
Hoy recuerdo especialmente a los chicos de mi Taller de escritura. Ahora serán otros los que estén, aunque con los mismos anhelos, las mismas necesidades de cambiar sus vidas, la misma sensación de sentirse cautivos para poder alcanzar una libertad, limpia de las ataduras que se lo impiden. Algunos pasarán la navidad en sus casas, pero otros se quedarán en el centro. Esta premisa causa siempre angustia y malestar para los que tienen la familia lejos, o ni siquiera disponen de una familia. Es muy duro tener que pasar por toda la dinámica del programa y estas fechas son propicias para sentir la presión de los sentimientos más diversos. Yo los quería, me sentía protegida por una calma que me llegaba de estas personas tan llenas de legajos insoportables. No los veía como frívolos o irresponsables… Tenían una gran trascendencia en su personalidad equivocada, con la que yo me sentía a gusto, sin tensiones. Nos sentíamos libres en ese tiempo dedicado a enriquecernos todos juntos con algo dinámico y positivo.
La situación por la que estos chicos pasan, la describe de manera impecable Robert Fisher en su novela: El caballero de la armadura oxidada. Una historia muy apropiada para trabajar con estos problemas de adicción a las que se llega por motivos tan diversos. Y como en los cuentos de príncipes y princesas, cuando los candidatos a la mano de la princesa tienen que resolver problemas absurdos, estos chicos deben superar estragos y dificultades antes de alcanzar la libertad interior, quitarse la armadura, que se ha adherido a sus cuerpos, y que los mantiene en las pesadillas más adversas.
Sin embargo sabemos que hay mucho de verdad en los cuentos, que no todos son de hadas, pues en la mayoría de ellos, la vida se manifiesta pura y dura. Volviendo a la realidad, existen personas que andan por ahí, y que yo los denomino ángeles de la guarda. Desperdigados entre la muchedumbre dispersa, apesadumbrada; invisibles porque no llevan alas ni tampoco se elevan más allá del suelo que pisan. Héroes no demasiado apreciados en esta sociedad que exige otros patrones muy diferentes ¡Quién no ha tropezado con un ángel en su vida! Lo que ocurre es que hay que saber reconocerlos; no creamos que son tan especiales, andan mezclados en las calles, hospitales, supermercados, ventanillas, en fin, pueden estar en todos sitios, o incluso en ninguno si no somos capaces de identificarlos; pero los hay, existen, siempre que nuestra mirada esté atenta a dar con ellos. También yo los pude reconocer en esas tardes donde se hacía terapia sin saberlo, junto con un poco de literatura. Cuánto se puede aprender del dolor, de la marginación; siempre hay personas que destacan, que prestan toda su ayuda a los que están a su lado con los mismos problemas en sus vidas.
En el engranaje diario, mientras pisamos fuerte, en momentos altos de moral, de bienestar personal, como no se necesitan ni se buscan, no se ven en la bruma sin niebla. El alma no está alterada, el alivio está solventado por una luz sin interrupciones, ¿cómo pensar en ángeles? Con tantos destellos, adornos y fiestas, nos encandilan los reclamos propios de una fecha devaluada de su verdadero sentido. Ahora todo está lleno de luces, árboles con bolas doradas, regalos interminables. Se acerca la Navidad que nos habla de paz, amor, solidaridad. Pues también hay ángeles esperando hacer su trabajo, desde el momento que aparece la alegría, en los fluidos de la calle, como ondas generosas, al azar, allí, en cualquier esquina o rincón, si estamos atentos podremos ver la figura etérea, alada, alerta… ¡Fijémonos! Es el principio de una navidad en la que necesitamos sorpresas, un simple granito de arena será suficiente para que todo sea hermoso. Nuestros ángeles están cerca. Yo conozco muchos, los puedo abrazar cada día, un poco alejada y con mucho cuidado… otros están muy lejos… o, ya no están… se fueron… y es bueno recordarlos. Y no hace falta mirar lejos porque también los hay anónimos, callejeros, sin esperar momentos únicos, pues es posible que nos alerten sus señales cuando menos lo esperamos…
Falta tan poco para la Nochebuena… Diciembre avanza a la velocidad del rayo. Todos son preparativos, idas y venidas. Ya no cabe la tranquilidad de los días largos y reposados; hay mucho trabajo que hacer, por eso tengo la sensación de que se adelanta el tiempo y no yo. Así que he decidido que cada tarea mantenga su ritmo, dejar que el calendario no se precipite y yo tampoco. Tengo una familia extensa, con ganas de tomar un pequeño descanso con las tradiciones que la Casa Madre proporciona en estas fechas. Seguramente es tan necesario porque todos hemos consumido buena parte de nuestra energía pensando en situaciones no resueltas, y queremos sentirnos mejor haciendo felices a otros.
Y, la verdad, no está mal desgastarnos en tan buenos propósitos.
¡Hasta la semana que viene!

