
Si Antonete Gálvez hubiese nacido en Euskadi o Cataluña hoy tendría una estatua con su efigie en cada pueblo, pero el Garibaldi español nació en Torreagüera, y el ser murciano, sin duda, condiciona.
Enojado por el giro centralista que había tomado la I República, Antonete, ferviente republicano federal y diputado en Cortes, regresa a Murcia. Junto al doctor Cárceles proclama el Cantón de Cartagena y el de Murcia, que deciden unirlos para formar el Cantón Murciano. Ante la exigencia del Presidente de la nación para que se dejen de andanadas y regresen al redil constitucional, Antonete Gálvez, el León de la Huerta, asombrando a todos, responde declarando la Independencia de Murcia y la Guerra a España. Si contrastamos, Puigdemont no fue más que un burdo aficionado comparado con el de Torreagüera; al catalán, la declaración unilateral de Independencia apenas le duró unos pocos segundos, mientras que Murcia se mantuvo como un país independiente durante seis largos meses; posiblemente, los más intensos y trepidantes de la historia contemporánea de nuestra Región. Así que, por muchas algaradas que protagonicen, por mucho que marquen paquete con el asunto, vascos y catalanes deben saber que sólo Murcia ha sido independiente en los últimos siglos.
El punto de partida de la revolución fue la izada de la bandera cantonal en lo alto de Castillo de Galeras de Cartagena. Como no encontraron una bandera roja, izaron una bandera turca, que es roja, pero con la media luna blanca. Ante el infortunio de no disponer de pintura roja que disimulara el símbolo islámico, un compañero de Antonete remango su camisa y con la punta de la navaja dio un corte a sus propias venas, tiñendo con su sangre el trapo que, ahora sí, lució completamente rojo.
Durante seis meses, desde el 12 de julio de 1873 al 13 de enero de 1874, Murcia asombró al mundo y la foto de Gálvez fue protagonista de las portadas de todos los periódicos del planeta.
El minúsculo país surgido a orillas del Mediterráneo occidental contaba con la flota más poderosa del Sur de Europa -se apoderó de ella al estar atracada en el Puerto de Cartagena- y con moneda propia –el duro cantonal-, se anexionó ciudades como Hellín, Tobarra, Orihuela, Torrevieja o Guardamar, consideradas tradicionalmente murcianas y creó un ejército propio compuesto por miles de voluntarios de todos los pueblos de la Región.
El Presidente de la República Española, desbordado por los sucesos que estaban ocurriendo en Murcia, con el fin de restablecer el orden, decidió enviar a la Región al más victorioso de los militares del momento, el General Martínez Campos, al frente un imponente ejército. El León de la Huerta, seguido de más de 3.000 voluntarios, salió a su encuentro, camino de Madrid. La primera batalla entre españoles y murcianos –suena extraño decirlo, pero fue así- se produjo en Chinchilla. El resultado del enfrentamiento fue demoledor para los cantonales: 500 murcianos perdieron la vida en ese combate.
Acosados y empujados por las fuerzas centralista, los rebeldes terminan por refugiarse en Cartagena, donde ofrecen una gran resistencia a Martínez Campos. El asedio a la ciudad, que acabó destrozada, fue de una ferocidad nunca vista. Pero cuando todo estaba perdido, Antonete sacó el último as que escondía en su manga: a través de la embajada de USA en Madrid, envió una carta al Presidente norteamericano Ulisses Grant proponiéndole que a cambio de protección armada al Cantón, estarían dispuestos a enarbolar la bandera de las barras y las estrellas y que Murcia fuera el estado número 51 de los Estados Unidos de América. Lejos de considerarlo una payasada, el Presidente se comprometió a llevar la propuesta para su debate al Congreso en Washington. Da vértigo pensarlo, pero de haber prosperado la petición de Antonete Gálvez, hoy, todos nosotros tendríamos pasaporte norteamericano, jugaríamos al beisbol y celebraríamos el día de Acción de Gracias comiendo enormes pavos en nuestras casas.
Tal vez fue la predisposición de los norteamericanos a acogernos bajo su bandera lo que hizo que Martínez Campos diese el empujón definitivo, entrara en Cartagena y acabara con aquella romántica juerga que había durado seis meses, haciendo que nuestro héroe, en los últimos momentos, subiera a una fragata junto a otros 500 murcianos y emprendieran viaje hacia un largo exilio.
Escritores de la talla de Benito Pérez Galdós o Ramón J. Sénder quedaron fascinados por este personaje histórico, al que consideraban el Garibaldi español, y lo hicieron protagonista de algunas de sus obras. En cambio, en Murcia, en la región que menos valora a sus propios hijos, cuando nombras a Antonete Gálvez la gente lo sigue confundiendo con un bandido o con un torero.

