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ENTRE TÚ Y YO

Amor al arte y a la vida

Pablo Piñeiro Martes, 04 de Mayo de 2021 Tiempo de lectura:

 

Hace 5 años empecé a escuchar historias de amor en la calle.

 

Cuando empecé esta actividad, lo compartía en redes sociales y muchas personas me escribían con curiosidad, otras me enviaban sus historias o me preguntaban dónde estaría haciendo la actividad ese fin de semana, entre otras cosas…

 

Un día me escribió una chica a la cual conocía, no en profundidad, pero habíamos coincidido alguna que otra vez de fiesta y a mí me encantaba su energía.

 

Me decía que le parecía una iniciativa muy bonita y que le parecía genial que hiciese algo así.

 

Siempre que alguien se interesaba por el proyecto, siempre les contestaba lo mismo…

 

  • ¿Y tú historia cuándo me la cuentas?

 

Me respondió sin pensarlo demasiado:

 

  • Yo de eso no tengo

 

Cuando alguien me contestaba eso y eran muchas y siguen siéndolas, las que me lo responden, siempre les digo que todo el mundo tiene una historia de amor. Es imposible no tenerla, según lo que yo creo que es el amor.

 

La conversación se quedó ahí entre carcajadas.

 

Días después, me volvía a escribir para decirme:

 

  • Pablo, te quiero contar mi historia.

 

Me encantó ese arranque en el que, tras días de reflexión, se animaba a regalarme su historia.

 

 Lo que viene a continuación es el resultado de un paseo y conversación por su precioso pueblo.

 

Siempre recuerdo amar la vida y todo lo que me podía aportar con todas mis fuerzas. Aunque te diré que desde muy pequeña no me aportó muchas cosas bonitas que digamos.

 

 El recuerdo más nítido que tengo de mi niñez gira entorno a las palizas que me propinaba mi madre, día sí y día también, y de las cuales me refugiaba en el que yo diría que es el amor de mi vida, el dibujo.

 

Siempre me ha encantado dibujar, y a los 5 años se me presentó una de esas oportunidades que crees que es la de tu vida; la de mostrar la Frida Kahlo que llevas dentro.

 

No era más que un concurso de dibujos tradicionales en mi pueblo natal, organizado por el ayuntamiento, pero para mí lo era todo. Tenía un dibujo a mi modo de ver, precioso, y ya lo terminé semanas antes de que finalizase el plazo de entrega. Lo enseñaba orgullosa por todas las esquinas y hacía partícipe de mi entusiasmo a todo el que lo veía.

 

Pisar lo fregado bastó para recibir el peor de los castigos, ese que dolería mucho más que cualquier puño cerrado en la mejilla o que cualquier desgarro capilar. Mi madre me privaba de presentarme al concurso de dibujo, frustrando mi pasión y hundiéndome en un mar de lágrimas.

 

Otro de los recuerdos que tengo hoy en día con extrema claridad, pertenece a la etapa de los 7 a los 8 años edad, a la que mi padre empezó a abusar sexualmente de mí, como podéis imaginar, no era fácil mi día a día con el miedo a no saber que preferir, si los golpes de mi madre o las "caricias" de mi padre. En realidad, huía de los dos con desesperación sin poder ir mucho más lejos que a mi cuarto o a mi carboncillo.

 

Cuando llegué a la adolescencia, muchas cosas cambiaron, entre ellas, mi forma de analizar mi infancia y opté por asumirla y tomar decisiones al respecto. Tenía 14 años cuando decidí contarle a mi madre lo ocurrido con mi padre, la reacción no se hizo esperar, abandonamos a mi padre y nos fuimos, primero a casa de mi tía, para finalmente quedarnos en la de mi abuela.

 

Yo casi nunca podía salir de casa para estar con mis amigas, con lo que siempre me visitaban ellas a mí.

