Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

ENTRE TÚ Y YO

Chloe

Pablo Piñeiro Martes, 18 de Mayo de 2021 Tiempo de lectura:

 

Corría el mes de marzo de 2020 y una pandemia mundial, nos encerraba a todos en nuestras casas…

 

Siempre que me imaginé escribiendo esta historia, siempre me imagino con esa intro y con la voz de Constantino Romero, para los más jovenzuelos, era un señor que además de presentador y locutor, le ponía voz como actor de doblaje a Darth Vader en las primeras pelis de "La guerra de las galaxias" o a Arnold Schwarzenegger en "Terminator".

Pero su apariencia física era de lo más amorosa y achuchable.

 

Bueno, que me desvío, el año pasado en marzo, estábamos confinados sin posibilidad de salir a la calle para algo de no fuese un recado de primera necesidad.

A mí este momento histórico me cogió en Madrid, concretamente en el 44 de la calle Valverde, con Tadashi y Guadalupe, mis compañeros de piso.

 

 La incertidumbre y batallar con la ansiedad por un futurible en el que ninguno de los tres tendríamos ingresos de ningún tipo hizo que nos reuniéramos en el salón y hablásemos de como intentar pasar los días de la mejor manera posible.

 

 Hicimos lo que muchas personas del mundo, intentar organizar el día con actividades para que tuviesen un orden, del tipo de que fuese…

 

Un día mientras mi compañera Guadalupe estaba haciendo una videollamada en grupo con unos amigos, puso música y los tres nos pusimos a bailar en su habitación y a intentar darle la sensación a sus compis de llamada de que estábamos todos en una discoteca dándolo todo.

 Al rato de colgar esa llamada, no recuerdo muy bien a quién de los tres, nos llamó nuestro amigo Fer y nos contaba que estaba confinado y solo en un piso de Cambados, un pequeño pueblo costero de Pontevedra.

 

Durante esa llamada volvimos a hacer lo mismo, pusimos luces de colores, música a todo trapo y bailamos para animarlo.

 

Cuando acabamos esa llamada, teníamos un buen subidón y empezamos a hablar de que con el equipo de música que teníamos en casa, que no era moco de pavo, era un pedazo de equipo con sus altavoces, mesa y micrófono, podríamos animar a la calle en la hora de los aplausos.

 

 Empezamos a elegir canciones que le pudiesen gustar a todo el mundo o que todo el mundo pudiese cantar y al día siguiente pondríamos una canción para nuestros vecinos desde el balcón.

 

 Nuestro balcón no era muy grande, pero cabíamos los tres con los altavoces.

 

Para nuestra sorpresa, fue todo un éxito y la gente nos pedía más canciones. Pero habíamos decidido solo poner una al día para que las personas que no quisiesen alboroto no sufrieran nuestro ímpetu a la hora de amenizar el día.

 

Cuando ya llevábamos varios días haciendo esta actividad me di cuenta de que esas personas que estaban a escasos metros de mí cada día eran perfectos desconocidos a los que no sabía ponerles nombre.

 

Sin más cogí el micrófono y empecé a preguntarles el nombre a todas las personas que salían al balcón cada día.

 

María José, Ari, Lety…  y de repente subí la mirada al balcón del tercero del bloque que tenía delante y descubrí a una pareja con dos niñas.

 

  • ¿Cómo os llamáis?
  • Chloe y Berta

Me respondía la que imaginé que sería la madre y que luego confirmé.

 

  • Chloe, que sepas que te llamas igual que mi perfume favorito.

 

Así es como conocería a la niña por la cual no puedo sentir más amor.

 

Chloe tenía entonces 4 años y el hecho de no poder salir a la calle para ir al colegio o para jugar, convirtió su balcón en su patio de recreo.

 

Y como disfrutamos todos los vecinos de ese patio.

 

Día tras día a lo largo de toda la cuarentena, salía a su balcón y nos llamaba para hablar un rato al cántico de:

 

  • "Hola! ¿Quién quiere hablar conmigo?

 

Cuando no era ese, era alguna otra llamada de atención para enseñarnos a Lucas, su muñeco favorito, y contarnos como se había portado, o para jugar al escondite o para cualquier otra cosa…

Pero lo cierto es que Chloe se convirtió en la reina de la calle y nos alegraba la vida cada día.

 

Nosotros desde nuestro balcón empezamos a leerle, cada día después de los aplausos y la canción para animar a los vecinos, un cuento.

 

Creo que nunca podré olvidar su cara entre los barrotes metálicos de la barandilla de su balcón, atendiendo para no perderse absolutamente nada de la performance que Tadashi, Guadalupe y yo le teníamos preparada.

 Siempre leía uno y los otros dos escenificábamos como podíamos lo que narraba el cuento, era de los más divertido y loco del día sin ninguna duda.

 

Así fuimos forjando una relación de lo más bonita y que conservo hoy en día, visitándola de vez en cuando para que me cuente sus aventuras del día.

 

Cuando acabó la cuarentena, Chloe y su cuidadora, prepararon galletas para todos los vecinos de la calle y Tadashi, Guadalupe y yo nos fuimos con ella, puerta por puerta para entregar el paquetito de galletas correspondiente.

 

Fue una experiencia que podría pasar por algo sin mucha importancia, pero la verdad es que fue de las cosas más emotivas que recuerdo.

 

Cada vecino nos contaba su experiencia y como lo había vivido o simplemente lloraba y agradecía.

 

Chloe volvió para casa llena de regalos de los vecinos que no dudaban en darle chocolatinas, piruletas o juguetes.

 

La vida en cuarentena no fue fácil, pero en nuestra calle vivimos algo único. Reinó Chloe, reinó el amor y yo me llevo una pequeña amiga para toda la vida.

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.