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Opinión | Consejero Editorial de MurciaEconomía
Jueves, 28 de Enero de 2021
Francisco Martínez Ruiz

Trump comenzó a entendernos ahí (II)

 

¡La virgen, qué calor! El profesor suizo afincado en El Puntal que había sido contratado por el comité de acogida para iniciar a Trump en el habla murciana, se mostró sorprendido por la espontaneidad y frescura de esa frase en boca de su alumno. Habían pasado ya unos meses desde que se instalara en la casa del Agua en Santomera y había demostrado mucho interés por aprender frases hechas, giros, de nuestra particular manera de emplear el castellano. Pero los avances eran notables.

 

Con cierta frecuencia le subían limones y el agradecía mucho ese detalle. Definitivamente, le estaba gustando Murcia y, aunque tenía que estar muy atento porque en el grupo de mediadores lo mismo le intentaban dar un clujío con un equipo de futbol/ promesas, que le planteaban un Project finance de un velódromo en Barranda, en el fondo sabía trabajar ese terreno y con ellos se entendía bien, siempre que no se concretara en algo concreto. Tampoco le gustaban mucho las miradicas que algunos – incluso los atildados- le echaban a Melania, pero él hacía como que no acusaba la puya.

 

El hombre estaba a gusto. Una mañana de julio recibe una llamada de uno del grupo de mediadores que le propone salir a dar una vuelta por el Mar Menor, comer y echar el día. Trump había conseguido aprehender en toda su amplitud e indefinición el concepto murciano de echar el día y, por tanto, accedió. 

 

Llegaron a La Puntica de Lo Pagán, al lado del molino, y se bajaron del coche. Comenzaron a pasear por la calzada que se adentra en el mar y de pronto nuestro nuevo vecino se paró en seco. Y le salió del alma una expresión que la había oído mucho, pero que no sabía de su adecuada y oportuna utilización: ¡Ostilina, que es esto!

 

Ante sus ojos, un contingente de seres de barro, pero que se movían, pululaban por doquier. Eran muchos, pero no parecían peligrosos, si no básicamente inquietantes.

 

Miró a los del grupo de mediadores y no advirtió sorpresa alguna. Uno de esos seres, se le acercó. Trump lo más gordo que había visto era un tipo con cuernos de bisonte en la presidencia del Capitolio. Se quedó estático, petrificado. La figura se le acercaba más, hasta llegar a su altura. Ni Trump reconocía a ese ser, ni ese ser reconocía a Trump, pero le parecía que no era de aquí.

 

Y entonces el ser – que resultó ser una adorable anciana de Librilla - le formuló una pregunta que encierra y comprime siglos de historia, de costumbres, de reglas de sociabilidad y de simplificación de roles y ascendencias dentro de nuestra Murcia:

 

 ¿Tú de quién eres?

 

 Y Trump comenzó a entendernos ahí.

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