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ENTRE TÚ Y YO

Leones de peluche

Esther Egea Miércoles, 23 de Septiembre de 2020 Tiempo de lectura:

 

En muchas ocasiones, y más de las que nos gustaría, vivimos situaciones cotidianas como si fuéramos al matadero. Que los niños inicien el curso escolar, empiecen una actividad nueva, hagan un examen, cambien de centro educativo o participen en grupos cooperativos les puede suponer un estrés poco adaptativo. Que los adultos cambiemos de trabajo, expongamos nuestro punto de vista o tomemos decisiones puede generar reacciones desproporcionadas. La ansiedad y el estrés es uno de los grandes problemas del siglo XXI. Niños y adultos preocupados, sin opciones aparentes de enfrentarse, que viven en una alerta continua de amenaza imaginaria, pero para ellos muy real.

 

A esta forma de vivir lo llamo “ir al matadero”, en versión dramática e irónica, pero hay otra expresión que viene de una práctica romana, “echar a los leones”, donde los esclavos eran condenados a morir por las fieras a las arenas del Coliseo. Vivimos a veces esclavos, como si tuviéramos que enfrentarnos con personas o situaciones peligrosas, sin esperanza de salir airoso. Desde ésta óptica a ver con qué valor te enfrentas en la vida.

 

Cada familia en general y cada persona reaccionan ante la amenaza de manera diferente. Y aunque a veces el peligro sea real hay mucho de cada uno de nosotros a la hora de adaptarnos a las situaciones. La historia de Ciervis  del libro “El Emocionómetro del inspector Drilo”  cuenta cómo el animal se va corriendo del rio asustado porque aparecen avispas. Pero no se va por las avispas, se va porque piensa que son peligrosas. Si hubiera pensado que no pasa nada no se hubiera asustado y hubiera seguido disfrutando del baño porque podría haberse cambiado de zona, podría haberlas entretenido con algo de comida y otras opciones que le permitirían seguir disfrutando del río; pero decidió huir porque vio peligro. Si enseñamos a nuestros hijos a estar en peligro y no a cuidarse, reaccionarán con miedo y tendrán que estar vigilando y anticipando amenazas para después intentar escapar, huir o evitar. Eso sí que es peligroso porque somos responsables, con nuestra forma de pensar y enfrentarnos a las cosas, de convertir los leones peligrosos en peluches manejables; y en lugar de echarnos a los leones disfrutar del espectáculo de la vida.

 

Como a Ciervis le pasa a mi amigo que tiene que iniciar curso. Se pone nervioso y le duele la barriga mientras se viste para ir al cole. Diríamos que le duele porque tiene que ir al cole o porque está nervioso. Y diríamos que está nervioso porque inicia el cole. Daríamos vueltas sobre esa fórmula, pero la realidad es que está nervioso y se queja del estómago porque PIENSA que no va a tener amigos, se va a quedar solo, los demás son mejores que él, no va a saber hacer nada, se van a reír de él, sin mamá no sé hacer nada, etc. Un niño que piensa que va a aprender mucho, jugar con sus amigos y/o pasar un día estupendo no le duele el cuerpo ni se pone nervioso. Y si está un poco nervioso porque es el primer día de cole, tendrá los recursos para superar los nervios normales del primer día pero no va al matadero. Gran diferencia. No es la situación la que le angustia, porque si fuera peligroso ir al cole lo sería para todos, sino cómo interpreta esa situación lo que hace que lo pase mal.

 

En este punto, los padres tenemos mucho que hacer. Un padre con una personalidad ansiosa se le reconoce por cómo se informa, argumenta, amplifica o fija ideas. Yo lo llamo “el ojo que todo lo ve”, vive en preocupaciones e hipocondrías. La parte que me preocupa es el aprendizaje al hijo de vivir en un lugar peligroso, con la creencia “estoy en peligro”. El niño, por copieteo o por fidelidad al padre, puede vivir de manera  eterna preocupado de amenazas constantes y  no es de extrañar que luego viva experiencias con una ansiedad generalizada. Otra, es la personalidad negativa, con su visión catastrofista que genera en el hijo pensamientos derrotistas que le boicotean, como “me va a salir mal”, “yo no puedo”, “seguro que…”. Los padres tenemos mucho que ver como modelos de observación e imitación de estilos de pensar, sentir y actuar. Nuestros hijos van a aprender de nosotros principalmente estrategias  cognitivas y emocionales para responder en la vida; que en versión ansioso preocuposo sería para responder a un mundo hostil.

 

Sin desmerecer a la genética, el ambiente tiene que ver mucho en el aprendizaje de conductas. Los miedos se aprenden y se explican muy bien con el perro de Paulov, un buen ejemplo de cómo condicionamos estímulos previamente incondicionados. El perro sólo salivaba cuando veía la comida; por repetición, terminaron siendo los pasos del cuidador o el sonido del timbre para acceder a la jaula lo que produjo salivación. Es decir, ya no necesitaba ver la comida. Con el miedo o la ansiedad ocurre igual. Si al principio tenía que pasar algo para sentir estrés, como una crítica, sermón, burla, sentirme solo, equivocarme, comentario negativo de papá o cara de preocupación de mamá, ya con sólo anticipar la situación de ir al cole se dispara la reacción fisiológica que pretende defenderle, sin necesidad de que esté presente lo que lo provocaba al principio. Otro ejemplo, todos recordamos lo tranquilos que fuimos al médico la primera vez; después del pinchazo o de meterte un palo enorme en la boca que casi vomitas, sólo el pensar ir al médico o ver una bata blanca te genera la misma reacción. La cadena de asociación se ha hecho y relaciono médico con dolor y me lleva a esconderme detrás de mamá cuando vea al médico. Con otras situaciones expuestas arriba la asociación que produce un pegamento fuerte de estímulo-respuesta serían cambio de centro- preocupación; exponer- miedo; hacer un examen -fracaso y eso llevaría a evitar ir al cole por dolores de barriga o ponerse rojo si tengo que exponer o tener taquicardia durante el examen.

 

Como es imposible evitar este aprendizaje de asociación, tendremos que aprender recursos para superar sin angustias las situaciones. Lo que nos diferencia a unos de otros es la estrategia de afrontamiento, ya sea con optimismo o realismo, pero sobre todo cuidando la forma de pensar las cosas y con confianza y seguridad en nuestras capacidades. Eso sí que protege a nuestros hijos de los leones.

 

Un abrazo y hasta la próxima conexión digital.

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