
Casi nunca nos hemos preguntado por qué hemos tenido la suerte de nacer en esta parte de la tierra, privilegiada y saturada; si lo hemos pensado alguna vez habrá sido como una consideración a la reflexión más efímera. Estamos aquí y es imposible razonar lo contrario; no es un mérito, sino un hecho que en el fondo nos satisface y tranquiliza; algo que nos ha venido dado sin hacer nada por merecerlo. Por casualidad nos reconocemos ciudadanos del mundo. De la misma manera nos hacemos las clásicas preguntas que el hombre de todos los tiempos se ha hecho: ¿Para qué estoy aquí? ¿Quién soy? ¿Cuál es mi destino?
También alguna vez nos hacemos otras reflexiones que nos aquietan como qué suerte haber nacido aquí o, de haber nacido en otra parte mis oportunidades habrían sido otras bien distintas. Aun en una zona con garantías para salir adelante, nos debatimos entre la cuerda floja de los sentimientos, fracasos e inseguridades. Sabemos que somos libres, aunque con muchas comillas, por cierto. Es verdad que en este lugar privilegiado también hay suertes y fracasos, categorías y oportunidades. Pero muchísimo de todo eso está en nuestras manos, en nuestra capacidad de lucha por ser personas sensatas, dignas de una vida con las posibilidades bien aprovechadas, porque nada puede ser alcanzado gratuitamente. Pero, ¿dónde encontramos los límites? Quizá no tengamos respuesta, o sí, cuando dejamos de ver el mundo como es, cuando se nos queda pequeño y deshacemos lo que define el anhelo humano en la vida. Nos presionan nuevos intereses; llaves tentadoras abren otras puertas que se pueden traspasar sin control, corriendo el peligro de que se derrumbe todo, puesto que sabemos que cada acción personal trasciende a la sociedad. Y no se puede eludir este hecho como mero artilugio psicológico.
Pero yo no quiero perder la inercia de ir hacia delante. Sería doblegarme a las circunstancias, detenerme en camino. Siempre espero la vuelta de las vacaciones como una gran quimera; con un final de verano que persiste húmedo y caluroso, aunque con la expectativa de noches mucho más frescas y benignas en la ciudad. Cierto que las calles se llenan de gente, tráfico, ruidos, como si hubiésemos crecido en dos meses de esparcimiento en las playas campos o carreteras. Aunque poco a poco todo terminará volviendo a la normalidad.
Antes de respirar tenemos la feria, las tardes de toros, la romería con la interrupción del principio escolar y continuaremos esperando que, de verdad, nos pongamos cada uno en nuestro sitio. Pero es curioso que nada de esto va a ser así; una fantasía pensar estas cosas ahora. Sería lo normal, pero, en las condiciones actuales pasarán de largo las fiestas, y nos encontraremos con otras cosas. Veremos a nuestros niños que vuelven cambiados; muchos han pasado a ser adolescentes, otros a ser jóvenes que desean comerse el mundo. Y los que todavía siguen siendo niños reivindicarán lo que hace tanto tiempo perdieron: su posición en el colegio, aunque sea para socializarse con sus compañeros y amigos. Para expresar la alegría de la vuelta a clase mi nieto de nueve años, en un estado de exaltación, dijo que tenía tantas ganas de ir al colegio que hasta se acordaba de todos los profesores. Una frase oportuna llena de contenido feliz.
Parece que habrá que librar muchas batallas antes de que todo termine. Tener una armadura recia de paciencia, nos hará encontrar un sentido nuevo a la vida. Y mirar un paisaje nos sensibiliza, nos refresca la mente… y nos reconcilia con el mundo. Y tenemos tantos, tan variados que serían suficientes para frenar esos impulsos que son testigos mudos de nuestro desencanto. Hay en la naturaleza obras de arte que nos descubren una grandeza que siempre estará a nuestro alcance. El secreto de esa formidable energía nos conquista a pesar de todo; más solidaridad, más conmiseración, bajaremos los humos de este planeta acelerado. Habrá que buscar un ritmo con unos pensamientos bien colocados puestos en marcha.
Por fin he encontrado mi credo hoy. Lo que muestra mi impronta es un acercamiento a la realidad que no es la mía. Es un efecto que deslumbra cualquier otra cosa. Es un momento de silencio interior con una teoría muy poco frecuente. Y yo asimilo todas estas cosas sin mover un músculo del cuerpo ni apartar la mirada de un horizonte que está oculto entre la maleza que ha crecido como una ficción junto a la sombra de todos nosotros.
Como un grito en un tiempo lento en espera de un preludio a nuevas tempestades.
¡Feliz semana!

