
Todos tenemos un sitio donde siempre queremos volver. Me gusta su clima, su gente, su cultura, su comida, sus ruinas y sus Margaritas, que saben a México. Fresca, ácida, salada, fuerte, excitante y provocativa. Todo el espíritu de un país en un cóctel.
Aún recuerdo mi primer viaje, con las expectativas de los tópicos, y ganas de sol y playa.
Nos instalamos en un hotel junto al mar, y desde el primer momento disfrutamos del Mar Caribe y las interminables playas de arena blanca, que, por su composición y color, ante mi sorpresa, por muy elevada que sea la temperatura, no quema y permite disfrutar de paseos interminables.
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Así que, una vez ubicados, nos pusimos en marcha para conocer todo lo que podían ofrecernos los alrededores.
Pasamos mañanas recorriendo las ruinas de Tulum o Chichén Itzá, tardes en diferentes playas o islas cercanas y maravillosas noches en Playa del Carmen y Tulum.
Muchos de esos recorridos los hacíamos en los colectivos, que son pequeños autobuses de transporte público, donde podías encontrar tanto a trabajadores al final de su jornada como a un grupo de mariachis con sus instrumentos difíciles de acoplar en un sitio tan pequeño. No hay mejor forma de tomar el pulso a su gente.
He vuelto en varias ocasiones a otras ciudades y a la misma zona, y siempre superan mis expectativas.
Muchas cosas ya no son igual, el turismo masificado está cambiando la esencia de los lugares y haciendo perder su identidad, transformándolos en sitios anodinos donde las marcas internacionales de moda, restaurantes, cafeterías, van comiendo terreno a lo autóctono. Todas ellas conviven en cualquier centro urbano del mundo, comiéndose a bocados la personalidad de lugares emblemáticos.
La globalización hace que desaparezca lo auténtico.
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Aun así, quedan reductos con un sabor incomparable que han hecho que disfrute momentos inolvidables, desde despedir un año bailando descalza en la playa con los fuegos artificiales reflejándose en el mar, bucear en los atolones de coral, bañarte en las aguas limpias y transparentes de un cenote, hasta ver varar una tortuga al atardecer excavando su nido y depositando sus huevos.
La llegada de aquel animal pesado y torpe en la arena, que se sabe grácil y ligero en el agua, cumpliendo con su ciclo vital, me hizo sentir una ternura infinita. Reconozco que esa visión me ha inspirado para muchos trabajos que he realizado, como el que hoy os enseño, un espejo con un gran marco pintado a la tiza en blanco y decorado con transferencias de varias tortugas bebés en plena escapada para la supervivencia.
Mientras no perdía detalle de aquella escena tan mágica, no dejaba de asombrarme cómo era posible que el alumbramiento de las tortugas sea en su lugar exacto de origen, volviendo de lugares a muchos kilómetros de distancia. Ni los científicos saben con exactitud la razón, lo que me permite dejar volar mi imaginación y pensar que la fuerza de volver al lugar que las vio nacer no puede ser otra cosa que la nostalgia.
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La misma nostalgia que yo siento por ese país tan lindo y querido, México.
Deseando volver y también con vosotros, el próximo viernes.



