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ENTRE TÚ Y YO

¿Reiniciamos el mundo o reinventamos el estado?

Javier Escolano Miércoles, 17 de Febrero de 2021 Tiempo de lectura:

 

“Si hay algo que no puede seguir para siempre, se detendrá” Herbert Stein (Detroit, 1916).

 

Hace quince días me comprometí con ustedes a anticiparles algunos cambios que los expertos dan por inevitables”; y hoy quiero darles noticia, de dos aportaciones para  afrontar los retos presentes e intentar construir el futuro, que a modo de pregunta les he anticipado en el título de este artículo. A saber:

 

1º) “El gran reinicio”

 

A mi juicio, el debate meramente intelectual y académico iniciado hace años,  sobre qué tipo de capitalismo queremos y, por tanto, qué sociedad  alumbra tal elección, ha desbordado definitivamente los círculos teóricos, para constituir para la élite mundial un proyecto realizable a corto plazo, impulsado por la devastación, individual de vidas y colectiva de empresas, causada por un virus venido de China; y, que se identifica en el tiempo (Agenda 2030) y en un concepto “The Great Reset” (el gran reseteo o reinicio), según ha quedado expuesto en el World Economic Forum (Foro Económico Mundial, Davos enero 2021).

 

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La lectura más recomendable  para adentrarnos en lo que significa “El gran reinicio”, entendido como: “un intento de identificar y arrojar luz sobre los cambios que se avecinan, y de contribuir modestamente a definir cómo podría ser su forma más deseable y sostenible”, es para mí, el libro “Covid-19: el gran reinicio” (Forum Publishing, 2020) de Klaus Schwab (Ravensburg, 1938), doctor en Economía, doctor en Ingeniería, profesor de la Universidad de Ginebra y fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial (WEF) y Thierry Malleret (París, 1961) doctor en Economía, con una exitosa carrera profesional en banca de inversión, en instituciones académicas y de gobierno.

 

El libro citado, es un segundo eslabón de la anterior obra de Klaus Schwab, titulada “La cuarta revolución industrial” (Editorial Debate, 2016); por cuanto en esta primera, el autor, describía la nueva revolución tecnológica que anticipaba el “transhumanismo”, esto es, “la transformación de la humanidad debido a la convergencia de sistemas digitales, físicos y biológicos”; y, ahora, con  su obra de junio de 2020, se entiende que tras la irrupción de la pandemia nada volverá a tener jamás el sentido de normalidad “defectuosa” que prevalecía antes de la crisis porque la pandemia del coronavirus marca un punto de inflexión fundamental en nuestra trayectoria global”.  

 

El libro parte de un diagnóstico: “nuestros sistemas necesitan un gran reseteo”; se adentra en tres dimensiones del reinicio: “macro” (con efectos económicos, sociales, geopolíticos, ambientales y tecnológicos), “micro” (industrias y empresas) e “individual”; resalta una cuestión fundamental: “las posibilidades de cambio y de que se establezca un nuevo orden son ahora infinitas y el límite está únicamente en nuestra imaginación, para bien o para mal”; y un lenguaje que ya no podremos ignorar: “gobernanza global”, “estados frágiles”, “resiliencia económica”, “cambio climático”, “sostenibilidad”  y “capitalismo de partes interesadas”.

 

2º) “La carrera global para reinventar el Estado”.

 

El recorrido parte de una pregunta: ¿es la democracia realmente la ola del futuro? Para a continuación, identificar las debilidades de la democracia y  emprender la “reinvención del Estado nacional democrático”,  con el propósito final de revertir los defectos de la democracia y perfeccionar sus instituciones.

 

En este camino, me permito recomendarles el libro “La cuarta revolución” (Editorial Galaxia Gutenberg, 2015) de John Micklethwait (Londres, 1962), historiador, fue director de The Economist y desde 2015 de Bloomberg News, y  Adrian Wooldridge (Inglaterra, 1959) periodista y editor de The Economist.

 

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Simplificando, los autores entienden que el modelo de Estado occidental ha pasado por tres grandes revoluciones:

 

La primera, tuvo lugar en el siglo XVII, cuando los príncipes de Europa construyeron estados centralizados que comenzaron a distanciarse del resto del mundo.

