Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

ENTRE TÚ Y YO

Desierto

Ángeles Hernández-Gil Jueves, 29 de Julio de 2021 Tiempo de lectura:

 

Aunque procura no ser molesta, la nostalgia presiona la languidez estival… Trasnochada o no, pero oportuna para seguir con la lentitud que proporciona algo tan inevitable como el verano: olvidar todo lo que ha ido sucediendo a lo largo de esta etapa, que nos ha puesto “patas arriba”, que ha provocado una declaración de guerra contenida, en cada rincón, en cada persona del planeta tierra, sin exclusión ni escapatoria.

 

            Lo cierto es que todo este tiempo ha sido un esfuerzo común para obtener una respuesta tajante, final, satisfactoria, pero sin darnos cuenta de que era algo muy sólido, que ha ido tomando forma, asentándose con todas las de la ley, con todos los derechos. Ya no se habla de la feroz e interminable batalla, de la primera, segunda y demás agotadoras olas. Los términos, las definiciones han ido cambiando hasta llegar a la conclusión de que la Covid-19 se ha instalado cogiendo las riendas de nuestra vida como un okupa que usurpa lo más preciado, lo más íntimo: la tranquilidad de sentirnos seguros, protegidos…

 

            Un recuerdo me viene a la memoria con la clásica escena de película donde se manifiesta sin tapujos la América profunda: una pareja en la madurez personal y frustrante de su vida mediocre, queda reflejada sin ningún color, abocada a la esterilidad emocional en una lucha pasiva sin ninguna expectativa, mientras cada uno se balancea en su mecedora intentando alejar el calor al final del día, en el porche desangelado de su casa, en actitud conformista, decadente, cargando con su monotonía diaria. Situación que se repite con frecuencia en el cine de los años 60, como algo muy significativo, o yo lo interpreto así; como un mensaje oculto que se intensifica en verano, cuando parece que los días se paralizan. Alguna vez se me planta delante hasta que doy un giro hacia la salida de ese desierto anímico, negativo que hay que evitar pero sin olvidar que existe.

 

            Sí, el verano puede ser fatigoso, engañoso, nostálgico; con impresiones inciertas, evocadoras de lo que rechazamos. De las muchas lecciones que da la vida es importante saber a qué atenernos en cada momento. Y aunque parezca lo contrario, creo que si se puede dar un pequeño giro a estos días, aunque sea con la imaginación, es suficiente para renovar muchísimas de las cuestiones que necesitan un cambio.

 

            Es el momento idóneo para dejar paso a una corriente emocional que libere las costumbres de siempre. Hacernos pequeños propósitos, dejarnos proponer otras cosas diferentes, invertir energía desde otros puntos de vista, rehuir de planteamientos demasiado exigentes. Porque es necesario abrir la mente a la influencia de ese desierto que se apropia de nuestras mejores intenciones.

 

            Llegarán hábitos nuevos sin asombrarnos de lo que nos ocurra. Hemos tenido una buena lección de vida. Si aprendemos a vivir de otra forma con más calma, precaución y sentido cívico, puede que nos vaya mejor. Sentirnos dueños del universo no nos ha servido para nada, está claro. Somos vulnerables como cualquier otro ser de la naturaleza. Así, que en el mapa intelectual del mundo, dejaremos una influencia que será endeble y compleja. Nuestro trabajo es como un mosaico de piedrecitas que se van uniendo con un orden que a lo mejor otros tendrán que enderezar. Es la evolución constante, la nuestra, sin los medios para descifrarla todavía.

 

            Todo esto bulle en mi cabeza cuando me planteo la necesidad de descansar en agosto; cerrar la pequeña ventanita que me corresponde cada semana. Coger unas vacaciones. Creo que es el momento oportuno. No me gustaría convertir esta página en un desierto de pensamientos, de ideas, como antes he dicho, que no se han renovado. Tampoco me gustaría quedarme sentada en una mecedora, como esos personajes de película que tanto me inquietaron en su momento. Necesito volver a empezar con el mismo entusiasmo del principio.

 

            “Cuando todos los días parecen iguales es porque hemos dejado de percibir las buenas cosas de la vida” dice el sabio con razón. Y si esto me ocurriera, yo misma dejaría de hacer lo que hago cada día: soñar, pensar, escribir, sonreír, querer… En definitiva… Vivir. 

 

            Nos veremos en septiembre. ¡¡Mil gracias!!

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.