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ENTRE TÚ Y YO

La bicicleta roja

Ángeles Hernández-Gil Jueves, 11 de Marzo de 2021 Tiempo de lectura:

 

Cuando evoco mi infancia siempre me viene el recuerdo de las vacaciones de verano. Una estación con mucha luz, en una época de penumbra. El colegio se apropiaba del resto del tiempo, con su disciplina y sus deberes. Creo que era un momento en el que también existía un mundo interior con conversaciones a media voz, susurros, que no siempre interpretábamos. La casa y el recogimiento familiar narraban nuestra historia como niños. Y yo vivía intensamente la mía, donde podía hacer que ocurrieran otras cosas que fueran mucho más interesantes. El verano era ideal para dar rienda suelta a los patrones propuestos por mí, y que quería para mí, en esa etapa. Como mi imaginación pasaba desapercibida para los demás, me aislaba en mis propias sensaciones, mientras jugábamos y casi conseguía el lugar claro y transparente donde vivir feliz…, sin comprender todavía, que esa palabra talismán abarca lo imposible. 

 

Pasar la infancia en un pueblo tiene muchas ventajas y no puedo evitar sentir morriña cuando recurro a ese periodo de mi vida. En verano tomábamos la calle. Éramos muchos hermanos, con otros tantos primos y vecinos. Los amigos te caían por la vecindad; la calle era nuestra aliada, pero nuestros límites estaban señalados, y se cumplían a rajatabla. Pobre del que no lo hiciera. La playa era un lugar, entonces, lejano, exclusivo, no lo echábamos de menos viviendo en el interior, y si alguna vez nos llevaban era como tocar el cielo. 

 

Siempre he sido una niña despierta. Observaba más que hablaba. Disfrutaba sin hacer ruido: bastante lo hacían mis hermanos mayores. Ellos siempre exigían mucho más de lo que se podía dar entonces. Me enfadaban a cada momento, me parecían insoportables, siempre protestando. Inevitablemente formábamos nuestras pandillas, y, claro, procurábamos separarnos de los juegos violentos de los chicos. Entonces nuestra zona, a pie de casa, sin coches ni motos, era un lugar único para expresar nuestros pasatiempos infantiles; cuando sentíamos hambre nos escapábamos un segundo para coger el bocadillo. Y si era necesario acudíamos a la llamada de los albaricoques que estaban en su punto, o sea, un poco verdes para comer. Nos gustaba ese ir y venir por la huerta, camino de la estación donde nos estaba permitido ir siempre que pidiéramos permiso. Nuestra vida era muy simple; se desarrollaba en ese escenario y todo el barrio participaba de nuestras correrías. Nos arrebataba una libertad que nos parecía excitante, sin reparar en la que les faltaba a nuestros mayores. Fuera del espacio ocupado por nosotros, se nos ignoraba. Nuestras normas funcionaban a la par que la obediencia, muy bien controladas. Pero aprendíamos todo lo que queríamos saber. No se nos ocurría preguntar nada.

 

Mis padres pudieron darnos mucho bienestar y comodidad.

 

Recuerdo la sorpresa, el día de mi décimo cumpleaños, en plena calle rodeada de todos mis amigos. Una bicicleta de mayor, de chica; venía directamente de Eibar, de la fábrica de bicicletas Orbea. Envuelta en una gran caja de cartón delataba descaradamente lo que había dentro. Tengo guardada en mi memoria la emoción que sentí y la alucinante sorpresa que me dejó sin poder articular una palabra, clavada en el suelo. 

 

Tanto, que un enjambre de manos empezaron a tirar de las cuerdas que la envolvían, rompiendo a jirones la caja, hasta que en medio de tanto linchamiento, apareció…, quedó al descubierto la maravillosa bicicleta roja, brillando impoluta ante los reflejos del sol de la tarde; majestuosa, impecable. La llanta de la rueda trasera estaba cubierta por una red en forma de media circunferencia, protegiendo los radios y anudada en el eje de la rueda, tejida con hilos de colores donde predominaba el rojo, con flores salpicadas formando una preciosa cenefa bordada. Me dijeron que la habían hecho para mí. Y era mía. Yo que tenía pasión por todos los juegos que llevaban ruedas; como bicis, patines, patinetes… Una afición en mi vida; rodar, sentirme dueña de la velocidad. Todavía soy capaz de describir ese momento porque está impreso en algún rincón de mi ser, consciente de hacerlo perdurable.  No miraba a mis padres, no sabía qué hacer, ni qué decir, ni cómo comportarme, era demasiado. Yo no podía imaginar este fabuloso regalo, no lo merecía, y, mientras mi cabecita pensaba, seguía plantada en medio de la calle sin apartar los ojos de mi bicicleta. Extasiada. 

 

Pasado el arrebato, fui directamente a las piernas de mi padre, abrazándolo. Con la cabeza escondida. No podía mirarlo a la cara. La mía estaba roja, y mientras mi madre observaba, yo no podía despegarme de las piernas de mi padre. Empecé a llorar, muerta de vergüenza y agradecimiento, delante de todos…, yo, que me creía invisible.

 

Han transcurrido muchos veranos desde entonces, y muchas cosas han cambiado. No siento nostalgia ni melancolía por lo pasado. Es verdad que no espero nada concreto de las vacaciones; sólo unos días de playa significan una renovación integral. Me gusta el mar; nadar. Siento atracción por avanzar en línea recta hasta el fondo. Es un reto a mi resistencia física, que aún no me ha abandonado. Observo a la gente bronceada, moderna solo por el hecho de haberse tostado al sol durante horas. Me gusta. Quizá yo también haya sido alguna vez objeto de las miradas de otros. Ahora veo las cosas de lejos, sosegadamente. Y mis vacaciones no son trascendentes ni necesarias. Un pequeño letargo que compensa todo un año de trabajo. No quiero hacer planes. Es mejor dejar una incógnita abierta, como una pequeña ventana a lo desconocido. Me encanta no saber. No deseo aclarar nada. Ni hacerme preguntas y, menos, responderme. 

 

Cada vez el estío es más largo. Más agobiante. Pero ahora observo a mis hijos y a mis nietos. Un momento sereno, sin sombras. -Qué más puedo desear-. Los quiero. Son fuertes. Preparados para la vida.

 

Y yo me siento tan feliz que no echo de menos esos veranos de niña, subida en mi bicicleta roja, con las mejillas arreboladas, donde soñaba y corría hacia esa libertad que ahora, de manera apacible, disfruto.

 

¡Os deseo a todos una feliz semana!

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