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ENTRE TÚ Y YO

América, América

Ángeles Hernández-Gil Viernes, 11 de Septiembre de 2020 Tiempo de lectura:

 

El 11 de septiembre de 1993 Salvador Allende fue asesinado durante un golpe militar dirigido por Augusto Pinochet, en Chile. Años más tarde en 2001, se produjeron los ataques terroristas del 11-S, cuando cuatro aviones comerciales de pasajeros fueron secuestrados; dos de ellos se estrellaron contra las Torres Gemelas en la ciudad de Nueva York, otro lo hizo contra el Pentágono, y el último se estrelló en Pensylvania, con más de 3.000 personas fallecidas en los ataques.

 

El edificio One World Trade Center está construido en el lugar exacto que ocupaban las Torres Gemelas. Tiene el mismo nombre que la Torre Norte destruida en los atentados; es el rascacielos más alto de Nueva York y de todo occidente, y el sexto más alto del mundo. Su formidable figura azul, de acero, de un brillo cegador, en el altísimo paisaje de Manhattan, destaca impoluta. Un referente de algo tan aterrador para toda la humanidad es posible que a muchos nos haya dejado un poco tibios. La Zona Cero está compuesta por dos piscinas o fuentes descomunales, cuadradas, en memoria de lo que allí pasó, donde en sus anchísimos bordes están escritos los nombres de todas las víctimas; un lugar que atrae una curiosidad lastimosa y amarga. Quizá mantener los inmensos socavones, como las raíces de lo que allí sucedió, habría ejercido un impacto mucho más auténtico. Pero América es así.

 

Sin embargo, El Óculos de Calatrava (tan criticado) se sitúa como una sencilla paloma blanquísima: comenzando a volar desde la palma de la mano de un niño, que observa el drama un poco apartada, anunciando un deseo de paz hacia todos los lugares del mundo. Su colosal interior luminoso aparece abierto como un hoyo enorme excavado hacia las entrañas de la tierra. Mientras se bajan sus empinadas escaleras mecánicas aparecen tiendas de todo tipo, de un lujo blanquísimo. Junto a tanta gente produce una extraña sensación de hermandad, a pesar de todo.

 

Washington es una ciudad de una belleza increíble; como una isla cercada de continentes cargada de historia moderna. La gente es de allí o nadie es de allí. Porque es una ciudad de idas y venidas. Exactamente se podría definir de este modo: rival de Nueva York y menospreciada por los neoyorquinos. Washington D. C. (Distrito de Columbia); situada a orillas del río Potomac está rodeada por los estados de Virginia y Maryland. A finales del siglo XVIII pasó a ser la capital de la nación. Se administra como distrito federal, una entidad diferente a los cincuenta estados que componen la nación. Cuando llegas a la capital de los Estados Unidos de América, después de dejar la Gran Manzana, encuentras que todo cambia. Se pasa del estrés más caótico a una actitud relajante. Hasta la respiración es mucho más fresca, limpia, como una corriente de aire transparente que aligera la perspectiva. No es importante mirar hacia lo alto, pues está todo al alcance de los ojos. La grandeza del horizonte a través de las enormes y plácidas avenidas, con inmensas zonas verdes, detectan los maravillosos monumentos neoclásicos que caracterizan la ciudad: el Capitolio, la Casa Blanca y la Corte Suprema. Dicen que un ciudadano multimillonario donó su dinero a la ciudad para construir museos, con la condición de que todos sus visitantes pudieran disfrutarlos gratuitamente. Y están situados relativamente cerca, en un espacio cómodo, en la misma área.

 

La lluvia mantiene una atmósfera que invita a pasear, sentirse inmerso en un bravo paisaje con la belleza que se desprende de este pulmón verde. Adentrarse en Rock Creeck Park (parque del arroyo Rock) es detenerse en una naturaleza exuberante, selvática casi en estado puro. Está considerado el parque urbano natural más antiguo en el sistema de Parques Nacionales. Situado al norte del Zoológico, conservado y preparado como uso de esparcimiento de todos los que necesitan vivir unas horas en la jungla, con situaciones complejas, sin salir de la ciudad más atípica y deslumbrante de América, por su serena posición en el mapa. Porque, ¿quién no conoce Washington?, ¿esos edificios federales de cúpulas redondeadas tan nítidas y despejadas desde donde se dirige el mundo? Yo la llamaría la ciudad blanca; su claridad y su dilatado espacio invitan a una vida fuera de torturas callejeras, con sus barrios de casas victorianas que conservan el esplendor característico del siglo XIX.

 

Este pequeño paseo por las dos ciudades más relevantes de América del Norte, recupera lugares comunes y una cultura que nos remontan a sus raíces no muy lejanas, con aspectos inevitables que nos atañen; queramos o no, nos guste o rechacemos, esa es la realidad. ” El sueño Americano” que todos llevamos dentro.        

 

 

¡¡¡Hasta la semana que viene!!!

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