 

La segunda, se desencadenó a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, con las revoluciones americana y francesa, en particular con las reformas liberales que abolieron los viejos privilegios y los intentos por mejorar la vida de los ciudadanos.

 

La tercera, es la invención del moderno Estado del bienestar, tras la Segunda Guerra Mundial.

 

Y la actual, denominada cuarta revolución, es consecuencia de las demandas de los ciudadanos, que exhiben su “furia” por los fracasos del Estado: Occidente ha perdido la confianza en cómo es gobernado... Al igual que en las anteriores revoluciones, la amenaza es clara: la bancarrota, el extremismo y la deriva. Pero también lo es la oportunidad: la posibilidad de modernizar una institución que hemos sobrecargado de responsabilidades”.

 

Los autores patrocinan,  desde un pensamiento liberal,  un nuevo “diseño de la estructura entera del Estado”, buscando la mejora de la gestión, la calidad de la regulación,  la intensiva aplicación de las nuevas tecnologías y la sostenibilidad de las instituciones. Y señalan tres riesgos del Estado democrático: su crecimiento desmedido que reduce gradualmente la libertad; ceder cada vez más poder a los grupos de presión; y hacer promesas que no puede cumplir (ya sea prestaciones que no puede pagar o comprometiéndose a metas inalcanzables). 

 

En cualquier caso, como dijo recientemente Henry Kissinger: “las naciones se cohesionan y prosperan con la convicción de que sus instituciones pueden prever las calamidades, frenar sus efectos y recuperar la estabilidad. Cuando termine la pandemia de Covid-19, en muchos países se tendrá la percepción de que las instituciones han fallado” (The Coronavirus Pandemic Will Forever Alter the World Order”, The Wall Street Journal, 3 de abril de 2020).

 

En mi opinión: el objetivo de “sustituir ideas, instituciones, procesos y normas que han fallado” es deseable;  y, aprovechar la devastación individual, social, sanitaria y económica  generalizada en nuestro mundo, para fijar un “tiempo y agenda” para llevar a cabo dicho cambio, sin más demoras,  es más que loable.

 

En particular, me apunto, a muchos de los propósitos enunciados por  Klaus Schwab  y Thierry Malleret, tales como: un crecimiento económico en el que ganar tamaño no sea lo único importante, sino también “la distribución de los beneficios y el acceso a las oportunidades”, con el objetivo de corregir las “desigualdades”; la economía verde y  circular; el reconocimiento salarial de los trabajadores esenciales (sean manuales o no, en particular los  sanitarios), la innovación en los modelos de producción, distribución y negocios, que pueden generar incrementos de eficiencia y productos nuevos o mejorados; y un sistema tributario equitativo que provea de adecuados recursos públicos a las administraciones estatales.

 

Pero, me preocupa que a lo largo de los textos que he leído sobre The Great Reset, al igual que hay una dura crítica a las ineficiencias del actual  sistema capitalista occidental, en particular a las democracias como EEUU y sus niveles de “desigualdad”; no exista crítica similar a las tiranías o regímenes autoritarios no democráticos, en especial la República Popular China; cuyos niveles de “desigualdad” ,no solo en la distribución de la riqueza,  sino en los derechos sociales, oportunidades, libertad y respeto a la vida de los ciudadanos, en concreto a los disidentes, son para mi inasumibles hoy; pero mucho más como modelo de liderazgo mundial.

 

Se pretende ahora una nueva “gobernanza global” y la historia nos enseña que la creación de un nuevo orden mundial, ha de estar liderada por algún actor, generalmente un estado nacional con los recursos necesarios para ello. Y parece que este papel se le quiere entregar a China, cuyo Presidente en su discurso en Davos (WEF, enero de 2021) habló de la supremacía del “sistema socialista moderno” llamado a crear una nueva globalización, para superar la realizada por el mundo anglosajón.

 

Si hablamos de que el modelo económico de futuro es el chino, no debemos olvidar que con él va el modelo social exento de libertad y derechos de los ciudadanos, quienes están sujetos al control absoluto de sus vidas, cada día más con las posibilidades que dan los  algoritmos y  la robotización.

 

Queridos lectores, como ven, el debate es más que apasionante y en el cual, como otras veces he dicho, no cabe la indiferencia, ni dejarnos llevar por “el camino de la no libertad”. En quince días, intentaré situar el papel del “silencio” y la “serenidad”.

 

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