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ENTRE TÚ Y YO

Nuestros mayores: el colectivo más castigado por la Covid-19

Francisco Luis Velasco Jueves, 24 de Junio de 2021 Tiempo de lectura:

 

En el fondo lo sabemos, lo sentimos, es difícil olvidar a los miles de ancianos que nos han dejado por culpa del coronavirus, en muchos casos sin el consuelo de sus familias. Personas tan reales como nosotros, olvidadas, relegadas, sumidas en el dolor crónico de un virus, pero sobre todo algunas, de una enfermedad que se llama soledad. Personas que han tratado de tomarse esta crisis sanitaria con filosofía. Que han mantenido la cordura y la entereza gracias a una tremenda fuerza de voluntad.

 

 

Ya no andan a paso ligero y tienen la mirada clavada delante. Llueve y no les importa mojarse. No están equivocados, están en lo cierto. No le deben nada a nadie: han hecho lo que han hecho. Conservan su orgullo y han dejado las cosas claras. Se jactan de ello. Sin embargo, no quieren ser juzgados de nuevo. No tienen esa necesidad. La vejez es una edad pensada para transitar por ella con calma. Donde pronto todo será verdad y extraordinario. El sueño de conocer aquel sitio perfecto y mágico.

 

 

Es todo lo que quieren que sea. Su vida terrenal ha sido sumamente plena y es hora de recibir los frutos de tanto sacrificio, de tanto amor incondicional en forma de justa recompensa. No temen a la muerte. No se trata de eso. Ninguna lágrima caerá por sus mejillas. Cuando se marchan, se tumban en su cama, suave y cómoda y respiran hondo. Sin estridencias. Cierran los ojos y no les importa dormirse. No es una tragedia, no están desamparados, lo saben a ciencia cierta. No tienen problemas en aceptar el final.

 

 

No están sorprendidos cuando llega el momento, solo que en este caso el infortunio se ha interpuesto en su camino y les ha obligado a depender de un extraño designio. El mundo ha vuelto a cambiar. No está como lo recordaban. Ahora reina un anárquico y desconcertante señor caótico y nada glamuroso que desconoce las reglas. El coronavirus ha convertido su existencia en una verdadera pesadilla, y ha puesto en tela de juicio todo lo que habían deseado en esa última etapa de su vida. Se han sentido desamparados.

 

 

Para otros ha sido muy fácil y para ellos muy difícil y ¿por qué? Hay un motivo justificable. Viven sabiendo que han aprobado el examen de la vida. Y esa certeza resulta trivial, pero a la vez, necesaria. La Covid-19 no les ha dado el tiempo suficiente para serenarse en paz. Para regocijarse de su extensa y provechosa trayectoria vital. Para disfrutar de su amante esposa y fiel compañera en momentos felices y difíciles vividos a lo largo de tantos años, o viceversa, de ese amor incondicional que surgió antaño, de sus hijos, de sus nietos, de sus biznietos. Ojalá les hubieran dicho aquello que se quedó en el tintero. Ojalá no estuvieran tan cansados ni se sintieran tan solos.

 

 

Nadie había contemplado esa posibilidad. Ni siquiera sabían a ciencia cierta si iban a volver a ver a sus seres queridos. Era difícil localizarlos. Estar en contacto. No había cómo. La gente hablaba con vaguedades. Los rumores anómalos apenas identificables se mezclaban al unísono. El tiempo seguía avanzando en el interior oscuro de sus habitaciones. Las personas mayores saben que hay que dejarse llevar un poco por la adversidad, pero aun así... Vamos. No ha sido justo. Y durante mucho tiempo reinó una mudez llena de ecos. Solo los más afortunados, lo consiguieron al cabo de un año.

 

 

Aquellos que han fallecido en soledad, en silencio, como en sueños. Cuando llega ese momento, cuando se hace necesario seguir el camino eterno. En el hospital, en casa o en una residencia de ancianos, seguro que habrían deseado poder volver del más allá para despedirse de sus familiares, que pudieran descansar en paz y la vida fuese siempre un ciclo completo. Les habría ido bien contar con alguien que agarrase fuerte su mano, pero resulta que, aunque no fuera necesariamente por su culpa, no había nadie cerca en ese último y trascendental momento. Nadie en quien confiar que los reconfortara para no tener miedo. O ni siquiera eso. La bestia asomó el rostro. La luz cegadora lo bañó todo. No era el final soñado, pero era el que les había tocado. Hay muchos que se han quedado para siempre en una situación intermedia, como el espacio entre la tierra y el cielo. Y eso es muy duro aceptarlo.

 

 

Este ominoso virus no le ha hecho ningún bien a nadie. Algunos se han quedado por el camino, enterrados bajo la tierra húmeda y fértil del cementerio. Y los demás que hemos sobrevivido, incluso aquellos que no han pensado nunca en nuestros mayores, debemos rendirle homenaje y venerarlos, por su perseverancia, su resistencia y su valor durante los duros meses de confinamiento, por habernos inspirado; los verdaderos héroes de esta tragedia son ellos.

 

 

Debemos estar intensa y lealmente agradecidos por su estoicidad, por su trayectoria en la vida, por ser mejores que nosotros. Debemos sentirnos más cerca y empatizar con ellos. Un acto de lealtad que quizá nos sorprendería; entender lo que se siente cuando se es mayor. Debemos pensar que nuestros mayores siempre han estado en lo cierto en casi todo. Es lo menos que podemos hacer para honrar la memoria de tantos fallecidos.

 

 

Que contrariedad… Han sido ellos los que han sufrido por nosotros. Por nuestra salud y por nuestro bienestar. Sí, han tenido miedo, pero también ajeno. Nuestros mayores son los que menos se han quejado. Los que más han trabajado. Esa vida humilde, digna, esos testimonios, esa titánica humanidad, esa maravillosa modestia que acompaña el incesante descenso, esa carencia absoluta de protagonismo, de ego. Esa entereza que los hizo salir victoriosos de otros periodos difíciles de nuestra historia. Ese mirar siempre por el bien de los demás y casi nunca por el suyo propio, esa alegría de vivir, ese darlo todo para que ahora podamos disfrutar de un bienestar que ellos no han tenido, ese apoyo y esos buenos consejos que siempre han tratado de transmitirnos. Esa valentía que nos ha inspirado para vencer esta otra batalla contra la Covid-19.

 

 

Por todo eso y para todos ellos y ellas, va dirigido este justo y sincero homenaje.

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