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ENTRE TÚ Y YO

Espejito, espejito mágico

Esther Egea Miércoles, 02 de Septiembre de 2020 Tiempo de lectura:

 

Espejito, espejito mágico quién es la más hermosa del lugar, decía la Reina Grimhilde en Blancanieves. Su frustración por no ser la más bella, y mira que lo era, le lleva a querer deshacerse literalmente de la princesa, porque su felicidad termina donde empieza a compararse y a competir con su aparente rival.

 

En los cuentos de hadas siempre aparece un príncipe o héroe que rescata a la princesa, la enamora, la salva de un maleficio, como poco. Cuánto daño se ha hecho con esa literatura mágica, donde alguien nos salva y gracias a eso seremos felices. Espero que este artículo solo tenga en común con los cuentos el título y varios capítulos, porque la realidad es otra.

 

Tenemos que enseñar a nuestros hijos, más tarde adultos, a competir con ellos mismos, no con su amigo, influencer, su hermano o primo y centrar nuestra energía en saber en qué es bueno y en aceptar en qué puede o debe mejorar  como una debilidad que fortalece y arma el corazón. No somos buenos ni malos en todo. Hay varias facetas de uno mismo; tu hijo puede ser buen estudiante y más torpe socialmente; sentirse bien en la familia, pero no gustarse personalmente… el autoconcepto es variado y las diferentes versiones de sí mismo, según sus cualidades o habilidades, pero sobre todo según la idea que tengamos y que tenga en cada una de ellas va a determinar cómo se va a ver internamente.

 

Hay una diferencia entre lo que soy, con fortalezas y debilidades, con lo que yo creo que soy por lo que tengo. Si enseñamos a nuestro hijo que no puede ser feliz si no tiene o alcanza cosas, le estamos transmitiendo la creencia de no puede ser feliz si no saca buenas notas, mete goles, encesta o tiene buen nivel de inglés. El problema es que en la vida real no le vendrán y rescatarán y si tiene suerte que le llega el caballero cabalgando o consigue un puesto con gran nómina, ya te digo yo que le durará la felicidad lo que dura un cuento. Porque no es sólido, es falsa esa forma de quererse, una pseudoautoestima. Volverá a sentirse insatisfecho y volverá a buscar fuera de sí mismo algo nuevo que le dé lo que carece. Como le dijo el Conejo Blanco a Alicia en el País de la Maravillas: “evitaré quererte hasta que no te ames a ti misma”. Eso sí que es bello. La autoestima de nuestro hijo tiene que ser construida con cimientos sólidos de que es una persona especial, única e irrepetible y no con retales de cómo debería ser o con expectativas irrealistas. Hay que enseñarle a quererse, a autoconocerse, para poder diferenciarse del otro y vivir de manera segura y confiada en los buenos y malos momentos.

 

 A mis pacientes más jóvenes les pregunto, si tu fueras uno de los 3 cerditos del cuento, cómo crees que encajas las cosas que te pasan; como la casa de paja, que soplan y te caes sin más esfuerzo; como la de madera, que te lastiman hasta que te desplomas; o como la de ladrillo y cemento, sólida ante las adversidades. Y tus hijos, ¿qué casa están formando? Y tú, ¿qué le estás enseñando? Somos responsables de patrones inconscientes que nuestro hijo repetirá sin darse cuenta. Nuestro hijo aprende a quererse y a respetarse por modelado y por aprendizaje vicario u observación de lo que hacemos. Sería bueno reflexionar sobre cómo encajo yo las cosas, qué hago con mi frustración, cómo me esfuerzo y motivo, cómo me enfrento a los fracasos. Suena a faena pero sobre todo a responsabilidad porque hay un dicho que dice “haz lo que vieres, no lo que dijeres”. Los hijos no vienen con un chip incorporado de valores y estima, los padres y demás adultos transmitimos con palabras pero sobre todo con hechos cómo vivir la vida.

 

Los hijos se comportan según la etiqueta impuesta. Si a tu hijo le dices que es  “listo, hablador, vago, hiperactivo...“ se comportará con muchas garantías así, ya que las etiquetas generan la profecía autocumplida. Una verdadera condena por limitar su identidad global. Si tu hijo crece con la idea de “vago” no esperes que se motive cuando requiera esfuerzo; si tu hijo crece con la idea de “tímido” no esperes se socialice con facilidad. Recuerdo una anécdota personal que ilustra lo que quiero explicar. Un día mi hija María nos dijo a su padre y a mí “no soy tan buena”, la pobre estaba limitada a poder hacer cosas de niños porque le habíamos colgado el sanbenito de BUENA. Aunque parezca una etiqueta positiva ella sufría porque no se permitía hacer travesuras normales  y cuando las hacía se sentía mal por no ser la expectativa que teníamos de ella. Estaba atrapada y encasillada, pero por suerte lo pudo hablar con 5 años y dejamos de decírselo. Un truco para no etiquetar y salir del encasillamiento es describir comportamientos concretos, por ejemplo, en lugar de buena decirle, me encanta lo tranquila que estás a la hora de comer. En lugar de tímido decirle, cuando no conoces a gente te cuesta más hablar; en lugar de vago decirle, las matemáticas te suponen un esfuerzo muy grande y protestas para hacerlas.

 

Según la idea que tu hijo vaya almacenando en su memoria, tendrá más o menos grado de valía en su termómetro personal. Y se podrá medir por su confianza para hacer las cosas, su optimismo para encajar contratiempos, su forma de resolver problemas y tomar decisiones. Si es baja, será un niño inseguro, dubitativo, miedoso, frustrado que hay que resolverle las cosas y busca que le digan lo que tiene que hacer.

 

Y es que hay muchos hijos diferentes, pero también hay muchos estilos educativos paternos distintos. Si eres de los padres autoritarios que mandas y diriges mucho puedes conseguir un hijo rebelde que pelea con el mundo o un sumiso que no se atreve a hacer las cosas para no fallar pero seguro que ambos con culpabilidad, rigidez y falta de autonomía. Si eres un padre sobreprotector, le estás privando a tu hijo que asuma las consecuencias de sus actos, esté frustrado, con problemas para poner o mantener límites en su vida, con angustia ante las dificultades, inseguro, dependiente y con falta de autocontrol. Si educas desde la asertividad, tu hijo crecerá con alto autocontrol, buena autoestima y toma de decisiones, responsable y libre. Decidimos con nuestros actos el grado de confianza interna de nuestros hijos. Serán un reflejo en el espejo de sus padres. Espejito, espejito….

 

Y no digo colorín colorado porque este cuento no ha acabado.

 

Nos vemos en la próxima conexión. Un abrazo.

 

 

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