Poder Responsable: Poder no es Hacer
Hay muchas definiciones de Poder, pero mis preferidas (por lo sugerentes que son) serían éstas dos: “Tener expedita la facultad o potencia de hacer algo” (Diccionario esencial de la lengua española, primera acepción; rae.es), y “capacidad de una persona o grupo de personas de llevar a cabo su voluntad incluso con la oposición de otras personas que están participando en la acción” (Diccionario panhispano del español jurídico, primera acepción; dpej.rae.es). Si estas son las primeras acepciones de referencia, hablar de Poder Responsable se hace un poco complicado.
Cuando una persona está en condiciones de hacer determinada cosa por no haber nada que lo impida, eso lo llamaremos Poder, pero en esta definición la Responsabilidad no entra para nada. Y es que creemos que hay una gran diferencia entre ser poderoso y ser responsable, más aún, los verdaderamente responsables saben que no pueden cimentar su vida en el Poder como algo absoluto.
En nuestra formación en Buenas Prácticas en Recursos Humanos en los programas master RSC de la UCAM, siempre preguntamos a los alumnos qué es el Poder y siempre nos encontramos con respuestas del tipo “Poder es poder hacer”. Mentira. Poder es decidir si hago o no hago. Seamos un poco didácticos. Tomo comienza por lo que QUEREMOS: cuál es mi meta, qué quiero alcanzar, qué deseo. Si tengo claro lo que deseo, ya puedo preguntarme qué PODEMOS: tengo o no suficientes conocimientos, capacidades, competencias, contactos y demás recursos para alcanzar lo que deseo. Si la anterior respuesta es afirmativa, entonces ya puedo preguntar si DEBEMOS o no conseguir lo que queremos y podemos: el imperativo ético de toda acción humana, que se resume en la pregunta: qué impacto va a tener en mi vida y en la vida de los demás lo que quiero y puedo hacer. Si la respuesta es positiva, entonces ya HACEMOS, empezando por la planificación (actividades, hitos y tiempos, resultados previstos, presupuestos, formas de evaluar…) y terminando por la acción. Y, por último, no lo olvidemos: tras hacer nos EVALUAMOS, porque una acción sin evaluación tiene tanto sentido como tirar una piedra a un estanque con los ojos cerrados. Hemos escrito en mayúscula y en primera persona del plural obviamente con todo el sentido político.
¿Qué queremos decir? El Poder sin Ética (ni tampoco Estética) se acaba convirtiendo en una exaltación de la Voluntad. Siempre nos ha llamado la atención el embrujo subyugante que tienen las imágenes de masas enfervorecidas aclamando a un caudillo, fuhrer, duce o cesar en películas como “El triunfo de la voluntad”, película propagandística nacionalsocialista de 1935, dirigida por Leni Riefenstahl, a mayor gloria de Hitler y sus huestes. Y también -por lo que tiene de exaltación del poder de un grupo de convencidos- lo que se muestra en obras maestras de la cinematografía como “El Acorazado Potemkin” de Eisenstein. Ambas son muy diferentes, y nosotros tenemos nuestras preferencias, pero en ambas se exalta la Acción. Y exaltar la acción por la acción es lo menos responsable que se puede hacer en esta vida: exaltar el triunfo del queremos y del podemos, sin atender al debemos.
Esta digresión va más allá de lo meramente teórico. Gracias a las nuevas tecnologías estamos siendo todos socializados en la inmediatez, en conseguir rápidas satisfacciones (y descargas de adrenalina) sin que ello nos haga plantearnos si tiene sentido lo que hacemos para nosotros y para los demás: lo hacemos y eso basta. ¿Podemos traer desde un país sudamericano cargamentos de frutas y hortalizas en containers que crucen el Atlántico? Claro que podemos, y por eso lo hacemos, faltaría más. Una imagen vista en Linkedin estos días: un vaso de peras confitadas argentinas, empaquetadas en Tailandia y vendidas en Estados Unidos… ¿Tiene eso repercusión en los precios que se pagan a nuestros agricultores, en la huella de carbono del barco transportador, en la desvalorización de nuestra industria agroalimentaria y en el vaciamiento de la España rural? Pues si, pero eso no me importa, porque yo no me fijo en el impacto, me fijo en que si puedo hacerlo lo hago, lo consigo y “punto y pelota”. O nos limitamos o este planeta será como el de la película Wall-E. Pero, ¿a mí que me importa si “después de mí, el diluvio”?
Sin frustración no hay verdadera responsabilidad. Sin límites no hay política. Sin autolimitaciones, no hay aprendizaje. Sin valores, nada vale. Por eso, es preciso -en estos tiempos- plantearnos qué tipo de sujeto humano estamos contribuyendo a crear, porque eso también tiene implicaciones económicas: si la Economía es la “administración eficaz y razonable de los bienes”, la forma que tenemos de administrar los bienes escasos es antieconómica, porque sólo lo basado en el valor (no en el precio) es eficiente y razonable.
Para terminar, una reflexión. Con independencia de nuestras creencias, hemos olvidado -de tanto escucharlos- la esencia de los relatos que han configurado nuestra civilización.
Una vez, a Alguien, le tentaron. Tres fueron las tentaciones. Tú, que puedes, convierte piedras en panes. Lánzate desde el vacío que seguro te recogerán al vuelo por ser Quien eres. Se mi servidor y todo lo que desees lo tendrás. La primera es la tentación del Poder: si puedes hacerlo, hazlo. La segunda es la tentación del Prestigio: si lo haces, te adorarán los demás. La tercera es la tentación del Placer: si lo haces, todo lo conseguirás.
Los que verdaderamente saben qué es el Poder, conocen sus tentaciones, y lo fácil que es caer en ellas, porque somos muy humanos y “a nadie le amarga un dulce”. La cuestión es plantearnos, ¿queremos ser poderosos o queremos cambiar el mundo? El mundo se mejora teniendo en cuenta a los demás, y no teniéndonos tanto en cuenta a nosotros mismos, que -por otra parte- nos tenemos ya muy vistos y leídos.





















