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ENTRE TÚ Y YO

Globo

Pablo Piñeiro Viernes, 08 de Octubre de 2021 Tiempo de lectura:

 

Cuando a alguien le preguntan sobre el amor, la mayoría, de inmediato, piensa en el amor hacia alguien: una pareja, un familiar, un amigo, un animal...

 

Los hay más idealistas, soñadores o llámense como quieran… Que enfocan el amor hacia las sensaciones que les provocan determinadas situaciones o actividades como viajar, comer, practicar un determinado deporte que les apasione, la música...

 

¿Pero a cuantos conocéis que sientan amor hacia un objeto?

Yo misma, si lo pienso, creo que no conozco a nadie de mi entorno, salvo a mí misma, con esta peculiaridad.

 

Y digo creo, porque a muchos amigos míos, aun hoy, les pilla por sorpresa el amor que profeso a mi objeto. Y, quién sabe, quizás alguno de ellos también sienta amor hacia algo qué todavía no han confesado.

 

¿POR QUÉ? Porque no es algo habitual o común, y de entrada, todo lo que sea "raro" (no diferente), suele ser motivo de burla o mofa, y a nadie nos gusta esa situación, y mucho menos tener que dar explicaciones que justifiquen lo que haces.

 

Pero empezaré por el principio.

¿Cuántos de vosotros, de pequeños, no teníais un "mal hábito" adquirido para quedaros dormidos? que si haciéndole ricitos en el pelo a mamá, o acariciando una oreja de papá, o después de hacer tres piruetas de lado a lado de la cama... Seguro que ahora os vendrán algunos recuerdos de cómo eran esos rituales de sueño.

 

Pues yo también adquirí el mío propio, por pura casualidad, o eso pensaba yo.

 

A finales de los ochenta, principios de los noventa, sobre las camas de los hogares españoles reinaban los edredones que eran acolchados por la parte superior, y con telas caídas a los lados.

 

Esa tela caída, habitualmente, solía ser muy fina y manejable.

Pues yo, para dormirme, jugaba enredando mis dedos con esa parte del edredón.

 

No recuerdo el momento exacto en el que empecé a hacerlo, ni el porqué. 

Simplemente se fue convirtiendo en un hábito de sueño imprescindible.

 

Cada noche enredaba un poco más, lo cual fue grabando en mi cerebro el placer que aquello me proporcionaba. Me relajaba, y eso me ayudaba a conciliar el sueño.

 

Durante muchos años, este ritual formó parte de mi día a día. Sin salir jamás esa parcela de mi habitación.

Pero mi vida dio un giro muy brusco, y me tocó vivir uno de los episodios más difíciles de mi vida, el divorcio de mis padres.

 

Hablamos de mediados de los noventa, ya no era algo aislado, pero en donde yo vivía, nadie había pasado por esa situación.

 

No tenía amigos que pudiesen aconsejarme sobre lo que iba a pasar y como debía afrontarlo. Y a mis padres tampoco nadie les dijo lo que debían o no debían hacer con respecto a sobrellevar esta situación de cara a los hijos. Alguna pequeña explicación deprisa y corriendo, y tú haciéndote un curso acelerado para saber por qué, de la noche a la mañana, tus padres pasaron de quererse a odiarse.

 

¿Por qué menciono esto?

 

Porque aquí es donde despierta nuevamente mi "afición" por mi colcha.

Hablamos de que yo tendría unos doce años, y un día, recogiendo una ropa para echar a lavar, me percaté de la tela que tenía uno de mis pantalones. No era exactamente la misma que la que tenía mi colcha, pero me resultaba agradable.

 

Fue tocarla, y cuando me di cuenta, llevaba como unos cinco minutos enredando mis dedos en él. Para mí fue algo extraño. Me veía desde fuera y me sentía una loca; pero aquello me proporcionaba placer y por unos minutos (cuando no eran horas) me relajaba.

 

Aquello me hacía sentir bien. 

Nunca he sido fumadora, pero de preguntar a los fumadores que sensación les produce el fumar, podemos decir que es algo parecido.

 

Mi hándicap, era que no podía llevarme un pantalón en la mochila, y sacarlo en el recreo para toquetearlo. Ya bastante "marcada" estaba por ser la hija de separados, como encima ser la "loca del pantalón".

 

Así que eso se quedó rezagado a mi total y completa intimidad, una vez más.

 

En otro giro de la vida, me tocó mudarme por un tiempo a Gran Canaria. Aquello era un mundo completamente diferente al que estaba acostumbrada. El instituto estaba como muy desestructurado en cuanto a organización del aula, asistencias a clase, y la gente era como mayor, no de edad, pero sí en vivencias. Estaban devuelta de todo, y yo aún apenas empezaba a conocer mundo, a parte que la inocencia brillaba en mi vida. 

