
Me sentí atrapada por ese retrato impresionante que tenía delante. Lo irónico es que no había nada hermoso en ese rostro arrugado, con sombras que lo acentuaban con agresividad mostrando tanta fealdad. Miraba el cuadro sintiéndome llena de estupor. ¿Por qué ese ensañamiento? Estaba avergonzada, y también hermanada con la mujer de la fotografía a la que no dejaba de mirar mientras ella clavaba su mirada penetrante en mí como pidiendo auxilio. Hubiera extendido mi brazo para sacarla de esa terrible exhibición. Y así lo hice, con un gesto que no pude contener. Podía hacerlo, dentro de lo que no era un sueño, sino más bien una pesadilla.
Comprendo que ahora muchos artistas no embellezcan a sus modelos. La naturalidad está por encima de la belleza, aun retocada y artificial. Tengo una sobrina que es una estupenda fotógrafa que se niega a cambiar la imagen que mira con sus inteligentes ojos de creadora de la realidad. Me encanta esa manera sencilla, sin artificios, con medios tan innovadores, que no necesitan idealizar nada, puesto que el ideal es lo que refleja su cámara, lo que ella atrapa con su mirada puesta en el objetivo. Y ese es su éxito.
Vargas Llosa en su libro” La civilización del espectáculo” dice que no hay que confundir cultura con conocimiento. “Cultura no es solo la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida”. Y es que a estas alturas de octubre necesitamos retomar la vida con nuestra parte de ocio, que nos devuelva a un tiempo libremente programado, fuera de la rutina, mientras sentimos el flechazo de algo más enriquecedor, el disfrute de un buen espectáculo que abra sus puertas. Con cuenta gotas se van integrando los cines, teatros, el auditorio; la ciudad sufre un desengaño por la imposibilidad de hacer planes futuros. Nos hemos metido en un cascarón del que no es fácil desprenderse y nuestra participación en el terreno de la cultura está de baja. Aún así hablar de cine para una persona que le encanta el cine, puede ser estimulante.
En 1959, en el festival de Cannes, el nuevo cine francés aparece con un cambio revolucionario que tuvo mucho reconocimiento; se empezó a hablar de una “nouvelle vague” una etiqueta distinta con un gran éxito que se convirtió en la denominación más corriente para referirse tanto a una nueva manera de hacer películas como a una nueva actitud con la que enfrentarse al hecho cinematográfico. Jóvenes directores se sumaron a esta novedosa época de un cine que iba a dar un gran salto, y no solo en el cine Europeo. “Los Films del futuro se rodarán en las calles” dice el director Ferrand, en “La noche americana” de Truffaut. Las cámaras tienen que salir del ambiente comprimido de los estudios. Observar lo que ocurre en el exterior; la vida misma en su incesante búsqueda. Esta nueva ola tiene sus protagonistas; hay que recordar a Truffaut con “Los cuatrocientos golpes” 1959, Jean-Luc Godard con “Al final de la escapada”1960, quien dijo de su película: “Quiero enormemente este film que me ha avergonzado durante algún tiempo…” o Claude Chabrol con “El bello Sergio” 1958, entre otros.
El siglo XXI es un mosaico de realidades, fantasías, aventuras que podemos hacerlas nuestras: el cine está lleno de personajes magníficos, mediocres, trágicos, alegres, incluso irreales dispuestos a satisfacer los deseos de los diferentes espectadores que miran la pantalla. Las emociones fluyen sin presión ante lo que la cámara proyecta; lo hermoso, lo feo, lo triste nos agitan la imaginación que se ha vuelto estrecha. Simplemente es necesario entrar en la sala oscura, a tientas, dejándote envolver por el misterio de lo desconocido, donde todo puede pasar. Es la gran fábrica de sueños por excelencia, el olvido más embriagador al margen de sus trucos y mentiras. Quizá la foto de la fea mujer representa lo que el cine tampoco rechaza; una fealdad que se hace hermosa por lo que representa para la sociedad. Cualquier expresión de la vida queda inmortalizada por la visión del artista, se convierte en arte, ya que la misma vida lo es y cada día lo mostramos en escenarios muy diferentes. Es bonito pasar, aunque sea de puntillas, por la historia del cine, sin lugar a dudas el mayor espectáculo que nos proporciona una ficción.
Y para volver a la realidad, termino con una reflexión de Anthony Hopkins hecha en una entrevista… “¿Por qué sentirme privilegiado? No hay nada especial en mi trabajo. Un productor produce, un director dirige, y yo interpreto. Como todo trabajador, para mí solo es importante seguir empleado. Y no lo digo por quedar bien ni mal. Es lo que siento. Es solo un trabajo. No puedes vivir del éxito pasado. Se te acaba un contrato y tienes que buscar otro.”
¡Feliz semana!

