
Cuenta la historia que un rey que reinó en una época remota, quiso saber cómo reaccionarían sus súbditos ante un reto o un obstáculo. Es así que mandó colocar una roca en medio de un camino. Luego el monarca se dispuso a ver quién sería capaz de quitar la roca del camino. Llegaron algunos cortesanos y ricos mercaderes del rey y simplemente contornaron la roca. Muchos de ellos acusaron abiertamente al rey por no tener despejado el camino, pero ninguno de ellos hizo nada para quitar la roca.
Luego llegó un campesino cargando un saco de verduras. Al acercarse a la roca, el campesino puso el saco en el suelo e intentó mover la piedra a un lado del camino. Después de mucho empuje y esfuerzos, logró mover la piedra. El campesino volvió a cargar con su saco de verduras y se percató de un bolso tirado en el camino allí donde había estado la roca. El bolso contenía muchas monedas de oro y un mensaje del rey que indicaba que este oro sería para aquella persona que lograra quitar la roca del camino.
Esta situación, a poco que hagamos memoria, la podemos encontrar en nuestro día a día y podemos identificar cortesanos, ricos mercaderes y campesinos que actuarían de una forma similar a como lo hicieron los de la historia.
La vida nos plantea retos diarios. El propio nacimiento es uno de los retos más duros con el que nos enfrentamos en nuestra vida. Se trata de un momento intenso, duro, sin un final claro, en el que no podemos dar la vuelta y retroceder, pues una vez iniciado, todo indica a que debemos hacer todo lo posible por finalizarlo.
Ese día, el día que vemos la luz por primera vez, nuestra historia comienza a escribirse. Y no son otros los que la escriben, sino nosotros mismos con nuestras actuaciones, nuestras decisiones, aciertos, errores…
En una conferencia que pude impartir a un Comité de Dirección de una de las empresas más importantes de España, al finalizar, uno de los miembros me comentó que le había parecido muy interesante lo que había escuchado - de mí y de otros que participamos en un día intenso – y quería saber por qué todos los que habíamos transmitíamos pasión en lo que decíamos. La respuesta fue inmediata: la pasión solo se consigue cuando haces frente a un reto y te entregas al 100%. Solo así.
Nacemos y nos encontramos con el primer reto. Luego viene el colegio, donde día tras día debemos afrontar situaciones nuevas. Más tarde, la adolescencia, donde el reto se vuelve confrontación con todo lo que nos rodea. A la misma vez, amar y saber que hay alguien ahí fuera que está destinado/a a ser una de las personas más importantes de tu vida.
No queda ahí, seguimos estudiando o comenzamos a trabajar y nuestros profesores de universidad o nuestros jefes nos invitan a que nuestra valentía adolescente les haga confiar en que somos valedores de su beneplácito.
El camino de la vida continúa y no hay cruce que nos encontremos que no requiera de un análisis profundo de ¿cuál escojo? ¿por qué éste y no otro? ¿qué me espera al final?
Y, por último, el final de nuestro viaje donde el reto está en analizar tu vida y descubrir que ha estado llena de inquietudes, personas importantes y proyectos finalizados.
Un reto siempre tiene final incierto, en ocasiones llega por sorpresa, nos hace crecer - no porque siempre salga bien, sino porque aprendemos de él -, no es casual y si decidimos afrontarlo debemos hacerlo con entereza, ilusión, ganas, esfuerzo, dedicación, y, sobre todo, mucha pasión.
ALGUIEN ha decidido llenar la vida de retos, quizás porque sea la única forma de conseguir los objetivos que cada uno se propone.
Lucio Fernández
Agosto 2020



