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ENTRE TÚ Y YO

La luz al final del túnel

Francisco Luis Velasco Jueves, 27 de Mayo de 2021 Tiempo de lectura:

 

Yo también estoy sorprendido. Nunca pienso en positivo, en parte porque sé que es mejor que la fortuna me sorprenda pero, sobre todo porque, a diferencia de mucha gente que conozco, procuro analizar todas las posibilidades. Repaso los datos a conciencia. Empiezo a comparar la situación que me preocupa con vivencias y recuerdos guardados en mi memoria. Encuentro errores e inconsistencias. Nada me basta.

 

Pero lo realmente extraño es que en el caso de la COVID-19 no necesito analizar más. Porque cuanto más lo pienso, más me parece que veo la luz al final del túnel. La sensación de alivio que noto en el estómago es la típica, la que se nota cuando tomas conciencia rápidamente de que aquel rompecabezas que te angustia se ha convertido en una ligera secuela. Estoy prácticamente convencido de que el fin está cerca.

 

Este hecho de sentirme tranquilo, aunque sea una insignificante apreciación personal y pueda tener múltiples explicaciones plausibles, se ha convertido en un gran acicate que ha activado un sensor en mi cerebro que me impulsa a salir del «indiferente» estilo que ha gobernado esta última etapa de mi vida. Y eso que todavía no me he puesto la vacuna…

 

Habrá quien piense que esta idea es una locura rematada. Habrá, sin embargo, quien piense que es casi plausible. Parecerá un tema a debatir. Pero es lo que noto cuando una vez abierto el cerrojo del estado de alarma, en vez de entrar en el vientre de un feroz carnívoro gigantesco, siento el sutil pero agradable balanceo de una hamaca tumbado en el frondoso jardín de la soleada terraza de una casa de campo con vistas a la montaña. Seré una de aquellas personas tan fastidiosas que nunca se quedan ancladas en el pasado...

 

Veo a la gente por la calle con su «cómoda» mascarilla empotrada en la cara, o por debajo de la nariz o por la barbilla, o incluso en el cuello o sin ella. Kn95, n95, ffp2 o como sea que se llamen ahora. No es que a nadie le emocione llevarla, y mejor no hablar del asfixiante y venidero calor veraniego o la insuficiencia respiratoria, pero, aparte de eso, algo ha cambiado.

 

Hay gente que hacía meses que no se sentía tan bien. Años, quizá. Sienten el alivio que supone saberse en buena medida inmunes ante la letalidad del virus. Sobre todo aquellos que han recibido las dos dosis de la vacuna. Probablemente hayan dado rienda suelta en sus cabezas y en sus corazones a la esperanza: la vacuna es la luz al final del túnel.

 

No resulta fácil pero tampoco es tan difícil. ¿Pero quién no ha deseado alguna vez que termine por fin esta lacra? En nuestra mente siempre parece fácil. No puede decirse que en la vida real sea lo mismo, pues no hay red de seguridad, ni segundas oportunidades, ni probaturas en cuanto a la salud y a la enfermedad se refiere. A partir de ahora, tú y solo tú, sabrás cómo. Asúmelo.

 

En vez de chocar los puños o ni siquiera eso habrá que estrechar las manos, aunque todavía con cuidado. Se darán tímidos golpecitos en el hombro, luego apretones en el brazo, y el por fin aquel olvidado y justo abrazo tras el recuentro con ese querido amigo o amiga que se verá clavado en el rostro perplejo y asombrado de quien pase por ahí. ¿Se imaginan? Qué locura…

 

El elemento con el que no contábamos y que ha hecho frente a esa maligna criatura asentada en nuestra realidad, tan cómodamente que parecía que llevaba allí toda la vida, es la vacuna; un maná inagotable que nos permite inhibirnos de forma selectiva, que nos otorga la posibilidad de no tener que estar recordándonos continuamente que corremos un peligro inminente de muerte, (nunca sentido por un amplio sector de la población). A pesar de que realidades como la de la India no nos dejan estar ni mucho menos tranquilos.

 

La paulatina e intensiva vacunación es un torrente de aire puro que nos brinda la seguridad de enfrentarnos al incontrolable virus, de verlo marchar mientras se tornan más difusos los desgarradores recuerdos, entremezclados, hasta que dejemos de sentirlos por completo. Cuanto más avanza la cura en el mundo, más obvio resulta que todo lo demás que quede o todo lo que venga después dependerá de nosotros mismos. Asumirlo no fue fácil. En cuanto a dejarlo marchar y que forme parte del pasado, ya veremos…

 

¿Seremos capaces de olvidar esta terrible tragedia? La idea es, sin duda, tentadora. Disponerse a volver a la normalidad, al ajetreo y la luminosidad del mundo antes del coronavirus, a regresar a una vida normal, o a lo que así se consideraba como tal, cuando un virus extraño, mortal y devastador apareció de la nada (tal y como hiciera la mal llamada «gripe española» en 1918), no resultará tarea fácil. Desterrarlo de nuestra memoria colectiva, prácticamente imposible.

 

La cuestión es que toda persona que ha sufrido de un modo u otro una grave enfermedad, o ha oído su eco flotando en el ambiente, o ha visto de cerca esa neblina que rodea la muerte, tiene después una visión muy distinta de las cosas. Resulta imposible soslayarla. Esa experiencia te obliga a pensar de otro modo, a saborear la vida.

 

La pandemia de la COVID-19 es una oportunidad perfecta para mirarnos con un aire distinto, más racional, más humano. Es la oportunidad de que comience un cambio sin igual en nuestras vidas. Avanzar hacia una «nueva normalidad» quizá no sea lo más acertado. Hay que sacarle provecho a ese enemigo invisible que ha causado tanto dolor llevándose por delante infinidad de vidas inocentes y convertirlo en una experiencia de vida colectiva. Seamos los dueños de nuestra propia utopía.

 

Han ocurrido demasiadas cosas. Cambia tu vida. Agítala. Trastócala. Evoluciona. Pelea por lo que quieres ser y no te conviertas en una simple marioneta. Si no lo haces, si no eres persona dispuesta a vivirla, ese cambalache caído del cielo, esa especial luz al final del túnel, será simplemente un fugaz centelleo sobre el sombrío azul del firmamento. Nunca digas: «Una vez hubo algo real ahí fuera, pero no fui capaz de echarle mano».

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