
Mi amiga Alex me comenta que cuando se acerca la profesora para corregirle un trabajo dentro de ella siente la necesidad de “rajarle la cabeza” pero lo que hace es bajar la cabeza y asumir la crítica. Al margen de las creencias que le impulsan a esas dos sensaciones, está claro que si respondiera ella también desde el Yo Padre le preguntaría a la profesora dónde ha visto el fallo para corregirlo. Qué resultado tan diferente.
Y es que las respuestas son habitualmente automáticas e inconscientes y respondemos ante el mismo estímulo con la misma respuesta, de ahí la importancia de hacernos conscientes para elegir libremente desde qué estado del Yo quiero relacionarme y que dará un escenario diferente al habitual. Mi respuesta se convertirá en el estímulo para la respuesta de mi interlocutor, modificando y cambiando el rumbo de la relación.
Eric Berne, en el análisis transaccional, intenta explicarnos cómo nos comunicamos unos con otros y con nosotros mismos y cómo no siempre es funcional. Tenemos un maletín interno que nos va a acompañar toda la vida y que surge en la infancia, como la mayoría de las cosas, pero que podemos cambiar si somos conscientes de la secuencia. Por ejemplo, si alguien me pregunta dónde está una tienda (Adulto) y yo le contesto desde ese mismo estado de Adulto le diré” dos calles más abajo”; pero si le contesto desde el Padre, le diré “mira el google maps”, y si le contesto desde el Niño, le diré “a mí me encanta esa tienda”.
Si alguien espera de mí una respuesta paternal, de lo que tiene que hacer, o una respuesta infantil, llevada por la emoción y le respondo de manera madura, se produce un cortocircuito en la relación y obligo al otro, que es lo más interesante, a responder desde el adulto, con una transacción complementaria y no desde una cruzada. Por ejemplo, si alguien me dice desde su yo padre crítico “eso es una tontería” y yo me enfado y responde “tonto serás tú”, perdiendo los papeles desde el Yo niño, estoy respondiendo con emociones y de manera cruzada, pero puedo cambiar la secuencia y responder desde el yo adulto, diciendo “¿por qué me dices eso?”; buscando una relación complementaria para que la comunicación sea más eficaz.
Es importante activar relaciones eficaces y lo consigo cuando le pido respuestas desde un estado y no acepto respuestas desde otro estado. Los padres de Andrés me comentaban por videoconferencia lo abatidos, decepcionados y cabreados que están por la nueva desmotivación de su hijo ante los estudios. Ellos le piden que se ponga a estudiar (Padre) pero lo frecuente es que responda diciendo “son difíciles; no sé hacerlos; no me apetece o no quiero…” (Niño), consiguiendo cambiar a sus padres al Yo Niño con enfados y reproches. Ahí viene la disfuncionalidad de la secuencia aprendida (Padre-Hijo) pero los esfuerzos deberían encaminarse en crear otra secuencia (Padre-Padre/ Adulto-Adulto) que le haga pensar al hijo y tomar decisiones sobre la dificultad de la tarea o cómo va a realizarla. El truco es no ceder a la emoción y solicitarle una solución desde la razón.
No tenemos que tener miedo a activar el estado del Yo Padre y Yo Adulto del hijo que intenta resolver las situaciones desde el Yo Niño. No nos conformemos con hijos que responden con apetencias, sumisión o rebeldía porque será la forma de responder ellos más adelante con los demás y consigo mismos.
Nos vemos el miércoles próximo. Un abrazo. Esther.

