
Si ha existido un lugar estimulante para los lances amorosos en Murcia ese ha sido, sin duda, los Baños de Mula. Todos hemos crecido escuchando pícaras historias del tiempo de nuestros abuelos sucedidas en este peculiar paraje del noroeste murciano. Fugas de novios, encuentros furtivos de amantes, aguas afrodisiacas. Durante siglos, la sabiduría popular ha achacado el poder excitante y milagroso de estas aguas sulfurosas a la alta temperatura a la que brota en las balsas interiores de las casas de esta pedanía, que siempre han podido ser alquiladas por días e, incluso, horas. Hay gente que asegura que más de la mitad de los murcianos hemos sido engendrados en una de esas pozas, con nuestros padres a remojo en agua caliente.
A lo largo de la historia, el ser humano ha venerado la fertilidad. Se han encontrado pinturas representando a mujeres embarazadas o descubierto pequeñas esculturas en yacimientos arqueológicos que así lo aseguran; se han realizado peregrinaciones a santuarios o elevado millones de rezos a santos especializados en el asunto. Cuando una mujer no quedaba encinta, era objeto de estudio del brujo de turno que la atiborraba a hierbajos, oraciones y sortilegios. Por supuesto, la infertilidad siempre era un asunto imputable a la esposa –que en algunas culturas hasta podía ser repudiada por ello- y nunca al marido. ¡Por Dios, quién iba a pensar eso! Pero en Murcia, donde siempre hemos gozado de uno de los niveles más altos de fecundidad, la solución estaba en los Baños de Mula.
Los matrimonios con problemas para engendrar, tras agotar otras vías más decentes como las de encargar misas, visitar remotos Santuarios o cumplir sin éxito duras promesas -y a veces hasta con el beneplácito del párroco de su pueblo-, alquilaban una casa con balsa en los Baños. La receta a cumplir durante la estancia era sencilla y la solía transmitir alguna pareja de amigos en la que había obrado el milagro meses antes: “Una vez en el agua, fornicio a destajo: unas veces bocarriba, otras veces bocabajo”. El número de embarazos era tan alto que hasta llegaban parejas desde el sur de Francia “a tomar las aguas”. Aunque también había voces en la época que denunciaban la presencia en la pedanía muleña de parejas que no acudían con el noble fin de la procreación, sino que lo hacían por vicio, atraídos por leyendas que, ya en tiempos de los moros, hablaban de aguas afrodisiacas, que manaban del mismísimo infierno para hacer pecar a los débiles.
Pero el caso más famoso de los muchos contados sobre los Baños de Mula sucedió a principios del siglo XX, y fue protagonizado por un señor que aseguraba ser Doctor en Medicina, especialista en embarazos. Unos decían que era vascongado; otros, en cambio, le encontraban cierto acento gallego. Un tipo alto, bien parecido, con un ojo a la virulé. Alquiló una casa grande con balsa para todo un año y, allí, abrió su consulta. Hizo correr la voz de que se comprometía a solucionar todos los problemas de embarazo, incluso los casos desahuciados por la competencia. Tan convencido estaba de su método, que solo cobraría al final del tratamiento, cuando la señora hiciera público su embarazo. Las colas de pacientes a su puerta no se hicieron esperar.
El método que administraba este doctor tenía muchas ventajas, entre ellas que resultaba muy cómodo para los maridos, ya que a la consulta solo debían de acudir las esposas, que recibían tres sesiones espaciadas a lo largo de quince días. En cada sesión, el médico se introducía con la paciente en la balsa para que, mediante frotes circulares, su cuerpo absorbiera mejor los sulfuros, para luego administrarle durante un buen rato un medicamento secreto, que hacía jurar a las mujeres que no desvelarían para no ser copiado por la competencia. Después, durante su estancia en casa, recetaba cópulas a discreción con el esposo.
Fueron cientos las mujeres que quedaron embarazadas tras el tratamiento (o durante él). La noticia corrió como la pólvora por todo el país y las solicitudes de futuras pacientes se dispararon. Pero fue imposible poderlas atender a todas. Su método requería mucha dedicación y sólo podía tratar a tres pacientes al día. Además, descansaba los domingos. El grado de satisfacción de los maridos era tan considerable, que la mayoría de ellos pagaba con creces los ya altos honorarios que el doctor requería por sus servicios. Y ello a pesar de un pequeño, aunque palpable defecto en los resultados: todos los niños, cuyas madres se habían sometido al tratamiento, nacían con el ojo derecho bizco. Un pequeño fallo que el doctor achacaba a la gran cantidad de sales de azufre que contenía el agua de los Baños de Mula. Parecía cosa de magia, pero aquel año, como si de una epidemia se tratara, Murcia se llenó de bebés con mirada estrábica. Antes de que las autoridades sanitarias comenzaran a estudiar el extraño caso, de repente, tal y como había aparecido, aquel médico que nunca supimos si era vasco o gallego desapareció.
De todos es sabido que los oftalmólogos murcianos gozan de muy buen prestigio en el resto del país. Hay estudios que atribuyen el buen oficio de nuestros oculistas los estudio que tuvieron que realizar en su día, allá a principios del XX, empleándose a fondo para enderezar los frutos del sistema de fecundidad empleados por aquel misterioso doctor en los Baños de Mula.

