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ENTRE TÚ Y YO

La bruja y el lobishome

Pablo Piñeiro Martes, 23 de Marzo de 2021 Tiempo de lectura:

 

Hace 5 años estaba en La Coruña escuchando historias de amor cuando se pasó por mi "chiringuito" una chica que se sentaba y me preguntaba:

 

- ¿Puede ser una historia de otra persona?

- Claro, puedes contarme lo que te apetezca. Le respondí yo con la mejor de mis sonrisas sin mascarilla...

 

Me llamo Eva y quiero hablar de mi abuela. Ella era una mujer diferente, yo no la viví, pero mi madre consiguió que su recuerdo viva en mí y que, en cierto modo, sea una de las personas que más me ha marcado.

 

Mi abuela vivía en un pequeño pueblo de Ourense en donde sus habitantes eran muy creyentes, sus vecinos eran fervientes defensores de su rito y de leyendas como las que rodeaban a los seres en cierto modo fantásticos, aunque en realidad, no lo eran. La ignorancia, la falta de cultura hacía que lo inverosímil fuese real.

 

Carmen, que así se llamaba mi abuela, tenía una personalidad muy fuerte y abierta lo que hacía que en su época estuviese bajo la fija mirada de las malas lenguas de sus vecinos, los cuales no soportaban que no siguiese las costumbres del pueblo, como ir a la iglesia o que optase por los remedios caseros para curar de los suyos y de si misma.

 

También llamaba la atención por su belleza, lo que tampoco era de agrado sobre todo para el sector femenino del vecindario. La mayoría de los hombres se sentían atraídos por ella, pero los rumores sobre sus supuestas brujerías hacían que su deseabilidad social los frenase por completo a todos… Bueno a todos no.

 

Juan, uno de los jóvenes más apuestos y alocados del pueblo se fijó en mi abuela en las fiestas de San Víctor y poco a poco de la amistad nació una relación de pareja que acabaría en el altar.

De esta relación nacerían tres hijas, una de ellas mi madre. Todo parecía maravilloso, vivían juntos en una pequeña casa en el medio del monte con un granero y en ella se dedicaban al cuidado de los animales.

 

A los pocos años, todo lo que parecía que sería un cuento de hadas, se convirtió en la soledad absoluta para mi abuela. Cuidaba sin ayuda a sus hijas, a los animales y a la casa.

 

La situación fue mermando a mi abuela y la mujer fuerte y con una personalidad arrolladora se fue transformando en tan solo una sombra de lo que era. Juan no le ayudaba en nada, el día lo pasaba entre la cantina del pueblo con sus amigos y sus labores como empleado municipal (trabajaba en algo parecido a lo que hoy llamamos protección civil).

 

Un día Carmen se fue a lavar la ropa al pilón comunitario, este estaba casi en desuso por parte de los vecinos por su ubicación en medio del monte, pero a mi abuela le encantaba. Mientras frotaba la ropa contra la piedra ya gastada del viejo pilón, empezó a recapitular sus últimos años y comenzó a pensar en lo que se había convertido su vida, este hecho hizo que no pudiese frenar las lágrimas que se derramaban por sus mejillas acompañadas por un sollozo intermitente. No lograba entender por qué era esclava de una situación que ella misma había buscado.

 

De repente, el sonido originado por una rama al romperse paro las lágrimas de mi abuela en seco, no estaba sola, había alguien más escondido en la maleza, que la estaba observando, pero no adivinaba quien podía ser.

 

- ¿Quién está ahí? Preguntó mi abuela aterrorizada, ya que no quedaba mucho para que se hiciese de noche y estaba completamente sola.

 

Detrás de la maleza se escuchaba como alguien caminaba poco a poco dejándose ver. Era un hombre enorme de cerca de dos metros de altura, desgarbado, muy moreno, con barba muy espesa y frondosa, de pelo castaño muy largo y totalmente despeinado, estaba descamisado y su torso permitía ver a una persona fuerte en apariencia, pero su excesivo vello corporal no permitía apreciar su musculatura. Mi abuela le calculó aproximadamente la edad que ella tenía y se quedó inmóvil analizándolo.