 

Estaba más perdida que nunca. Aquello me venía enorme. Me sentía tan pequeña. En plena adolescencia, con la lucha interior que uno tiene que lidiar, encima hacerlo lejos de los pocos amigos que habías podido hacer, y con gente a la que no conoces, y sin tener ningún refugio cerca.

Pero gracias a que en el mundo, como diría la canción de "GIRASOLES" de Rozalén, "...hay mujeres y hombres buenos" conocí a personas inmensas

que me hicieron muy fácil el camino. Así que poco a poco fui adaptándome a las normas y situaciones que marcaban el nuevo instituto.

Por aquel entonces yo contaba con 17 años, y mi etapa del pantalón se había ido quedando atrás, precisamente por la inconveniencia de llevarlo conmigo a según qué situaciones.

 

La casualidad vuelve a sucederse, y en esta ocasión, de una forma un tanto simpática. 

 

Me tocaba lavar los platos, y el agua de Canarias era más agresiva para mi piel, y teniendo dermatitis atópica, para evitar hacerme daño tenía que utilizar guantes de goma.

 

Pues ahí volvió a emerger mi "afán" por enredar mis dedos con otro material, totalmente nuevo para mí (mejor dicho, para mi peculiaridad);

y que incluso hacía más placentero el acto. 

Pero no quería volver a "caer en la tentación", pues, evidentemente, uno no va por la calle con un guante de goma en la mano.

Sin embargo el placer de aquello, que tanto me relajaba, me permitía estar "en paz" conmigo misma, pues durante ese tiempo, por mucho que me atormentasen los miedos del cambio que estaba sucediéndose, yo los vivía tranquila.

 

A pesar de mi intento de no prorrogar mi peculiaridad, ésta me perseguía. 

En el instituto una de las actividades de Educación Física era la piscina. 

 

¿Adivinad con que podía entretener mis dedos antes de comenzar la actividad?  Pues sí, con el gorro. Ese fue mi declive (en tono sarcástico), me aferré a él al momento. Lo podía llevar en la mochila (es más, tenía que llevarlo para ir a piscina) y a nadie le sorprendería vérmelo un día cualquiera en el instituto.

 

Como no tenía mucha más rutina que ir al instituto o estar por casa, poco a poco fui adquiriendo más y más el hábito.

 

Hoy en día pienso que lo utilizaba como mi instrumento de disociación, para afrontar una situación que me venía grande. De hecho, sé que durante mucho tiempo fue como una vía de escape para afrontar con menos amargura ciertos aspectos. Me ayudaba, no diría evadirme, pero sí a serenarme ante la frustración que todo aquello me producía. 

 

Pero la vida continúa, las circunstancias cambian, y afortunadamente mi vida siguió girando y girando hacia un entorno más apacible y estable.

Y con mi vuelta a Galicia, un día mi gorro de piscina desapareció. No me ocasionó ningún trastorno, al igual que tampoco lo hizo las veces anteriores.

 

Pero, nuevamente, otra "casualidad" puso en mi camino un inofensivo globo. Sí, un globo, el típico de las fiestas de cumpleaños. Posiblemente de una de ellas lo hubiese sacado.

 

Como las veces anteriores, mis dedos se perdieron en él y fue el summum de los objetos. El que mayor placer me proporciona y el más discreto (y ahora teniendo un hijo más todavía).

 

Cada vez que esta peculiaridad volvía a mi vida de forma "casual" siempre había un episodio de mi vida complicado (posiblemente en la etapa infantil lo hubiese, pero yo no soy consciente de ello), así que, con esta vuelta, analicé algo más la situación.

 

Tengo 33 años y a nivel emocional, estoy bien, no tengo ninguna carencia hoy en día, y cuando la tuve, intenté solucionarlo.

 

Pero, sin embargo, sigo disfrutando de mi objeto.

 

Me proporciona lo mejor que le puedes pedir a algo, placer. No es ningún sustitutivo de nada, no tengo necesidad de él, no es obsesivo, pues he pasado largas temporadas sin él (una de ellas fue tras dar a luz, que fue una etapa altamente conflictiva emocionalmente, de mucho estrés), tampoco es dañino para la salud, y lo único que me preocupaba, era mostrar esa "peculiaridad" mía ante quienes no me conocen.

 

De entrada, se ríen, o por lo menos les resulta, cuanto menos, curioso. No me molesta, yo también me sorprendería, porque es "raro", pero también me gusta, porque es algo único, por lo menos en mi entorno; y a veces destacar por algo que no sea malo, ni bueno, sino particular, pues también es satisfactorio.

 

Como comencé al inicio de este relato, hay quienes solo ven amor en personas, yo lo veo en muchas otras cosas, y mi peculiaridad es una de ellas, y no sería posible sin mi objeto. 

 

Cada uno ha de lograrse sus propias armas, para librar la batalla de su vida (un globo es un buen arma).

 

 

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