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ENTRE TÚ Y YO

Happycracia. La angustia por la felicidad

Esther Egea Miércoles, 07 de Abril de 2021 Tiempo de lectura:

 

Te toca la lotería, apruebas un examen y ya eres feliz. Pero de pronto te llega una multa, te enfadas con tu mejor amigo o te despiden del trabajo, ¿sigues feliz?. 

 

La felicidad es efímera, un estado más que un rasgo, y si no lo consideramos así y perseguimos la felicidad plena, estamos destinados a la infelicidad. Por mucho que nos empeñemos en buscar experiencias que nos hagan felices para siempre, sólo las encontraremos de forma momentánea. La satisfacción plena y permanente no existe porque los cambios de la vida los vivimos con subidones o bajones que luego se van diluyendo en una adaptación hedónica, que no es otra cosa que volver al estado estable de placer. Por eso ganar la lotería o perder un trabajo no nos garantiza ser felices o ser desgraciados a largo plazo.

 

La felicidad también se considera una condición subjetiva y relativa y yo diría que personal e intransferible. Lo que para uno es felicidad para otro es una tortura. Imaginemos que trabajamos en un supermercado y hay dos puesto, el de cajero y el de reponedor. ¿Cuál de los dos trabajos te resultaría más satisfactorio y te aportaría más felicidad?, pues depende de tus competencias personales. Si tienes baja resistencia a la monotonía el puesto de cajero te va a generar aburrimiento y desmotivación. A otra persona, con características de mayor iniciativa, le pones unos patines o una carretilla elevadora y repone con más entusiasmo que estar hablando con gente y hacer la misma tarea monótona a diario. Por tanto, no existen requisitos objetivos para ser felices: dos personas no tienen por qué ser felices por las mismas razones o en las mismas condiciones y circunstancias. Este concepto es generalizable al amor, a las amistades o a los hobbies.

 

Sin duda, hay personas más felices que otras y personas más tristes o ansiosas que otras y no puede ser explicado sólo por experiencias vitales. Todos conocemos a personas que a pesar de vivir situaciones duras se recomponen con facilidad y otras que con más privilegios, ya sean económicos, de salud, emocionales, no terminan de disfrutar de la vida.  Es una predisposición genética hacia la felicidad, es decir, un nivel de felicidad basal que es innato, determinado por nuestros genes y que se conoce como el metabolismo basal de la felicidad.

 

Se  descubrió que las personas tenemos un punto fijo genéticamente de felicidad, como ocurre con la altura, y que sin importar las circunstancias buenas o malas, tendemos a volver a ese punto fijo. Pero también se comprobó que podemos modificar nuestro nivel de felicidad ampliamente, hacia arriba o hacia abajo. Por lo que la felicidad no sólo depende de la composición genética sino que influyen las circunstancias de la vida y nuestras expectativas.

 

Podemos construir nuestro propio bienestar, por ejemplo, modificando nuestra forma de pensar y de expresar nuestros sentimientos, con el logro de metas, consolidando vínculos humanos, saboreando los acontecimientos ordinarios positivos, haciendo lo que nos gusta, trabajando la autoaceptación y teniendo hábitos saludables.

 

Actuar a diario en las pequeñas cosas que nos ocurren nos acerca a la felicidad. Si convertimos emociones neutras en emociones positivas, como por ejemplo, la sonrisa de una persona, un día soleado o un café con un amigo, podremos conseguir el aprendizaje hebbiano, un nuevo cableado de las neuronas en función de las experiencias cotidianas, que cambia nuestro perfil emocional de manera positiva a nuestra vida.

 

Si tomamos la felicidad como un camino y no como un destino, como una herramienta y no un fin, creo que podremos ser más felices y por más tiempo. Me quedo con el pensamiento de Aristóteles, que decía que la felicidad depende de uno mismo y no de los demás, como el mejor plan para ser feliz.

Feliz semana. Un abrazo. Esther.

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