
“Por definición, un mundo construido sobre la base de lo que nos resulta familiar es un mundo en el que no hay nada que aprender” Eli Pariser (Maine, 1980), de su libro: “El filtro burbuja” (Editorial Taurus, 2017, página 24).
![[Img #84096]](https://murciaeconomia.com/upload/images/07_2021/7108_javier-2-002.jpg)
Sin duda, la fotografía titulada “Salida de la Tierra”, tomada en diciembre de 1968 por William Anders, astronauta del Apolo 8, supuso un antes y un después en la conciencia de los seres humanos sobre la realidad del extraordinario planeta que constituye nuestro hogar. En contraste con la oscuridad absoluta del espacio, emerge una pequeña esfera de gran colorido, sobre la línea de la árida corteza de la Luna. Han pasado más de cincuenta años y la singularidad de la Tierra sigue siendo una realidad, no desvirtuada por la incesante búsqueda, no concluida, de vida extraterrestre. La consecuencia lógica de esta conciencia, debería llevarnos a insistir y profundizar en la preservación del planeta que nos cobija.
“Una isla de color y vida en medio de un universo vacío y oscuro… un planeta verde por la vegetación, blanco por las nubes y azul por el agua”, como dice el autor del que hoy les quiero traerles noticia: Stefano Marcuso (Catanzaro, 1965), profesor de la Universidad de Florencia y director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal y, por tanto, uno de los máximos expertos en “neurobiología vegetal”, autor de números libros, entre los cuales, me permito recomendarles, uno de los últimos, a saber: “La nación de las plantas” (Editorial Galaxia Gutenberg, 2020). En las 117 páginas que lo componen, su autor, pretende fijar “los ocho pilares de sabiduría” que rigen la vida vegetal.
![[Img #84097]](https://murciaeconomia.com/upload/images/07_2021/6743_img-20210721-wa0014-002.jpg)
Tras recordarnos que los “humanos” no somos los seres más numerosos; toda vez que las plantas (450 gigatones) representan más del 80% de la biomasa terrestre, mientras que los humanos (con sus 0,06 gigatones), equivalen a un 0,01%; insiste en que tampoco somos “los mejores”; pues biológicamente, el mejor organismo es el más apto para la supervivencia; y las plantas, por término medio, sobreviven mucho más tiempo que los animales, incluido el hombre.
Por eso habla de la “muy sabia Nación de las Plantas, nacida cientos de millones de años antes que ninguna nación humana, que garantiza la soberanía sobre la Tierra a todos los seres vivos: para evitar que una sola especie presuntuosa pueda extinguirse antes de tiempo”.
Y apunta algunas ideas muy interesantes, tales como:
La soberanía de todos los seres vivos sobre la Tierra, frente a la concepción de la especie humana como propietaria del planeta, el cual pasaría a ser un mero recurso, fuente de alimento y de consumo.
Califica el tiempo actual, como el de la sexta extinción masiva de especies en 540 millones de años, cuyas consecuencias no somos capaces de predecir (ttps://academic.oup.com/bioscience/article/67/12/1026/4605229).
La importancia de dejar actuar a las plantas, pues éstas, fijan todos los años 104.900 millones de toneladas de carbono y son el motor de la vida (fijan el dióxido de carbono de la atmósfera, producen azúcares -moléculas con un alto contenido energético- y expulsan oxígeno como material de residuo). Y, además, hace 450 millones de años salvaron al planeta, al reducir los altísimos niveles de concentración de CO2 (muy superiores a los actuales) hasta dejarlos en una décima parte.
Y, en definitiva, observar la naturaleza y, en particular, la sabiduría de las plantas, en las que rige la supervivencia del ser más “apto” no del mejor, el más fuerte, el más inteligente, el más grande o el más despiadado.
En mi opinión: conocer la obra de Stefano Mancuso, empezando por el libro recomendado, por su brevedad y claridad expositiva, para luego adentrarnos en cualquiera de los anteriores, en particular, el impresionante e imprescindible “El futuro es vegetal” (Editorial Galaxia Gutenberg, 2017), es, en gran medida, reconocer que “las plantas ya han inventado nuestro futuro”. Por cuanto encarnan un modelo que, por su flexibilidad y solidez, puede ser más adecuado que el animal (jerarquizado y centralizado, en el que se ha basado el hombre para construir sus organizaciones), para acometer los retos actuales, entre los que está construir un futuro diferente más enraizado en la naturaleza. Y, en esto, las plantas con su capacidad de aprender de la experiencia (pueden recordar y manifestar comportamientos, dotadas de una forma rudimentaria de visión, como han demostrado los experimentos más recientes), de adaptarse a medios hostiles (con una estructura robusta a partir de módulos arquitectónicos que se repiten en una aparato radial), pueden aportar herramientas para la preservación de la vida en la Tierra.
Como dice Stefano Mancuso: “defendamos los bosques y cubramos de plantas nuestras ciudades; lo demás llegará solo”.
Científicamente, como afirma el autor, es incuestionable que las especies vegetales tienen “inteligencia”; por cuanto poseen un “comportamiento adaptativo derivado de una memoria eficaz” que les permite retener información y recordar experiencias pasadas (experimento con la Mimosa púdica); muestran capacidad para imitar las dimensiones, la forma y el color de especies completamente distintas (ejemplo, la Boquilla que modifica sus hojas para confundirse con las plantas vecinas); interactúan con animales (se ha descubierto que las acacias son capaces de graduar la presencia de sustancias en el néctar extra floral a fin de modificar el comportamiento de las hormigas); e, incluso, están sirviendo de modelo para diseñar autómatas que ayuden en la investigación de otros planetas (plantoides).
Una planta no es un animal; pero no por eso son seres pasivos, sino que están construidos a partir de un modelo completamente distinto de la tipología animal. No se nos asemejan en nada, no poseen órganos individuales o dobles a cargo de las funciones principales del organismo; son una forma de vida descentralizada que se adapta al entorno, arraigándose en el suelo y empleando como fuente de energía las inagotables emisiones luminosas del sol.
Queridos lectores, el conocimiento científico, en este caso la botánica y la neurobiología vegetal, es esencial para propiciar un humanismo ambiental, frente a quienes desde los extremos propugnan, bien, un desaforado ambientalismo apocalíptico; o bien, la negación de los efectos perniciosos de la devastación de la naturaleza por la depredación humana de recursos no renovables.
Si volvemos la mirada a los seres vegetales, con sus múltiples especies, su legendaria presencia en la Tierra, sus cualidades, arquitectura, herramientas de adaptación, modelo de crecimiento y soporte para la vida de las demás especies; quizás, nos ayude a gestionar los riesgos con otra perspectiva, encontrar seguras oportunidades, profundizar en la comprensión de las amenazas ciertas y exigir cambios reales y eficaces que nos acerquen a la prosperidad armónica con la naturaleza y, por tanto, en la preservación de nuestro hogar que, hoy es y mañana será, nuestro único hábitat: la Tierra.
Una vez más: el esfuerzo es individualmente intransferible y la tarea imprescindiblemente colectiva. Pero sabemos que nos acompaña la “inteligencia vegetal” contenida en las seguras, eficientes y robustas compañeras: “las plantas” .

