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Opinión | Consejero Editorial de MurciaEconomía
Martes, 09 de Marzo de 2021
Francisco Martínez Ruiz

La magia del pipican

 

De entre todos los lugares en los que la gente suele reunirse, ya saben, restaurantes, terrazas, salones de apuestas o incluso museos, hay uno que presenta para mí cierta singularidad.

 

El pipican.

 

Para los no iniciados ,se trata de un recinto de tierra vallado y normalmente ubicado en jardines , concebido preliminarmente como sitio para llevar a los perricos a hacer sus necesidades. No creo que haga falta mucho ingenio, espero, para comprender el porqué de su denominación.

 

Pero cuando te vas haciendo un usuario periódico del mismo adviertes que tras su originaria y básica función se esconden otros planos, que nuevas realidades surgen. Que tiene algo que lo diferencia de los demás sitios de reunión. Confieso que su existencia, que sólo conocía a distancia, me ha fascinado.

 

La disparidad de perfiles – de los dueños de los perricos me refiero - es tal que puedes ir pasando de grupo en grupo conectando con conversaciones que abarcan los principales temas de este mundo, y de esta vida, pero vistos desde un punto de vista laxo. Y seguir en transición, deambulando hacia otro grupo, como si del patio de un respetable centro penitenciario se tratara.

 

 Y, así,  puedes pulsar  el estado de opinión de este clúster sobre, por ej.,  los asuntos políticos siempre que  sea con el firme  propósito de no alcanzar conclusión alguna y con el compromiso de no formular ninguna propuesta.

 

Logras obtener, igualmente, una visión muy completa de multitud de temas que rodean al hombre moderno, pero huyendo de lo solemne o elaborado, que es muy de agradecer:  problemas generacionales vistos por gente de generaciones distintas;  una amplia y muy actualizada información sobre restauración y catering; la problemática que rodea el acceso a la función pública; el mundo siempre difícil de las relaciones interpersonales en la empresa. Incluso, como nos ven los de fuera, a los de aquí. Porque también hay en el colectivo no españoles, sin que con ello pueda afirmarse que nuestro pipican tenga una dimensión internacional.

 

La gente se agrupa y reagrupa en corrillos, cual si de un entrañable correccional se tratara, obedeciendo a un patrón algorítmico que nadie tiene interés en descifrar.

 

Es un sitio mágico, en cierto modo, porque hace que se junten los que nunca se hubieran juntado. Hace que hablen los que nunca hubieran hablado. Hace crecer simpatías Incluso entre los que nunca lo hubieran pensado. Y lo logra con la espontaneidad, con la naturalidad que sólo dos formatos podrían ofrecer: el penitenciario, o el pipican, salvando las distancias.

 

Cuando la jornada acaba, cada uno con su perrico para su casa. Al alejarse, todos miran un momento hacia atrás. El pipican se queda casi vacío. Parece otra cosa. Y lo es. Ya sólo es un recinto vallado de tierra.

 

Pero al día siguiente volverá a tener eso,

 

Magia.

 

Dedicado a todos nuestros amigos de Pipican ( y a sus perros).

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