Entre todos lo mataron y él solo se murió (SOS Mar Menor)
Esta es la triste historia (me niego rotundamente a llamarlo fin) de nuestro querido y envidiado Mar Menor.
El delito de omisión del deber de socorro, que aparece regulado en el artículo 195 del Código Penal, castiga al que no socorriese a una persona (no estamos hablando de algo menos valioso) que se halle desamparada y en peligro manifiesto y grave, cuando pudiera hacerlo sin riesgo propio ni de terceros.
El bien jurídico protegido en el delito de omisión del deber de socorro es la solidaridad humana, entendida como el deber de todas las personas de prestar ayuda a socorrer a otras personas (reitero que el Mar Menor no es menos importante) que se hallen en situación de peligro.
Así lo corrobora la sentencia STS 648/2015, de 22 de octubre, al señalar que el interés jurídicamente protegido por el delito de omisión del deber de socorro es “la mínima cooperación social exigible, la solidaridad humana, la vida o integridad física en peligro, la protección de los bienes primarios en desamparo, junto con el escaso riesgo en prestar el socorro".
Pues bien, esta es la triste historia de nuestro añorado Mar Menor. Esta singular albufera de agua salada del Mar Mediterráneo que baña desde tiempos inmemoriales municipios de nuestra Región como San Pedro del Pinatar, San Javier, Los Alcázares y Cartagena, (siendo el municipio con más extensión de costa del Mar Menor) está exhalando su último suspiro y poco o muy poco (o al menos nada bien) estamos haciendo para evitarlo.
Hablaba líneas más arriba de la existencia de un delito flagrante y clarividente como es la omisión del deber de socorro hacia los miles y millones de seres vivos que habitan desde hace siglos en nuestras playas. ¿rojos, azules, naranjas, amarillos…? ¿y qué más da quién le diera la primera puñalada a esta bendición de la naturaleza? Además, con una actitud claramente dolosa, con nocturnidad y alevosía. Señores políticos (y no les voy a echar solo la culpa a ellos porque los ciudadanos en parte también la hemos tenido porque yo creo que nunca hemos sido tan conscientes como ahora de lo que sucedía) dejen de echarse las culpas unos a otros y atiendan al enfermo terminal que lleva años pidiendo auxilio. Parecen ustedes críos pequeños, que si la culpa es de fulanito (Gobierno Central), que si la culpa es de menganito (Gobierno regional) o que si la culpa es de Zutanito (Gobiernos locales)… repito, y ¿qué más da eso ahora mismo? Salven ustedes la vida del enfermo y después se exigirán las responsabilidades oportunas (¡que no creo que se salve ni el tato de este magnicidio o “ecocidio”). Parece ser que para ellos es un “MAL Menor” y no el Mar Menor. Y parece mentira que se trate del centro neurálgico a nivel turístico de toda la Región y uno de los sitios más demandados en temporada de verano de toda España. No nos olvidemos que detrás de este desastre de la naturaleza viene otro a nivel económico si no somos capaces de salvar nuestras costas y el turismo que viene por ellas.
Aquí tenemos, y mucho que hablar y opinar los cartageneros, alcazareños, pinatarenses y/o ribereños, que estamos “dejando” que maten nuestro Mar Menor. Aunque no menos importante es para el resto de españoles, europeos e incluso resto de población internacional que viene a disfrutar de nuestras costas. La joya y envidia de toda España y Europa está en su lecho de muerte.
Recuerdo con añoranza, muy pequeñito y de la mano de mi abuelo Felipe Reverte (en paz descanse), los baños en la playa de Los Nietos con el agua cristalina, los caballitos de mar a cientos y los surcos en la arena bajo el agua que hacían los berberechos. Los Urrutias (concretamente la zona de Punta Brava) también era una playa en la que hace más de 20 años podías bañarte sin problemas. Recuerdo también a mi abuela Isabel (que Dios la guarde en su Gloria) cuando venía a pasar unos días en nuestro pequeño apartamento en La Manga y se echaba por todo el cuerpo los famosos “fangos” de la orilla de la playa que tan buenos y saludables eran para la circulación entre otras muchas propiedades. Horas y horas con mi amada madre Ana María (de la que tampoco puedo ya disfrutar) jugando a las palas o a los castillitos de arena mientras esperábamos a mi padre (a este sí que gracias a Dios puedo disfrutarlo cada día y está más sano que yo) que llegara del Arsenal Militar. Por supuesto, con mis hermanos también pasaba ratos maravillosos, y con mis primas y tíos cuando venían de Galifa a vernos.
Y dirá el lector, ¿a mí qué me importa la vida o la historia de este tío? Pues efectivamente, NADA, pero es una de las miles y millones de historias que esconde el Mar Menor y recuerdos imborrables que a día de hoy no se pueden repetir, o, mejor dicho, no van a poder repetirse a este ritmo de contaminación.
La orilla con fangos yo diría insalubres, las medusas han tomado la albufera, peces muertos alrededor de toda la costa, un olor putrefacto que tira “patrás”, en fin, ¿eso es lo que queremos? ¿De verdad somos tan egoístas que lo que nuestros abuelos, padres y nosotros mismos hemos podido disfrutar no puedan hacerlo nuestros hijos y nietos? Me niego rotundamente a que mis pequeñas Ana María y Rocío no puedan bañarse con su madre y con su padre en el Mar Menor.
Por desgracia, no puedo hacer mucho más que escribir estas líneas de protesta, rabia y desazón y ayudar en todo lo que necesite a la plataforma SOS MAR MENOR, pero con que sirva para remover conciencias y sentimientos de culpa me doy por satisfecho, a pesar de que cómo no, me tacharán de “salirme del tiesto” y me lleve algún “CATE” pero me da igual. ¡Viva el Mar Menor!





















