
“El silencio eterno de los espacios infinitos, me aterra” Blaise Pascal (Clermont-Ferrand, 1623).
El “silencio”, como concepto, estado o anhelo, tiene distinto significado para la milenaria tradición de Occidente y para el más que milenario Oriente. En el primero, todavía late la filosofía de Grecia y Roma antiguas, el cristianismo (legado, fe y vida) y la modernidad del Renacimiento, la Ilustración y las cuatro Revoluciones Industriales que nos han llevado a nuestro mundo actual. Oriente, budista, menos prisionero del individualismo, proclive a responder con conciencia o servil conducta colectiva, y regado con todas las pasiones, doctrinas y dramas que el ser humano ha sido capaz de recorrer.
Quizás, puede encontrarse un punto común entre ambas civilizaciones, ya entrelazadas, en la indudable conveniencia y casi necesidad de disponer de un “tiempo de silencio”, para que la reflexión racional o la meditación íntima, nos lleven a la “serenidad” esencial en nuestras vidas.
Es por ello, que hoy quiero traerles noticia de varias obras, de diversos autores, alumbradas en épocas muy distintas, para que puedan escoger: sabiduría estoica, misticismo cristiano y budismo zen:
1º.- Sabiduría estoica:
Lucio Anneo Séneca (Córdoba, año 3 a.C.), filósofo, escritor y político. De sus obras destaco los “Diálogos” (“De la brevedad de la vida” y “De la tranquilidad del alma”), en la edición muy cuidada de la doctora en filosofía, Carmen Fernández – Daza y Álvarez (Madrid, 1965), titulada: “Invitación a la serenidad” (Ediciones Temas de Hoy, 1996).
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En la cual aparecen retratados “aquellos a quienes consume la avaricia, el poder, la ocupación excesiva en los negocios y el trabajo… aquellos que están siempre inquietos persiguiendo la riqueza, los hastiados por la necesidad de novedades, los que salen a la calle y deambulan, cansados, …”; y también, Séneca, propone caminos para alcanzar el sosiego y la felicidad, que -según nos enseña- “se hayan sobre todo en uno mismo, en el dominio personal, en la interiorización”. No me resisto a transcribir, una pequeña muestra de sus aportaciones:
“La vida más breve y más llena de inquietud es la de aquellos que olvidan el pasado, miran con indiferencia el presente y temen el futuro”.
“Es enemigo de la serenidad un compañero perturbado y que se lamenta de todo”.
“Quién tema a la muerte, no hará nunca nada por un hombre vivo, pero quién sepa que este hecho estaba pactado en el mismo momento en qué fue concebido, vivirá según la ley de la naturaleza, y a su vez, con la misma fortaleza de espíritu, se mantendrá firme para que ninguna cosa que le suceda sea inesperada”.
“Qué tarde es comenzar a vivir cuando hay que abandonar la vida”.
Marco Aurelio Antonino Augusto (Roma, 121), emperador del Imperio romano (161-180), fue el último de los llamados “Cinco Buenos Emperadores” y una de la figuras más representativas de la filosofía estoica. Su gran obra es “Meditaciones” (Editorial Edaf, 2020). Un texto atemporal, en la que el autor expone los principios e ideas que guiaron su vida como gobernante y en el cual, pese a los siglos transcurridos, se palpa como la filosofía se hace realidad política en la búsqueda de la sabiduría y mejora de la ciudadanía.
De sus “meditaciones”, me permito transcribirles algunas:
“Trata con veneración a tu facultad de entendimiento. En ella está todo: así, en tu principio rector no habrá ningún pensamiento que no siga a la naturaleza y a la constitución de tu ser racional”.
“Yo, que he comprendido la naturaleza del bien, que es bella, y la naturaleza del mal, que es fea, y la naturaleza de aquel que yerra, que es mi semejante, no por participar de una sangre y una semilla sino de un intelecto que es parte de la divinidad, no puedo recibir daño de ninguno de ellos, pues nadie me hará caer en vergüenza, ni tampoco puedo encolerizarme con un semejante ni odiarlo; hemos nacido para una tarea en común… Por ello, actuar unos en contra de otros es contrario a la naturaleza; y obrar en contra de la naturaleza es también indignarse y mostrar aversión”.
2º.- Misticismo cristiano:
Hildegarda de Bingen (Bermersheim, 1098), una mujer verdaderamente extraordinaria, considerada la mística más importante de la Edad Media, abadesa del conocido Monasterio de Bingen, compositora de más de setenta y siete sinfonías, autora de una dieta para cuidar y mantener la salud (precursora de la “espelta”), creadora de un tratado de medicina y sobre todo, de sus sorprendentes “visiones” que desde su tierna infancia venía experimentando. Como dice: “las visiones que he visto no han sido en sueños, ni durmiendo, ni en éxtasis, ni por mis ojos corporales o mis oídos humanos exteriores… sino que las veo con mis ojos y mis oídos humanos interiormente, cuando estoy despierta”.
