
Qué difícil es resistirnos a una gominola, un poco más de pipas o seguir sentados en el sofá cuando lo que toca es trabajar o hacer los deberes. Surge dentro de nosotros la frustración o la “bestia”, como me gusta llamar a mi malestar en el estómago y garganta, que requiere de autocontrol para poder gestionarla. Ser dueños de nosotros mismos y dominar los impulsos nos va a llevar a lograr más y mejores objetivos en la vida.
Empezando por el principio, el bebé tiene unas necesidades fisiológicas primarias que necesita satisfacer de manera inmediata para su supervivencia. El problema viene cuando el hijo se hace mayor y responde con la misma urgencia en lugar de aprender a autorregularse; y monta pataletas en cuanto tienen un poco de sed, tiene que hacer tareas de casa o salir del parque. No ha aprendido o mejor dicho no se le ha enseñado a ESPERAR, a demorar y busca la gratificación inmediata. Funciona más con el cerebro “caliente” e impulsivo que con el cerebro “frio” que activa la razón y planificación de objetivos a largo plazo. De ahí vienen varias expresiones que escuchamos cuando nos invade el enfado, “estás muy caliente para actuar o espera a enfriarte o cuenta hasta 10,.....”. Necesitamos tiempo. Los niños necesitan tiempo para transitar por la frustración; ahorrarle ese tiempo y aliviarle esa sensación les lleva a no aprender a tolerarla.
Se demostró por medio del “Test de la Gominola” cómo los niños capaces de no comerse la chuche hasta que se lo dijeran, tuvieron en años posteriores mayor autocontrol y mayor éxito por su inteligencia emocional. No sé si por casualidad pero en mi consulta tengo un frasco lleno de chuches. Los niños saben que pueden tomar una al finalizar la sesión, por retardar el deseo, y las respuestas son diferentes según el niño. Hay niños que no te la piden y les digo que no la tendrán si no la solicitan; les cuesta alguna sesión pero el poder del azúcar les genera cierta habilidad social. Hay otros que se esperan pacientemente al momento; y hay otros que no paran de pedírtela o te negocian dos en lugar de una. Con estos niños trabajo la lupa, ese efecto o defecto mental que amplifica el problema, les hace perder el control y les impide dirigir la atención a otro objetivo. El problema es que hay niños/personas que se han acostumbrado a pelear frontalmente para disminuir la tensión que sienten, creando una resistencia para tolerar la próxima frustración. Creen que sólo consiguiendo lo que desean serán felices y los padres creen que sólo cediendo se calmarán; y claro que se calman pero hasta la próxima rabieta + IVA, haciendo más grande al Monstruo de las Galletas.
No hay que tenerle miedo a la pataleta inicial del hijo, tenemos que buscar maneras más ecológicas de disminuir esa tensión de lucha para prepararles en la vida a tener una mayor ventana de tolerancia a situaciones incómodas. O bien le distraemos con otro estímulo; o centramos su atención a lo que está sintiendo y se le pone un nombre para externalizar el malestar; o le enseñamos a planificarse para que tenga más autonomía; o buscamos alternativas a la situación; o le entrenamos para que su cabeza puede elegir la cara de la moneda al lanzarse. Si elige cara estará más tranquilo si se acaban las magdalenas porque puede comer galletas o puede pensar que ha jugado un rato grande a la play cuando su padre le dice que la apague ya. Si elige cruz, ¡ya la hemos liado!; dirá no es justo, no me gusta esta comida o he jugado poco. Que su cabeza encaje las cosas requiere buenos modelos de aprendizaje y mucho entrenamiento personal y familiar.
Recordemos que estos niños se harán adultos y manejaran la frustración que le hayamos enseñado y podrán disfrutar de la habilidad de autocontrol que hayan ensayado en la infancia. Ahí va lanzada la moneda, ¿cara o cruz? ¡Elige!
Nos vemos el próximo miércoles. Un abrazo.