 

Un día, en clase, avisé a la que era mi mejor amiga por aquel entonces, que estaba viviendo en casa de mi abuela, por si me quería visitar, pero no entré en detalles de por qué estaba viviendo allí. Días después, mi amiga vino a buscarme para ir a dar un paseo, pero cuando mi madre vio que nos tocaban el timbre preguntando por mí, se imaginó que yo había contado los motivos de nuestra mudanza, los cuales para ella eran algo muy vergonzoso y deshonroso, con lo que tomó la decisión de decirle a mi amiga que se fuera, que yo no podía bajar y me propinó la paliza más salvaje que recibí a nivel físico hasta el día de hoy.

 

Destrozada por los golpes y por la incomprensión de mi madre decidí escaparme de casa, fui a casa de mi amiga y juntas fuimos al hospital, allí el médico me preguntó por lo que me había pasado y le mentí, le dije que me había caído, pero no me creyó y salió de la sala un momento para llamar a alguien y no deje que volviese, escapé con mi amiga del hospital sin saber ni siquiera porque huía. Esa noche la pasé en casa de mi amiga.

 

 La mañana siguiente quise buscar refugio en casa de mi tía, que al llegar ya me informó de que la policía me estaba buscando, así que fui a comisaría acompañada de mi prima para denunciar todo lo que me había ocurrido. Ese fin de semana lo pasé en su casa y el lunes se celebró un juicio rápido en el que me dieron dos opciones, volver a casa con mi madre o a un centro de menores, ya que mi tía no quería hacerse cargo de mí. No lo dudé, elegí el centro de menores sin saber lo que era, pero todo me parecía mejor opción que volver a casa. Tampoco fue nada agradable mi estancia allí, varias de las educadoras me hicieron la vida imposible, crearon un bulo sobre mí por estar una noche en la cocina hablando con un chico, tal vez ahora lo asumiría de otra manera, pero por aquel entonces quise volver a casa.

 

Para poder hacerlo, tenía que poner por escrito que la paliza de mi madre había sido algo esporádico y lo hice, para volver, una vez más, a huir.

 

Una vez fuera, el panorama había cambiado, mi padre se había ido del pueblo, en parte me imagino que por la vergüenza que le producía que le señalasen con el dedo por abusar de mí, o tal vez porque no podía ver a mi madre delante, pero yo no lo supe nunca. Fuera como fuese, mi madre estaba ahora viviendo en la casa donde me crie y volví allí.

 

En esa etapa, era imposible estar más confusa, analizaba mi vida y no le veía sentido a tanto dolor, tenía muchísimo amor dentro y no era capaz de exteriorizarlo, sólo a través del dibujo. Me junté con las compañías equivocadas y me sumí en las drogas, la vida me trataba mal y yo no quería seguir ninguna norma; empecé a desconectar del mundo y de mi madre. Era una situación que parecía no tener fin. Mi madre cambió su comportamiento hacia mí y poco a poco me fui dando cuenta de que necesitaba dejar ese mundo y estar más con ella; nunca antes me había puesto en sus zapatos, nunca antes intenté entender su comportamiento y me di cuenta de que mi madre nunca había tenido amor a largo de su vida. En ese momento decidí dejar las drogas, cosa que no fue tarea fácil porque estaba muy enganchada.

 

Una noche cuando tenía 17 años ocurrió algo que cambiaría mi vida para siempre. Una amiga me pidió que la acompañase a una fiesta en la playa, que muy posiblemente se alargaría toda la noche y así fue; no tenía con quien ir y no quería ir sola. Al parecer yo pasaba a ser la compañía perfecta para este tipo de situaciones. Acepté a regañadientes, pero acepté al fin y al cabo con todas las consecuencias, aun teniendo en cuenta que la velada estaría amenizada por todo tipo de drogas.

 

Ya en la playa, nos lo pasamos bien, tampoco fue nada del otro mundo, ya bien avanzada la noche y con todo tipo de substancias corriendo por mi cuerpo, mi amiga me comentó si me apetecía acabar la fiesta en un after donde esa noche pinchaba su novio. Acepté sin pensarlo demasiado.

