
Isaac posterga continuamente la entrevista. Tarda varios días en leer los mensajes. Luego dice que le hable por Instagram, que está en la playa y "se le va a morir el móvil". El lunes sin previo aviso asegura que puede, pero que le está cortando el pelo un amigo. En diez minutos estará listo. Media hora y siete llamadas perdidas después, alega que aún se está pelando, que su amigo está aprendiendo. Y así durante un largo rato.
Cualquiera acabaría frustrado, harto de que le tengan mareado, pero al fin y al cabo, la puntualidad no es algo que se espera encontrar en alguien con Trastorno del Déficit de Atención e Hiperactividad.
“Yo aprobaba sin sobresalientes. Podría sacar mejores notas, pero nunca me he sentido capaz de estudiar”, explica Isaac. “Mientras que mi hermano lo llevaba todo al día, yo me distraía en clase, charlaba con mis colegas”. Según sus declaraciones, siempre ha sentido presión por parte de su familia, en un pueblo de Almería donde parecía que si no estudiabas no eras nada.
El Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) se caracteriza por la impulsividad, la dificultad de ajustarse a horarios y planificar, sobre todo cuando es más de una tarea a la vez. Los niños con TDAH se distraen fácilmente ante el mínimo estímulo externo, les cuesta terminar las tareas, se olvidan de las cosas, interrumpen y se muestran impacientes, entre otras cosas. En la edad adulta los problemas del desempeño van del ámbito escolar al laboral.
Se puede leer entre líneas y es bastante denotativo, incluso, que todas las descripciones de este trastorno siempre van antes enfocadas a cómo son una dificultad para los demás en vez de cómo funciona su mente. Ni siquiera el nombre llega a hacer justicia. Lo cierto es que ninguna persona con este diagnóstico pierde realmente la concentración con algo que le apasiona. El problema no es la falta de atención, sino el exceso de atención en lo que "no deberían hacer en ese momento". Sus mentes no se pueden quedar quietas, siempre busca estímulos fuertes. Por eso, cada actividad que no responda a eso es como Sísifo empujando la roca cuesta arriba.
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Menos claras aún son las causas. Muchos estudios indican este trastorno a la genética, sin embargo, otros lo enfocan a factores ambientales como complicaciones en el embarazo. Pero lo cierto es que el origen nunca será uno solo, por mucha coincidencia en los síntomas. Y es que al final lo que define el TDAH no es nada más que la incapacidad del paciente para integrarse en las dinámicas de trabajo de nuestra sociedad actual.
Teniendo esto en cuenta, es un comentario interesante el artículo de Richard A. Friedman, psiquiatra y profesor de Weill Cornell. Lo que en las actuales oficinas, reuniones y horarios cuadriculados se les llama trastorno, el frenesí por encontrar novedades en un entorno cambiante era una ventaja evolutiva entre los cazadores y los recolectores del paleolítico. Y así fue durante millones y millones de años, solamente fue cuando dominamos la agricultura y la ganadería que esas cualidades se volvieron incompatibles con un estilo de vida más sedentario.
Algo con lo que Isaac está de acuerdo: “El entorno condiciona muchísimo, a mí me ayudó mucho el deporte de contacto. Es como un ansiolítico”.
Lo mismo pasa con su tío Daniel, que también fue diagnosticado con TDAH décadas atrás: “En aquellos tiempos se decía que éramos malos, vagos, o que no queríamos atender”. Dificultades que hoy en día cree tener superadas con trabajo personal y aprendiendo “a escuchar más de lo que hablo, después de muchos errores te das cuenta de dónde poner soluciones”.
Pero sobre todo el cambio surgió eligiendo un entorno que se adaptara a él: “Lo principal fue encontrar un trabajo que me gustaba, esto me ayudó a prestar atención, a cómo se hacen las cosas viéndolo y no estudiándolo”.
El problema estaría en quienes nunca encuentren el trabajo indicado o quienes se hunden en la desilusión. Según un estudio de 2018, la prevalencia de síntomas de TDAH en niños españoles de entre 4 a 6 años es del 5’4% (cabe resaltar que el porcentaje es significativamente mayor en niños de estratos sociales más bajos).
Ante las estadísticas, hay voces críticas como la de Ana Belén Tejero, psicóloga clínica en el servicio de neurología del hospital Virgen de la Arrixaca: “Niños desatentos y movidos ha habido siempre. Sería absurdo llamarlo ahora una enfermedad”.
¿Significa esto que no cree en la existencia del TDAH? No, sino que no coincide con buena parte del enfoque que se le da: “Se tiene que escuchar cada caso y lo que tienen que decir los niños. Hay veces que esa hiperactividad o falta de atención puede ser una consecuencia del entorno, un niño puede tener problemas familiares que es lo que le lleva a estar desatento, no es un desequilibrio químico”.
Según su razonamiento, no tendría sentido dar un diagnóstico TDAH cuando este es una manifestación de algo mayor: “Sería como tener un cáncer de pulmón y que me digan que tengo una tos”.
Continúa calificando de “maltrato institucional” que a un niño le diagnostiquen TDAH en "media hora" y al poco ir con receta del psiquiatra: “No me opongo a nada en primera instancia, hay casos en los que no hay otra alternativa que recurrir a medicación”, explica, aunque sí cree que no se debería tomar como primera opción en menores, dado que “las cabezas de esos muchachos aún se están desarrollando”.
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La alternativa, a su juicio, se encontraría en el cambio en la forma de enseñar. Esto se manifiesta en centros de pedagogía libre, donde los niños aprenden con movimiento y jugando: “La salida creativa es una muy sana. El cerebro necesita de estímulos, no se le puede pedir a un niño que esté cuatro horas sentado en una clase”.
Las diferencias en los diagnósticos también varían en torno al género. Según Ana Belén, los casos que llegan de niñas son menos habituales y los pocos que llegan se manifiestan solamente en el déficit de atención, sin la parte de hiperactividad.
Tal es el caso de Thalía, quien asegura que "el orientador llamó a mi madre porque me distraía con una mosca”. Tenía 13 años cuando se lo diagnosticaron, junto a varios miembros de su familia, siendo el más curioso su madre debido a lo poco común que es encontrarlo en adultos: “A ella le resultó muy revelador. Por fin pudo ponerle nombre a lo que le pasaba”.
Es este entorno familiar donde Thalía explica que le sirvió de mucha ayuda: “De lo que se trata es de reeducar a tu mente, coger hábitos que funcionen contigo, siempre me han dado técnicas de estudio”.
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Pero, ante todo, demostrarle que es capaz: “Primero hay que decirle al crío que no es menos por tener lo que tiene. En los colegios hay que saber ayudarlo para que no se sienta inferior, de lo contrario se le quitarán las ganas de estudiar”. Algo en lo que cree que “la sociedad tiene que cambiar a más”.
Y es que quizá algunas de las voces que he consultado discrepan más en unos asuntos que otras, pero absolutamente todas, desde un psiquiatra clínico estadounidense hasta Isaac hablando con cigarro en mano, están de acuerdo en que el sistema educativo requiere de una profunda reforma para sacar el potencial de los malos, los vagos y los que no quieren atender.