 

- Hola. Respondió él, con una voz penetrante, pero a la vez cariñosa que hizo que Carmen se tranquilizase

 

- ¿Estás bien? Le preguntó amablemente a mi abuela aquel hombre el cual le transmitía una enorme paz interior

 

Carmen le respondió que no le ocurría nada importante, sacándole hierro a los motivos que la llevaron a llorar y empezaron una conversación muy agradable.

 

Ese hombre de treinta y pico años – ya que ni siquiera él sabía con exactitud sus años- resultó ser el archiconocido “Lobishome”, que aterrorizaba a todo el pueblo. Pero mi abuela descubrió, después de horas de conversación, que nada de lo que decían los vecinos era verdad.

Solo era un chico que arto de los materialismos y luego de tomar una serie de malas decisiones, acabó viviendo en una casa abandonada y medio derruida en medio del monte. Los vecinos decían que entraba en las casas para robar y violar, pero nada de eso era cierto. Lo único que había hecho y siempre sin hacer daño físico a nadie, fue robar en un par de ocasiones unas mantas de un tendal y entró en una casa a por unas tarteras para poder cocinar. Lobishome describía lo poco orgulloso que estaba de eso, pero lo necesitaba para sobrevivir si no moriría de frío.

Resultaba ser una persona muy entrañable, educada y aunque su aspecto era rudo, parecía muy cariñoso.

 

No tardaron en hacerse amigos y mi abuela empezó a frecuentar aquel pilón a diario, ayudando a su nuevo amigo. Le llevaba huevos, verduras y el de vez en cuando le ayudaba con los animales, con los que demostraba lo cariñoso que en realidad era, los cuidaba y los trataba como hacía tiempo que no trataban a mi abuela.

 

Casi nadie sabía de esa relación, tan solo sus dos hijas, pero poco a poco se hizo una persona habitual para toda la familia y el odio del pueblo hacia mi abuela se fue incrementando, pero como siempre, Carmen vivía ajena a todas esas críticas sociales.

 

Un día, estaba mi abuela con Cosme (que así se llamaba Lobishome), cuando sin saber por qué... mientras él estaba dándole de comer a las vacas y acariciándolas, ella empezó a sentir algo que hacía mucho tiempo no sentía, era calor, un calor que le recorría todo el cuerpo y que no tardó en identificar como una excitación desmesurada. Ver a Cosme cuidando de los animales le hizo sentir envidia, no sabía qué hacer.

 

Se acercó a él y lo interrumpió poniéndole la mano sobre el hombro, él se giró y la miró sin mediar palabra, sorprendido. Ambos se quedaron mirando fijamente a los ojos. El silencio no tardó mucho en convertirse en saliva. Se fundieron en un beso que acabó en el suelo del granero, ese día mi abuela volvió a abrazar la felicidad.

 

No había nada, ni nadie que pudiese quitar la sonrisa de la cara de Carmen. El día a día volvía a tener sentido, ya no se sentía tan sola y su marido seguía sin prestarle atención y hasta agradecía que encontrase a alguien que ayudase a su mujer con los animales, sus hijas adoraban al que ya parecía un miembro más de la familia.

 

Su hija mayor, mi tía, en esa época decidió hacer un librito con recetas y cada una de ellas ilustrada con dibujos de los remedios caseros que Carmen sabía y utilizaba, como, por ejemplo, las flores que había que recoger para solucionar problemas de estómago, etc.

 

También en esa época mi abuela se quedó embarazada de su tercera hija, mi madre la que se convertiría en la niña de sus ojos.

Los años pasaban y todo parecía ir bien.

En el pueblo seguía incrementándose el odio hacia mi abuela por seguir sin acudir a la iglesia y por tener relación con un “indeseable" como era el Lobishome.

 

Gran parte de ese odio se personificaba en dos hermanas, las hermanas Castro. Dos beatas casadas con Jesucristo, las cuales su único deseo en la vida era llegar vírgenes a la tumba para así ser dignas de la gloria celestial, era fácil reconocerlas por la calle, siempre estaban juntas, vestían totalmente de negro, tenían un andar encorvado, nariz aguileña y eran pesimistas en la totalidad de todos y cada uno de sus comentarios, parecía que te hacían el mal de ojo cada vez que te cruzabas con ellas (tal y como lo relataba mi madre). Yo me las imagino como la señora Carmody de la película "la Niebla".

