
Me llamo Alma y hasta hace dos días
formaba parte de los humanos vivos, pero
eso ha cambiado…Ahora lo veo todo
desde otra dimensión.
La historia de hoy se desarrolla en la playa donde pasé mis primeros veinticinco años. Una urbanización tranquila donde las personas que la habitaban venían de ciudades muy distintas, de lugares muy dispares.
Por circunstancias de la vida, nos fuimos de allí, pero hoy por un capricho del destino, vuelvo a pasear por sus calles, respirando aquella esencia única, volviendo a tener aquel sentimiento de pertenencia que siempre generan los sitios donde has tenido muchas vivencias, donde has pasado muchos veranos y muchos inviernos, donde ahora sientes que tu lugar, aún ya no siendo este, te sigue perteneciendo y de alguna manera, lo sigue siendo.
Hay grupos de personas que se reúnen y disfrutan y me detengo a observarlos.
- Mira, ¡el campanario está igualito! - Me digo a mi misma. - ¡Qué nostalgia! Como recuerdo los días allí vividos. Se me agolpan en la mente millones de anécdotas, un sin fin de atardeceres. Mis paseos en coche a la cala con papá. Las tormentas de final de verano. Las visitas a “Los amigos” a tomar las mejores pizzas del mundo. La cerveza negra. Las noches de chimenea asando castañas. Las salidas en bici. Las tardes con mi amiga Maricarmen. Las fiestas improvisadas. Mis amigos de verano y los fines de semana eternos.
Es curioso como una parte de nosotros siempre permanece en los lugares donde hemos sido felices. Es imposible borrarlos de la mente. Difícil olvidarlos. Fácil recordarlos.
- Cotu, ¿jugamos a beso, atrevimiento o verdad? - preguntó el más jovencito de la pandilla.
- ¡Venga vale! - contestó ella alegremente.
Comenzaron con el juego. Estaban en el recinto de la piscina donde me había bañado infinidad de veces. Aquel grupito lo estaba pasando estupendamente.
De repente, Timo dijo que había sentido mucho calor, como si se quemara. También Amelia lo notó, y Marifé, que de un bote se puso en pie y dijo:
- Vamos a ver qué ocurre.
Bajaron la cuesta hacia la pequeña iglesia, y se dieron cuenta de que sus paredes estaban rojas. Al llegar a la capilla, un cuervo revoloteaba sobre un árbol que se movía sin parar y una alarma saltó justo al otro lado de la urbanización.
Se fueron sucediendo fenómenos extraños, como si de una película de misterio se tratara. Por unos segundos todo quedó en calma. Cesó la alarma y todos ellos se miraron sorprendidos. El cuervo revoloteó hasta posarse sobre la cabeza de María, que rompió a llorar:
- ¡¡Ayudadme por fa!!. Los demás no sabían que hacer.
Me acerqué al campanario y comencé a tirar de la cuerda para hacer sonar la gran campana y así poder ahuyentar a aquel pájaro tan extraño que había aparecido en mitad de la noche. Los que allí estaban, aún más sorprendidos de escuchar la campana sin que nadie la tocara, echaron a correr y el pájaro negro desapareció, pasándose unos minutos más tarde en un balcón junto a una figura que oculta en la sombra, hacía señales con una luz hacia el mar.
Todo aquello me hizo sentir más viva que nunca, y recordé los tiempos vividos junto a mi panda de verano, en los que inventábamos historias y hacíamos concursos para premiar la más original. Esta las superaba a todas, y además estaba ocurriendo de verdad.
La iglesia perdió su resplandor, las luces volvieron a encenderse y todos se marcharon a sus casas sin tener muy claro qué había ocurrido.
Al día siguiente pude contemplar el precioso amanecer desde la terraza donde unas horas antes aquel misterioso hombre había estado haciendo señales. No había nadie. Era una casa vacía desde la que se podía divisar el campanario, la iglesia, la piscina, el árbol, todas las casitas y el mar. En el suelo, un farol que aún estaba encendido…
Aquellos hechos ocurridos en mi urbanización de antaño serían recordados por siempre por el grupo de muchachos que conocí esa tarde. En sus memorias quedaría marcado a fuego el temor a lo sobrenatural, la inexplicable sensación de sentir que hay momentos tan extraños que perduran en la conciencia durante toda la vida. Como a ellos les sucederá dentro de unos años, mis recuerdos de aquellos tiempos (que a veces confundo en la nostalgia de los hechos imprecisos) me producen una enorme felicidad.
Estoy segura de que a vosotros, lectores, vuestra memoria también os lleva a aquellos lugares donde fuisteis felices.
Recordemos aquellos Momentos únicos de nuestro pasado. Un abrazo. Mariate.

