
Conocí la palabra Ubuntu a través de un amigo.
En 1990, Nelson Mandela comienza una nueva era en Sudáfrica presidida por la filosofía Ubuntu. Una filosofía que pone en valor la capacidad de compartir y empatizar con el ser humano.
Por razones que considero especiales a mi entorno, en esta ocasión aprovecho la coyuntura para dedicarle mi visión a las tradiciones y su artesanía más arraigada. Costumbre adherida a la festividad de la Semana Santa como es el de todos los años, los Tambores en la ciudad de Mula.
En Mula, (Murcia) de donde yo provengo, una tradicional fiesta que se remonta a mediados del siglo XIX da comienzo el primer Martes Santo. Tal celebración está abierta a todo el que quiera participar en este encuentro sonoro donde lo visceral y la catarsis entran en juego.
Una experiencia patrimonial para quien disponga de un tambor elaborado artesanalmente con piel y una larga túnica negra.
Tal vez a Mandela le habría encantado compartir este manifiesto sociocultural y visceral con Miguel Campos, mi amigo anteriormente mencionado, ya que imagino que ambos compartirían esa filosofía desde el primer instante.
![[Img #80547]](https://murciaeconomia.com/upload/images/03_2021/5655_miguel-campos-002.jpg)
Como punto de partida es necesario reseñar que tal evento puede ser entendible si formas parte natural de este espectáculo de improvisación sonora. Considero que hay conceptos referidos a la Pasión que se mantienen grabados y que no puedo evitar establecer asociación directa con elementos como son la piel, la sangre, la madera, las flores de primavera, el sudor y la noche; una iconografía antropocéntrica que en mi opinión se ponen de manifiesto. Hay quienes desde otro punto de vista asociarán esta festividad a cuestiones meramente lúdicas.
El placer de sufrir ante la insistencia de golpear un tambor como si de una lucha interna se tratara. Una experiencia donde el ensayo error del movimiento en las que las manos se hacen herir en una especie de mantra físico.
Se establece entonces un contraste entre vida y muerte, pues a partir de la materia (pieles de cabra y de oveja) de donde se extraen para la elaboración de este instrumento, se crea la división entre lo ideal y lo real, entre el corazón y la emoción. Un sentimiento que define al individuo por mantenerse férreo en la continuidad de vivir lo esencial de los pueblos.
Ahora ese latido se ha detenido, por eso voy a dedicar estas palabras para mirar en la belleza de lo salvaje, nos sirve como vehículo imprescindible para creer que en lo tradicional está también la vanguardia.
Porque en ellas siempre ha habido quien se caracterice por llevar el sonido del tambor con respeto, sobriedad y elegancia, aquella clase de hombres de una generación que lideraban un estilo propio.
Miguel Campos era original y buena persona. Alguien que dejó su vanguardia en el tiempo, como esa especie de animal que se agrupaba entre las manadas y se hacia visiblemente notable en esta disciplina desde bien joven.
Y es que el origen de esta tradición se remonta a partir de la necesidad de protesta, es el reflejo de una historia, de una España otra distinta, en el que el impacto interno de los errores penetraron tan hondo que pedía recuperar a golpes de percusión lo que se había perdido.
Hablar a través de otro medio como pueda ser un tambor donde la sencillez del arraigo conecta con el hombre defendiendo su lenguaje propio y esencial sin adornos. Donde puedas transmutar desde tus entrañas en el redoblar.
Mandela también quiso recuperar lo perdido, tras 27 años de cautiverio, llevando a su pueblo a un nuevo Renacimiento Africano. Pienso que algunos otros también andan en la búsqueda de algo parecido, pero en otro sentido tal como anhelaba Unamuno, el deseo de “serse” o de encontrarse a sí mismo ante tal experiencia sonora.
A Miguel “El Campos”

