
Me acomodo a primera hora de la mañana en el coche, mi oficina-móvil durante los días laborables, aprovechando el trayecto para organizar el trabajo, sacarle rentabilidad al recorrido para hacer las paradas obligatorias, realizar alguna llamada pendiente y establecer el orden de importancia de los asuntos del día.
Pero antes de ponerme en marcha me llama la atención que el cielo está completamente despejado, el sol luce en todo su esplendor y el viento brilla por su ausencia, tres características que no se producían juntas hace bastante tiempo en una primavera que se empeña en no llegar. ¡Hoy podría ser un gran día para el pistoletazo de salida!
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Arranco, cojo “mi ruta 66” rumbo Cabo Palos, y abandono la idea de dedicar este trayecto a temas laborales, dejándome envolver por las ganas de verano. El Mar Menor resplandece con una calma serena, un color azul intenso y una visibilidad completa de todo su contorno, dándole la majestuosidad que se merece. La luz mediterránea y las últimas lluvias han mejorado cualquier panorámica que puedas alcanzar con la vista.
Sin perder la atención a la carretera, y mientras voy dejando atrás diferentes carteles que indican las distintas salidas, vuelvo a releer un día más, el cartel “Calblanque, vía de servicio, salida 9 bis”.
Y sin pensarlo, haciendo una obligación de una apetencia, puse rumbo a Calblanque. Era temprano, entre semana, y solo quería sentir en primera persona la sensación de la llegada del buen tiempo y la esperanza que “la normalidad” le acompañe.
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Acaba el asfalto y hay que recorrer el resto del trayecto por el camino de tierra hasta llegar a un aparcamiento solitario donde dejo el coche con todas las pertenencias, allí no necesito nada, ni nadie me necesita a mí, y recorro a pie los pocos metros hasta llegar a la playa.
Me descalzo y paseo por la orilla, el agua está muy fría y procuro con mis saltos no volver a encontrarnos y evitar, además, mojarme los vaqueros. Pero la sensación de bienestar y la experiencia tan placentera del momento me traen a la mente un término inusual que emplea la marca Hornimans en sus últimos anuncios, el yoísmo. No, no entra en mi léxico habitual, y no sé realmente lo que significa, bien que uno dedique un tiempo a su disfrute personal o bien que uno sea egoísta y egocéntrico.
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Así que cuando termine mi paseo y vuelva a la oficina-móvil, buscaré la palabra para salir de dudas y conocer su verdadera acepción.
Veo pasar un par de coches que levantan algo de polvo mientras se dirigen a otra playa cercana, y me hacen retomar el momento que vivo. No llevo reloj y no tengo el móvil, pero sé que ha pasado demasiado tiempo para recuperarlo a lo largo del día y demasiado poco para lo que he disfrutado en ese entorno.
Vuelvo descalza al coche, cerca de las dunas fósiles y antes de ponerlo en marcha busco en Google yoísmo y aunque no está recogida en el diccionario de la RAE, las descripciones que aparecen hacen referencia a las personas que se creen el centro del universo y piensan que sus propias opiniones e intereses son más importantes que las de los demás. No suelen empatizar, ni ponerse en lugar de los demás y son egocéntrico y egoístas.
El yoísta se distingue porque no habla de otra cosa que no sea él, y no piensa en otra cosa que no sea en él. Se convierte en la medida de todas las cosas.
Llego de nuevo a incorporarme a la vía rápida mientras voy pensando cuanto se puede disfrutar con tan poco y descubro que uno de mis defectos no es ser yoísta y que deseo que llegue el verano tanto como cuando era una niña.
Y que tengo ganas, muchas ganas, de volver a vivir a nuestra manera.
¡Feliz viernes, sábado, domingo...!