 

Las hermanas Castro no entendían el comportamiento de mi abuela y por eso la odiaban, la acusaban directamente de bruja. Este hecho se acentuó más cuando un día, mi madre y sus hermanas paseando por el pueblo se encontraron con ellas y mi tía Ana, al llegar a su altura les enseñó el librito que había creado con la ayuda de mi abuela, mientras les decía:

 

- ¡Mirad el libro de hechizos de mi madre! Casi se vuelven locas (más todavía). Pocos años después, mis tías y mi madre fueron abandonando el nido para estudiar y trabajar y mi abuela se volvió a quedar prácticamente sola.

 

Con el paso de los años y ante la falta de trabajo en Ourense, mi madre se fue a trabajar a Alemania, por otro lado, mis tías ya estaban trabajando cada una en una punta de la península.

Un día llamaron a mi madre al trabajo para comunicarle la noticia más desgarradora que había escuchado en su vida: mi abuela había fallecido. Apareció quemada en el granero.

 

Mi madre cogió el primer vuelo que venía a Galicia para llegar al entierro, del cual ya se había encargado mi abuelo. La sorpresa fue de lo más desagradable cuando mi madre llegó y vio como su padre había permitido que no enterrasen a mi abuela dentro del cementerio, si no fuera y en la puerta, para que todo el mundo que accediese a campo santo, pudiera pisarla.

 

Desde entonces, mi abuelo y mi madre no volvieron a tener buena relación, jamás se lo perdonó.

Mi madre quiso ir al granero, donde tantos momentos felices había pasado y donde ahora era un lugar digno de utilizar para rodar cualquier escena de una película de terror. Se podía apreciar el lugar donde se había concentrado el incendio, pero a mi madre no le encajaba el escenario, la idea de que no había sido un accidente empezó a rondar por su cabeza, pero la certeza de que aquello era el resultado de una ejecución se la dio una prueba irrefutable, al lado de donde habían encontrado a mi abuela a medio quemar encontró, también, el librito de recetas que había escrito y dibujado mi tía con su ayuda.

 

La impotencia y la rabia se adueñaron de mi madre que sin saber muy bien que hacer le llevo lo que quedaba del libro a la única persona que sabía que lo apreciaría, que querría tenerlo y que siempre trato a mi abuela como una reina.

 

Ese no era otro que el Lobishome o como mi madre le llamaba cariñosamente "tío Cosme". Cuando llego a su chabola, se encontró a un hombre totalmente abatido, roto por el dolor de haber perdido una parte fundamental en su vida, su amiga, su confidente, su amante...

 

Cosme agradeció con los ojos llenos de lágrimas su regalo, mi madre nunca lo había visto así, llegó a pensar que no tenía la capacidad de llorar.

 

Se despidió de él y se alejó de aquel monte para siempre, nunca más volvió a ver al hombre que quiso a su madre más que a él mismo.

 

Pasados unos años mi madre volvió a Ourense para no marcharse nunca más.Un día mientras tomaba un café en la cafetería que se encuentra por debajo de casa, algo le llamo la atención en el periódico. La foto le resultaba familiar y el nombre del pueblo donde se crio aparecía en la cabecera de la noticia. A medida que avanzaba en la lectura una sonrisa se le dibujaba en la cara, pues la noticia decía:

 

Las hermanas Castro de "un pueblo que no quiero acordarme" fueron brutalmente violadas por el conocido como Lobishome

.

Aunque nada de lo que ocurriese iba a devolverle a mi abuela, mi madre tuvo la sensación de que se había hecho justicia y pensó en ese momento que la vida pone cada cosa o circunstancia en su lugar y que sin duda el tiempo es siempre el mejor juez.

- Espero que cuides esta historia como creo que ella me cuida a mí, esté donde esté. Eva se levantó y se fue dejándome totalmente impactado.

 

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