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ENTRE TÚ Y YO

Salitre venezolano

Pablo Piñeiro Viernes, 10 de Septiembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

No sé cómo lo voy a hacer, como contarte algo que me desgarra con solo pensarlo… Imagínate verbalizarlo.

 

Salado. Es el sabor que me viene a la cabeza cuando pienso en Boris.

 

La sal inunda mi paladar cada día, cada vez que lo recuerdo en ese ataúd marrón oscuro. No podía ser de otra manera, su elegancia reinaba en él, aunque durmiese para no despertar jamás.

 

El cáncer me lo arrebató. Maldito cáncer.

 

Los médicos no le dieron muchos meses desde que se lo diagnosticaron y no se equivocaban.

 

Muchos dicen que el cáncer viene porque lo atraes tú con pensamientos horribles o por tragarte dificultades o problemas y cargar con ellos. Esto evidentemente será un absurdo desde el punto de vista médico, o eso imagino, pero cuando vives la enfermedad de la persona que amas como yo la he vivido, llegas a plantearte demasiadas cosas, incluso que tienes parte de culpa.

 

Que nosotros acabásemos en esta ciudad es gracias a una concatenación de situaciones. En esta decisión yo tuve mucho peso, ya que era lo más coherente desde mi punto de vista. Vivíamos en Venezuela y teníamos lo que se podía decir, una vida muy cómoda. Llegó un día en el que a Boris y a su hermana se les murió una tía.

 

Para que lo entiendas, la familia de Boris aquí, eran de mucho capital a todos los niveles. Boris estaba bastante desentendido de esta familia y no tenía demasiado interés que digamos en esta ciudad, tenía toda su vida y casi la totalidad de sus amigos en Venezuela.

 

Lo que ocurrió fue que recibió con su hermana un gran regalo, desde mi punto de vista… Envenenado. Su tía le había dejado en herencia un edificio en el centro de la ciudad.

 

La falta de interés total de su hermana por el edificio y la cierta dejadez de Boris hicieron que el edificio empezase a dar problemas. Por otro lado, era normal que los diese, todos los inmuebles requieren de una atención y mantenimiento que si no es periódico…  En fin.

 

Todo lo que se refería a los cuidados del edificio, se encargaba indirectamente Boris, él tenía a una persona de confianza aquí con el que mantenía conversaciones en las que grosso modo le decía lo que ocurría. Si había algún contratiempo, lo solucionaba, le daba autorización para que lo arreglase.

 

La persona que tenía encargándose del edificio, alquileres y mantenimiento, era muy poco resolutivo, buena persona, pero poco resolutivo y los problemas fueron creciendo. Muchos impagos de alquileres y los pisos cada vez sumaban más y más desperfectos. A medida que el edificio empeoraba y los gastos se acercaban a superar a los beneficios, las cosas en Venezuela también se ponían feas.

 

No tardó mucho en que las pérdidas fuesen insalvables. Algo que cada vez ocupaba más espacio en la cabeza de mi querido Boris, que veía como su sueldo y progresivamente sus ahorros se derramaban en un pozo sin fondo.

 

Esto me carcomía, ya que él repartía todo lo que daba ese edificio con su hermana, pero cuando se trataba de solucionar algo del edificio, él acarreaba con todo.

 

Él era incapaz de hacerlo de otra forma. Pero cuando empecé a ver que el problema era muy real, le dije:

 

Boris, vámonos allí y lo solucionamos todo, aquí cada vez la cosa está peor y en España una vez solucionado este problema, podremos vivir tranquilos.

 

No me quiero ir, ¿quieres que vaya allí y me muera?

 

No podré olvidar nunca la sonoridad de esa frase en mi cabeza.

 

Lo dijo sin pensarlo mucho, él sabía que tarde o temprano tendríamos que venir. No era un problemita que se pudiese solucionar por teléfono, había que bajar a la arena y pelear con instituciones, vecinos y decenas de cosas más que descubrimos al llegar.

 

Disgusto tras disgusto, yo veía como se iba desgastando Boris hasta que un día… Mientras veíamos la tele sentados en el sofá del salón, me dijo:

 

Me voy a la cama.

 

Vale, yo voy en cuanto acabe la película.

 

Se intentó levantar apoyando las dos manos en el sofá, pero no lograba incorporarse. Lo miraba de reojo y podía percibir como estaba haciendo un esfuerzo horrible, pero él nunca pedía ayuda. Finalmente lo consiguió, pero yo ya no le saqué el ojo de encima.

 

Vivíamos en un dúplex en el que el dormitorio estaba en el alto al que se accedía por unas escaleras. El subió las escaleras lentamente, escalón a escalón mientras yo seguía observándolo. No era normal el esfuerzo que estaba haciendo para llegar a la cama. Llegó a la altura de la cama y se calló rendido en el suelo.

 

Nunca había subido esas escaleras tan rápido, creo que las subí de 5 en 5.

 

Ni siquiera contestó mi grito ahogado de…

 

¡¡BOOORIIISSS!!

 

Cuando llegué a su lado, conseguí que reaccionase, le pregunté qué le había pasado, pero solo me respondía que pensaba que no iba a ir a ayudarle.

