
Desde hace tiempo, intento descifrar el enigma de si realmente nos parece bien el fracaso como parte de la experiencia y del aprendizaje para poder triunfar, o no. O igual nos da miedo el fracaso y preferimos no arriesgar con tal de que no parezca lo que no somos. Hay muchas teorías sobre esto. Nos cansamos de escuchar que el fracaso es un triunfo en sí mismo. Que fracasa el que no lo intenta y no el que no lo consigue. Esto estará bien en EEUU, pero que no se nos olvide que esto es España. Con su cachondeo y su talento, con sus carnavales y sus centros de empresas, con sus fiestas y sus pymes innovadoras. Esto es España. Lo del fracaso lo entendemos perfectamente, pero nos cuesta la vida ponerlo en práctica. Y es que así es difícil emprender. En mi opinión, esto del fracaso va por razas. En España no nos gusta fracasar. No nos gusta nada.
Verán, el otro día leía el resultado de una encuesta que se hizo en nuestro país y que, en mi opinión, es demoledora. Decía que “el miedo al fracaso empresarial y a sus consecuencias sigue actuando como freno a la creación y puesta en marcha de nuevas iniciativas”. Y esto se soportaba en que el 90,9% de los jóvenes empresarios consideraban que un fracaso empresarial lastraría su futuro profesional. De ahí la demanda de esa Ley de Segunda Oportunidad.
Pero hay algo más potente en este argumento. La educación social de los nuestros. Algo que no ayuda nada a las generaciones que tienen que liderar el emprendimiento. Vivimos en una sociedad donde es muy difícil, casi imposible, encontrar a jóvenes adolescentes que no tengan una PlayStation, Xbox, o Nintendo en casa. Y aquí viene el problema. Cuando estos chavales, que tienen que luchar en este mundo tan competitivo, gran parte de su tiempo de ocio lo dedican a conectarse en red para jugar al GTA, Watch Dogs o FarCry, resulta que lo que encuentran es que su mayor problema es elegir entre el Maserati o el Lamborghini. Que además están impecables y aparcados en esa cochera privada, de esa espectacular mansión, cuya hipoteca alguien pagará. Digo yo. Pero no se preocupen, que si estrellan el coche, pues hay más oportunidades. Es un mundo de videojuegos.
Evidentemente nuestros jóvenes se educan en mundos virtuales donde fracasar es tirar el mando a la cama cuando te destrozan el deportivo y cabrearse con el que te ha adelantado. El que es mejor que tú. Luego sólo hay que estirar el brazo para coger el mando y volver a la partida. A por otro coche. Como si nada hubiera pasado.
Y luego, salen al mundo real. Al de los Seat Panda, los Citroen y las motos de 150cc. El de las cocheras con las columnas forradas con planchas de espuma para no rozar los laterales de nuestro coche. El de echar unos euros en el túnel de lavado cuando llueve arena para que el coche esté como ese Mustang amarillo del videojuego. Y entonces, en el primer desplazamiento para una reunión, hay atascos, multas y el parking está completo. Y es que así no es posible emprender. El mundo virtual es más cómodo, porque ahí, el fracaso no tiene consecuencias. Ojalá todo fuera tan fácil, ¿verdad?

