimos cayendo a la nada como si flotáramos en esa levedad que se siente tan pocas veces en el transcurso de la vida. Me recreé en aquella emoción tan extrema y a su vez pude notar lo que sentía él, pude valorar que no era la primera vez que lo hacía, desprendía confianza y noté que disfrutaba con aquello tanto como lo estaba haciendo yo.
Al tensarse la cuerda comenzamos a movernos a modo de péndulo y en ese momento fui yo la que tomó las riendas dibujando en el aire una figura que definía para mí a la perfección lo que estaba sintiendo.
- ¡Mira! - comentó desde abajo su amiga Nuria.
- ¡Qué bonito! Es el infinito y seguro que Artur te lo está dedicando - le dijo Paula.
Al llegar abajo, en el momento del encuentro Nuria y Artur se abrazaron, dándole ella las gracias por aquella preciosa imagen que había representado. Él se sorprendió puesto que no era tan experto en dar forma a su bamboleo y le preguntó si había quedado bien. Nuria le contestó que era un infinito perfecto que representaba el amor que se tenían y él agradeciendo su propia destreza para realizar aquella figura que de manera inconsciente le había salido a la perfección, abrazó a su novia y le dijo: ¡tenemos que probar juntos, es una pasada!
¡Qué gran satisfacción me produjo aquella experiencia! Me ha permitido reafirmar mi convencimiento en dos cuestiones fundamentales: una que nunca es tarde para tomar decisiones y otra que los límites que uno se marca son sólo nudos mentales que se pueden desatar en un simple abrir y cerrar de ojos. Si confiamos en las infinitas posibilidades que tenemos delante cada día, elegiremos, de esas distintas opciones que nos llevan por un camino u otro, la mejor.
La ausencia de límites la determina el infinito, ese valor indeterminado que representa lo eterno y que simboliza lo que nunca termina. En mi caso la vida eterna.
¡Feliz semana amigos!



