
Un domingo muy temprano, mientras me dirigía al Malecón a caminar, en una placita pequeña y solitaria al lado de la universidad, había una lata de cerveza vacía, abandonada, como si la hubieran dejado adrede, con provocación y efecto porque estaba muy bien colocada, puesta de pie, casi tenías que desviarte para no tropezar con ella. Podría no haberle dado mayor importancia, pero con todo lo que está ocurriendo, la sensación fue pensar que la persona que lo hubiera hecho sentía una gran falta de respeto y desprecio por la ciudad, que seguramente no sería la suya, campando a sus anchas y utilizándola con la misma desidia que vive en ella. A nadie con sentido común se le ocurre acaparar la vía pública dejando un objeto como símbolo de altanería, de pasar de todo, arrasando la sensibilidad de los demás. Me vino a la memoria cuando mochilas y bolsas de plástico abandonadas en la vía pública causaban estupor.
Estas cosas ocurren, y no pasa nada, ya que salpican como gotas insignificantes, sin embargo de vez en cuando es necesario decirlas porque dejan una sensación de que la sociedad, o una gran parte de ella, la que se comporta de esta forma desconsiderada, individual y sucia nada tiene que ver con la solidaridad que deseamos para todos. También hoy miraba el Telediario que daba noticias exasperantes: gente rebelde en las calles, bodas celebradas por todo lo alto en sitios cerrados, prohibidos. Vuelta con los botellones. Es muy feo el verbo prohibir, pero, ¿que otro verbo se debe utilizar en este momento? ¿Recomendar? ¿Aconsejar? ¿Solicitar amablemente? Da igual. Quedarnos en casa, sufrir las consecuencias, alejarnos de los nuestros reducen los contagios, nos dejamos relajar un poco, pero la desidia de muchos hace que la estabilidad se rompa y vuelva a subir la gráfica de nuevo. Estamos enfadados, esta nueva ola nos ha venido muy grande.
Mientras, continuo con mis cosas, aprovecho para alejar el hastío de los días que se han estrechado. Estar en casa es lo normal. Utilizo el teléfono para no perder la conexión con los demás. Es un momento sensible en el que es fácil buscar un refugio más o menos seguro, sin pretender llorar en silencio, porque habrá mucha gente en estado precario que lo hará: por la cadencia del ambiente, el pesimismo, la añoranza… Todo está teñido de deseos por lo que se ha perdido o se ha paralizado; nuestras pequeñas frivolidades que nos hacían esperar algún sueño interesante, algún privilegio; necesitamos esas evasiones para reponer el gesto de nuestra cara, perdido, tapado, sellado. Todas esas cosas como contrapeso, como terapia continuada por el desgaste que se va acumulando. Solo queda lo cotidiano, lo de siempre, lo de cada uno. Una especie de mantenimiento para hacer a los otros partícipes de lo que hemos conseguido: quizá solo una pequeña liberación en solitario.
He leído con atención el artículo de una compañera de espacio, que ha escrito sobre la importancia de los colores para cada lugar de la casa, los que dan energía, acompañan el buen ánimo y reflejan nuestra actitud diaria. Mi casa estaba recién pintada cuando empezó todo esto, y sentía que estaba preparada para iniciar ratos buenos, bien acompañados. Aunque sin coincidir en los colores de cada habitación, estoy de acuerdo al observar esos rincones renovados, con otras perspectivas nuevas, que iluminan de otro modo el espacio envejecido por los años. La cocina amplia, abierta, en el centro; el sol de la tarde que atraviesa los cristales y extiende sus rayos brillantes. Lo que significa esta antigua casa familiar donde las tres hermanas nos sentimos tan cerca. Me gusta mi casa, sé que es una referencia importante, cargada de experiencias; donde mis hijas la sienten como un lugar de reposo; donde los niños han aprendido tantas cosas, y siempre, compartida al mundo… Y me siento bien, aunque ahora reina una paz que cuesta asimilarla, y el silencio mantiene una constante que no evita la soledad.
Y me viene a la memoria Edvard Munch y su famoso cuadro El grito, una colección, de cuatro cuadros con el mismo tema, que se conserva en Oslo: dos versiones están en el Museo Munch, pero la versión más famosa se encuentra en la Galería Nacional de Noruega, que tuve la suerte de ver en un viaje con mi hija y mi nieto Hugo, de solo año y medio.
El cuadro de 1893 de estilo Expresionista refleja una figura ambigua que representa al hombre moderno que huye sumido en una gran angustia, una gran desesperación existencial. El paisaje representa el mar, el cielo, la tierra, dando fuerza y movimiento a la obra, para expresar la inquietud y el desequilibrio.
Comparando, parece que esta revolución pueda devorarnos, en tanto que nuestra expresión tiene una mirada vaga y nuestro rostro solo una pálida sonrisa.
¡¡Hasta la semana que viene!!