Para Hildegarda el silencio “es tiempo de plena consciencia y posesión de los sentidos, en el cual el espíritu mora… claro preludio de la iluminación divina”.
Pueden consultarse las obras: “Hildegarda de Bingen. Una conciencia inspirada del siglo XII” (Editorial Paidós, 2018) de la historiadora medievalista francesa, Régine Pernoud; o, “Cocinando con Santa Hildegarda” (Editorial Amazon Italia Logística).
3º.- Budismo zen:
Pablo D’Ors Führer (Madrid, 1963), sacerdote católico, discípulo zen y escritor. En su breve ensayo sobre la meditación, titulado: “Biografía del silencio” (Editorial Siruela, 2012), nos relata su entrenamiento espiritual para aprender a meditar; que describe como: “no se trata de soñar despierto, sino de estar despierto”; “lo que realmente mata al hombre es la rutina; lo que le salva es la creatividad… Hacer meditación consiste precisamente en asistir cual espectador al nacimiento y muerte de todo esto, en el escenario de nuestra conciencia… cuanto más llenamos la cabeza de palabras, mayor es la necesidad que tenemos de vaciarla para volver a dejarla limpia… en Occidente vivimos en un mundo demasiado intelectualizado”.
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Thich Nhat Hanh (Hue, 1926), monje budista zen vietnamita, escritor y activista por la paz (fue nominado al Nobel de la Paz en 1967), en su libro: “Silencio. El poder de la quietud en un mundo ruidoso” (Ediciones Urano, 2016), nos muestra cómo cultivar nuestra mejor herramienta de conocimiento y felicidad en cualquier situación del día: el silencio interior. Mediante técnicas de respiración consciente y meditación, Thich Nhat Hanh, nos enseña a crear el silencio interior, necesario para “crecer y transformarnos”.
De sus enseñanzas, me permito destacar las siguientes:
“Hay un vacío en nuestro interior. Como nos incomoda, intentamos llenarlo a toda costa y hacerlo desaparecer. La tecnología no ofrece muchos aparatos para estar conectados”.
“Cuando no te fijas en lo que absorbes y cultivas en tu mente, puedes hacerte mucho daño a ti mismo y erosionar tus relaciones… Elegir con plena conciencia las personas de las que te rodeas es una de las claves para tener más espacio para ser feliz”.
“Vivir en un estado de silencio no significa no hablar nunca, ni participar en nada o no hacer ninguna cosa, sino simplemente no estar agitado por dentro, ni mantener una constante cháchara interior”.
En mi opinión: para no dejarnos atrapar en una vida llena de rutinas y meras ocupaciones, que nos hagan “objeto” de una existencia que no identificamos como nuestra; hay que buscar un espacio y un tiempo, para desconectar y reiniciarnos. Y para ello, el silencio nos invita a encontrarnos y serenamente reflexionar o meditar.
Hoy he querido dejarles un recorrido, breve, esquemático, personal y, por tanto, imperfecto, de la huella indeleble de hombres y mujeres que, con herramientas distintas, emprendieron un camino inacabado de mejora propia y clara vocación de irradiar sus hallazgos a los demás. Sin duda, “sabios” en el sentido apuntado por Séneca, no de quienes acumulan conocimientos intelectuales, sino, de quienes obran como piensan (“concordia animi”). Todos ellos, hablan de la belleza del bien, la fealdad del mal, la hermosura de la vida y la naturaleza, de la razón y el espíritu, de la importancia de alimentar sanamente el cuerpo y el espíritu; pero, sobretodo, de lo triste que es querer vivir cuando hay que abandonar la vida y no hemos ni iniciado nuestro propio camino de perfección, ni hemos acompañado a nadie en su intento.
Queridos lectores, son muchos los estímulos que nos colman y saturan; pero la decisión es y seguirá siendo nuestra, el acierto o el error nos llevará a uno u otro lado (bien o mal). Detenernos en silencio, escuchar el interior y detectar la vida con la serena comprensión de lo qué somos y nos rodea, no resolverá todas las interrogantes pero, al menos nos hará más humanos y, quizás, conscientes de nuestra finitud para arrancar el miedo y afrontar sin tristeza la vida. Les dejo, por quince días, esta invitación de la mano de aquel “sabio” que elijan, con el deseo de que disfruten del “noble silencio”, frente al ruido cargado de tensión y resentimiento.

