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ENTRE TÚ Y YO

Todo es relativo, el tiempo más

Pablo Piñeiro Martes, 09 de Marzo de 2021 Tiempo de lectura:

Hoy os voy a regalar una de las historias que escogí para mi último libro "Lo positivo de fracasar en el amor".

 

Por diferentes motivos, uno de ellos una charla que mantuve esta semana en mis directos de Instagram, estoy volviendo a recapacitar mucho sobre la importancia de la presencia… A ver si esta historia os ayuda a darle otro enfoque.

 

Es el momento de contaros cómo aprendí una lección única y exclusivamente con palabras.

 

Esto ocurría en Guadalajara. Estaba nuevamente en un centro comercial, Ferial Plaza, y se acercaron tres personas a contarme su historia de amor. Esta fue una de ellas:

 

Hola, me llamo Jaime y soy técnico de emergencias sanitarias, los técnicos que vamos en las ambulancias.

 

Cuando empecé, estaba destinado en Madrid. Llevaba solo unas semanas trabajando y faltaban quince días aproximadamente para Navidad cuando tuvimos una noche de esas que llamamos comúnmente «noche de perros». Nos llamaron por un accidente en la M-30, una chica de diecinueve años que se había salido de la carretera y había colisionado contra un poste.

 

Al llegar al lugar de los hechos, descubrimos que el coche era un amasijo de hierros. Mientras esperábamos a los bomberos, el médico pidió un voluntario para que entrase en el coche y mantuviese consciente a la chica. Yo me ofrecí. Al poco tiempo, llegaron los bomberos y pusieron en marcha el protocolo establecido para esos casos.

 

Mientras, yo mantenía una conversación con toda confianza con Marina, que es como se llamaba aquella chica, estudiante de Periodismo. Me parecía muy guapa y tenía una voz muy dulce; estaba encajada en su prisión metálica, pero podía hablar sin problemas. Solo estaba afectada la parte del coche donde se encontraba ella; la parte donde estaba yo no presentaba apenas desperfectos. Al principio, Marina me describía el accidente una y otra vez, no entendía cómo se le podía haber ido el coche y colisionado contra aquel poste.

 

Estaba muy nerviosa. Yo intentaba quitarle importancia, le dije que era algo que le podía ocurrir a cualquiera, tal y como estaba la noche. Poco a poco empezó a coger confianza conmigo y la conversación adquirió un tono más personal. Yo no sabía de qué hablarle y una vez que me aseguró que se encontraba bien, le pregunté lo primero que me vino a la mente:

 

—¿Tienes novio?

Ella respondió un «no» rotundo y me devolvió la pregunta.

—Y tú, ¿tienes novia?

—No, la verdad es que tampoco tengo.

—¿Te gustaría salir a tomar algo conmigo algún día?

Yo me quedé un poco en shock, pero después de pensarlo un rato le respondí:

—Cuando lleguemos al hospital, lo hablamos con calma.

 

Sin que nos diéramos cuenta, los bomberos habían conseguido hacer los cortes oportunos en la parte lateral del coche y pudieron liberar por fin a Marina. Una vez fuera, y debido a la gravedad de sus lesiones, ella empeoró. No debíamos perder más tiempo, había que llevarla lo antes posible al hospital. Ya en la ambulancia su estado se agravó y yo solo le repetía:

 

—Vamos, Marina, recuerda que me debes una cita, ¿eh?

 

Cuando apenas quedaban dos kilómetros para llegar al hospital, escuchamos el temido pitido de las ambulancias, ese pitido que te indica la llamada de la muerte. Marina murió en mis manos ante mi terrible impotencia.

 

En la ambulancia, siempre les quitamos y guardamos las cosas a los pacientes y yo hice lo propio con ella. Al llegar al hospital, su madre ya estaba allí. Yo me iba con el collar de Marina sin darme cuenta de que lo tenía en el bolsillo del chaleco. Me di la vuelta para devolvérselo y ella me sorprendió con un abrazo que acabaría por partirme en dos. No pude contener el llanto, fue la peor experiencia de mi vida.

 

Durante un tiempo tuve que dejar mi trabajo, que es lo que más me gusta en el mundo, y entendí que el tiempo es muy relativo y que lo que para el mundo fue media hora en aquel coche, para será toda una vida en la que no olvidaré a Marina.

 

Esta historia me dejó hecho polvo durante tres días, pero me hizo ver lo distinta que puede ser la percepción de una misma cosa. Ese tiempo que para mí serían unos minutos, para Jaime será toda una vida. Me dejó claro que hay historias de amor que duran unos minutos, pero son más intensas que historias que duran toda una vida. Debemos valorar y disfrutar cada momento que pasamos con cada una de las personas a las que amamos, porque nunca sabemos si la volveremos a ver.

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