 

Fuimos al local en cuestión a dar los últimos coletazos de la jornada. De repente, estábamos bailando en la pista cuando se acercó a hablar conmigo un chico con el que coincidía en el gimnasio de vez en cuando; fue un saludo rápido y seguí a lo mío. Poco después me acerqué a la barra a pedir y volví a coincidir con este chico, el cual, después de un rato hablando me dijo:

 

-Tengo a mi novia por aquí y no hay quien la aguante hoy, es súper celosa.

 

No le di mayor importancia a lo que me decía y, además, en el estado que estaba yo, no percibía nada, ni siquiera cuando una desconocida empezó a increparme y a empujarme. Sólo podía reírme y pensar en quién demonios era y por qué se comportaba así. No tardé mucho en darme cuenta de que era la novia de mi compañero de gimnasio y lo descubrí porque apareció él para separarla. Se armó un poco de alboroto y la seguridad del local decidió echarla. Todo aparentemente había acabado y digo aparentemente, porque en realidad no había hecho más que empezar. Media hora después, salía del baño y me encontré de frente con la chica que acababan de echar del local y a la cual nunca entenderé por qué dejaron entrar de nuevo, era una situación muy violenta y la podría clasificar como una escena a cámara lenta. En esa escena podía observar mi vida pasar ante mis ojos o más bien ante mi ojo, en un rato entenderás esto.

 

La película se paró en el momento en el que sentí el frío del cristal y la humedad del líquido que había dentro de él, fusionándose con mi cara.

 

Aquella chica había decidido cambiarme la vida, golpeándome con un vaso y destrozándome el ojo al instante. El dolor era indescriptible y todo mi alrededor se tiñó de rojo. La sangre actuaba como un filtro ante mi escasa mirada y el temor de perder el ojo para siempre, cada vez ganaba más protagonismo.

Entre gritos de desesperación me trasladaron al hospital, donde nada más llegar me dijeron que todavía no me podían intervenir por la cantidad de droga que aún danzaba por mis venas. Al rato, mi temor se hacía realidad, mi ojo derecho no volvería a ser el mismo.

 

Fue una frenada en seco, un punto final.

 

Estando ingresada en el hospital, recibí un regalo de un chico que trabajaba en el local del incidente. La verdad, era la última persona de la que me esperaría algo. Se trataba de dos libros, uno era:” El sendero de Yoga” y el otro “Las 7 leyes espirituales del éxito”. Al principio no les di importancia, pero creedme si os digo que se convertirían en herramientas fundamentales en mi búsqueda de la felicidad.

 

Lo cierto es que en el hospital tenía muchísimo tiempo para pensar, meditar y analizar toda mi vida, y como os contaba al inicio de este relato, sentía un amor inconmensurable hacia la vida y tenía que conseguir transformarlo en algo positivo.

 

Un día empecé a leer los libros y poco a poco mi pensamiento fue haciéndose más positivo, pensaba en lo importante que era dar amor a las personas que me rodeaban y empecé a luchar por lo que realmente me apasionaba.

 

Un libro me llevó a otro y a otro y a acabar los estudios que necesitaba para seguir desarrollándome como artista y desbloquear esa frustración que atesoraba desde pequeña.

 

Solo unos años antes, pensar en poder estudiar Bellas Artes era una utopía. Hoy en día es una realidad, la felicidad pasó a formar parte de mi día a día, solo por el simple hecho de conseguir desarrollarme en la carrera que amo. Pero creo que mi mayor logro personal es que he conseguido perdonar a mi madre, darle cariño todos los días y poder escuchar de su boca después de 26 años por primera vez un TE QUIERO.

 

Así es como mi amiga me dejaba claro que puedes conseguir todo lo que te propongas si tu actitud es la correcta, sean cuales sean las circunstancias.

 

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