 

Llamé a la ambulancia y después de un montón de pruebas, me dieron la peor noticia que me podían dar en mi vida.

 

A esto es a lo que me refería con que la sonoridad de la frase que me dijo cuando discutíamos de si venirnos o no, no se me olvidaría jamás. No puedo evitar pensar en que parte de la culpa de que el cáncer se adueñase de él, es mía. Y es algo con lo que tengo que convivir a diario.

 

Estábamos aquí por mi insistencia, pensaba que sería sencillo llegar y arreglarlo, pero cuando descubrimos la profundidad del agujero en el que nos habíamos metido, no fue sencillo ver que había alguna salida.

 

Creo que las preocupaciones por culpa de este edificio traían de regalo un cáncer.

 

Nunca me imaginaba viviendo mi vida sin él, sin su calma y tranquilidad, sin su talante y educación impolutos.

 

Cuando vi su sonrisa contenida al escucharme decir el “sí, quiero”. Era una sonrisa más que justificada después de todo lo que tuvimos que pasar.

 

Boris tenía 33 años más que yo, yo de origen venezolano y que estuviésemos en una ciudad tan pequeña, hacía que los prejuicios sociales no nos hiciesen fácil nuestra boda, aún no era común una boda entre dos hombres.

 

Cuando fuimos a informarnos de que requisitos teníamos que seguir para poder contraer matrimonio, acabamos ante un fiscal que nos dijo:

 

Necesito pruebas de que tienen una relación real desde hace casi… 40 años y que esto no es un matrimonio de conveniencia, para que usted obtenga la nacionalidad española.

 

Me pareció ridículo, pero en cierto modo entendible.

 

No se preocupe, si quiere pruebas, las tendrá.

 

Cogí un vuelo a Venezuela y regresé con mi vida y mi corazón hechos documentos.

 

Concreté una nueva cita con el fiscal, le mostré numerosas cartas, postales y billetes de viaje. Pero tenía algo reservado para el final.

 

En mi casa preparé un álbum de fotos con 3 fotos por año a lo largo de 37 años de relación, que iban cronológicamente desde la actualidad hasta el día que nos conocimos. Cada foto era una explosión de recuerdos para mí. El fiscal no se paraba en todas las fotos, aun así, yo me esforzaba por explicarle cada una de ellas, cada anécdota, las comidas con amigos en Madrid, Galicia y Venezuela o alguna de un viaje que recuerdo como lo más especial de mi vida.

 

Llegó a una foto en la que mi cabeza decidió volar hasta ese mismo día. Era la primera vez que yo visitaba Disneyland, recuerdo la sensación de sentirme en el mejor de mis sueños, en ningún momento de mi vida me sentí tan dichoso, era algo totalmente inimaginable.

 

En la foto se nos ve a los dos mucho más jóvenes, el fiscal podía observar como yo en esa foto ni siquiera peinaba una sola cana y eso lo dejaba boquiabierto, veía como foto a foto iba rejuveneciendo. Ese día yo llevaba puesto un pantalón cortito y una camiseta que compré ese mismo día en una de las tiendas del parque, el corte era de lo que se llevaba en aquel entonces, ajustada y corta, dejando que se viese un poco de torso. Pero lo que más ilusión me hacía de esa camiseta era el estampado de Mickey.

 

Yo era super fan de él, cuando era solo un niño y no me pude resistir al verla en el puesto de merchandising. Me recordaba a la felicidad en mi infancia.

 

Amo esa camiseta por todo lo que relaciono con ella, ya no me sirve, pero todavía la conservo.

 

Recuerdo como si estuviese ocurriendo ahora mismo, como los dedos largos y huesudos de fiscal, acariciaba la cartulina donde estaban pegadas las fotos que le regalaron una excursión por mi vida.

 

Cada hoja que pasaba me hacía más joven y la vestimenta era más hortera, pero fuera como fuese la instantánea, algo quedaba muy claro, llevábamos una vida juntos.

 

Llegó a la última foto, en ella se podía ver a un hombre de 53 años llamado Boris, abrazado a un chico de 17, llamado Manuel y no puedo evitar recordar el sabor del que te hablaba al inicio de mi historia. Salado.

 

Pero en este caso no tenía que ver con mis lágrimas.

 

El día que yo conocí a Boris, estaba en el aparcamiento de la playa más de moda de toda mi provincia a la que había ido con mis tías. Había ido al coche a buscar un bombín para inflar una colchoneta, se nos había olvidado en el maletero.

 

Cuando estaba llegando al coche me crucé con un hombre tremendamente atractivo, que, aun vistiendo informal, transmitía elegancia y su mirada me sedujo.

 

Abrí el maletero y me puse a rebuscar entre la decena de cachivaches que tenía mi tía, el dichoso bombín cuando una voz dulce me dijo:

 

Chico, ¿Cómo es posible que no te quemes las plantas de los pies con lo caliente que está el pavimento?

 

Es la costumbre.

 

Le respondí yo con la mejor de mis sonrisas.

 

Pues qué suerte tienes, yo no lo soporto.

 

Era el inicio de una conversación llena de miradas que decían mucho más que nuestras bocas.

 

El sabor salado lo relaciono con el salitre que recorría mi cuerpo esa tarde que conocí al amor de mi vida.

 

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