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ENTRE TÚ Y YO

Nochebuena

MurciaEconomía Jueves, 24 de Diciembre de 2020 Tiempo de lectura:

 

Seguro que esta Noche va a ser diferente. Todo va a brillar con más energía. Creo que vamos a tener una predisposición nueva, flamante, recién estrenada, como jamás hubiésemos soñado. Estamos en un acontecimiento tan insólito que cuando salimos a la calle la vemos mucho más bonita, alegre, sofisticada, elegante, disciplinada. Vaya, con mejores intenciones que nunca. Llego a la conclusión que tanto los sentidos, las sensaciones y demás complejidades del se humano, suben de tono en la Nochebuena; para bien, para mal o regular, es una noche fascinante por excelencia, donde se concentra todo el sentimiento familiar, unido con las tradiciones más auténticas, que nos van a ayudar a favorecer las emociones de cada uno.

 

Sería interesante hacer un esfuerzo para que todas las contradicciones queden relegadas; explicar a los jóvenes y niños que este año inauguramos una parte fundamental de la historia de la humanidad, en la que nos encontramos universalmente hermanados por la misma causa. Y una única Estrella nos guía. De nuestra responsabilidad dependen muchas cosas que aportar, cuando se haga el recuento de estos días. Todos somos importantes en este instante en el que nuestra actitud es tanto un deber como una gran obligación.

 

Recuerdo otras navidades muy lejanas, en el pueblo, donde todo era inocente y aparentemente riguroso. Cuando la navidad se celebraba en la casi intimidad familiar; donde no existían comidas de empresa, ni reuniones de amigos, ni la fiebre de consumir a toda costa. Tampoco lucían tanto las calles, es verdad. Pero prevalecía una alegría de fiesta que se manifestaba en el movimiento que se producía en la casa. Era allí dentro donde se organizaba el encuentro con la Navidad, con una gran despreocupación por las exageraciones. La casa bullía de forma muy distinta. Había que dejar sitio para el belén en un lugar relevante, privilegiado, que lo presidía todo; bien extenso, con sus montañas y ríos que amparaban el pueblecito de Belén, el pesebre donde el Niño Jesús, en pañales, descansaba junto a María y José, también con el buey y la mula, muy cerca, caldeando el ambiente con sus alientos templados. Tampoco se podía prescindir de de una buena pandereta y una sonora zambomba para acompañar los villancicos.

 

Se preparaban muchos dulces de navidad: cordiales, mantecados, pastelillos y las típicas tortas de “recao” con miel y almendras, crujientes y deliciosas, que se llevaban en enormes bandejas de hojalata al horno más cercano. Después se hacían cajas y se repartían los surtidos navideños entre gente de muy diversa condición. Para los más pequeños eran unas tardes atareadas, cálidas, impregnadas de olores, en constante peregrinación por las casa, como duendecillos observando la transformación y el continuo movimiento; inquietos por la novedad que se repetía cada año. Pronto nos quitaban de en medio dándonos permiso para ir a casa de los primos. Jugábamos al palé, al parchís o a las cartas, mientras nuestros pensamientos estaban en la atmósfera que nuestra casa destilaba. A mí me gustaba ese trajín en el que pasábamos inadvertidos y gozábamos un poco más de libertad.

 

Alrededor del belén transcurrían los días mágicos, serenos, sin sobresaltos. Nuestra religiosidad era natural, sencilla, no se cuestionaba, y tampoco se profundizaba más allá de lo que veíamos. Porque no existían conversaciones ni explicaciones; todo lo que ocurría dentro de la burbuja familiar, se daba por hecho, se asumía. O eso era lo que parecía. No había destellos que apagaran la tradición bien arraigada a unas raíces muy profundas, sin competencias. Y no preguntábamos nada. Fabricábamos nuestros argumentos, que la vida ya se encargaría de darles respuesta más adelante. Pero los niños del siglo XXI saben muchas cosas. Están muy bien informados de todo lo que ocurre, y lo asimilan con una lógica más humana, madura, aprendida de los mayores. Su personalidad se está preparando para un mundo muy diverso.

 

En casa, en la Nochebuena se hace una pequeña lectura de la Adoración de los Pastores. Cada año lee, o más bien lo cuenta, el más pequeño, antes de la cena, muy breve, pero, en ese difícil silencio, puede que haya también algún  deseo en voz alta, o varios… La familia ha cambiado. Es posible que estemos fatigados y nos sintamos con la necesidad de evadirnos con asuntos más trascendentes. Y yo, si no estoy demasiado agotada, me gustaría decir, como mis nietos, un modesto pensamiento leído hace mucho: Las puertas, aun en la oscuridad de la noche, siempre  abiertas.

 

¡¡FELIZ NOCHEBUENA PARA TODOS VOSOTROS!!

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