
Contengo ya cualquier estrategia que me lleve a referirme a situaciones diarias y conocidas, que tanto dan que hablar. Con cientos de interrogantes, proporcionan un sabroso menú capaz de llenar páginas y comentarios cada día. Pero hoy me aparto, lo doy por anulado; he recibido un sabio consejo que tomo como decisión propia.
Así que, con cierta temeridad, me sumerjo en una reflexión existencialista, que sin saber lo que era, me llamaba la atención cuando era una adolescente. Estaba llena de divagaciones sobre un montón de cosas, quería apartarme, dar algún paso adelante, entrar en mundos llamativos, extraños cuando la vida se observaba con los ojos muy abiertos, en una edad, la mía en aquel momento, en la que todo parecía muy ajeno.
Conocer más tarde que esta corriente existencialista era una vanguardia literaria, artística, basada en la libertad y responsabilidad personal, como punto de partida del pensamiento tanto individual como filosófico, fue suficiente para atravesar mi mundo en busca de auténticas razones que pudieran ayudarme en mis aventuras de evasión y búsqueda del yo.
El existencialismo me parece sumamente interesante. Es por eso que hoy recurro con mucha atracción y ganas a este movimiento filosófico orientado hacia la existencia humana, que ha de ser analizado como fenómeno independiente de categorías abstractas. Los existencialistas combinan el pensamiento moral y el pensamiento científico, pero consideran que para entender la existencia humana sería necesario utilizar otros aspectos que aportaran más conocimiento y autenticidad; inquietudes que se van mezclando, sin perder el origen de donde vienen.
Como corriente histórica de pensamiento, el existencialismo se inicia en el siglo XIX, pero solo hacia la segunda mitad del siglo XX alcanza su mayor trascendencia. Kierkegaard, y Nietzsche fueron los que sentaron las bases de la Filosofía Existencialista; otros se unieron y dieron referencias importantes como Dostoyevski, Kafka, Albert Camus, Sartre y Simone de Beauvoir, Unamuno, ortega y Gasset… Con sus obras abrieron senderos intelectuales para entroncar a una sociedad del siglo XX que necesitaba nuevas vías de acceso a la expansión del pensamiento moderno, más snob, donde la posguerra aglutinó a un grupo cada vez más numeroso.
Juliette Gréco 1927: fue la musa por excelencia del existencialismo. Se involucró muy joven en la Resistencia pero fue deportada por su corta edad. Se convirtió en una de las figuras clave de la bohemia en el París de de la posguerra. Tuvo mucha relación con escritores y artistas como Jean Paul Sartre y Boris Vian que la convirtieron en la Muse de l´existencialisme. Figura habitual en los cafés de tinte bohemio frecuentado por una extravagante clientela que necesitaba artistas. Allí empezó a hacerse una carrera como cantante, fue la muse de Saint Germain- des- Prés. Jean Cocteau le ofreció un papel en la película Orfhée en 1950. En sus películas siempre lucía una delgada figura, vestida hasta los pies de un negro riguroso, con jerseys de cuello vuelto y una melena corta, oscura… Envuelta en atmósferas de tabaco, humo y alcohol, adoptadas por el existencialismo. Se hablaba mucho de esa corriente que dio los primeros pasos hacia otros movimientos posteriores de artistas, intelectuales, gremios que abrazaron estas corrientes para recrear sus intereses: la música, el arte, la filosofía en una misma causa común.
También recuerdo las películas en blanco y negro. Rodadas en los sótanos. Cafés escondidos de las luces de las farolas. En ambientes intimistas, afectados. Poco comunes. Conversaciones susurrantes mientras sonaba un piano fundido con la voz de la Gréco. También ellos se escondían en las entrañas de la ciudad para olvidar esos largos días de bombas y muerte. El cine francés nos lo hizo imaginar, y me viene a la memoria.
En este momento otras circunstancias nos han sumergido en un existencialismo marcado por motivos que el hombre moderno no llega a entender, no comprende. No hay ningún premio. Son días de recuerdos, que se refuerzan en la conciencia… Con preguntas que no tienen respuesta.
¡Hasta la semana que viene!

