
“El cambio climático es, por encima de todo, un conflicto intergeneracional” (Isidoro Tapia, de su libro: “Un planeta diferente, un mundo nuevo” Editorial Deusto, 2021, página 29).
A finales de este mes tendrá lugar, en Glasgow, la crucial Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP26); la cual ha venido precedida, el pasado día 9 de agosto, por la publicación del último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), que literalmente afirma: “los científicos están observando cambios en el clima de la Tierra en todas las regiones y en el sistema climático en su conjunto. Muchos de los cambios observados en el clima no tienen precedentes en miles, sino en cientos de miles de años, y algunos de los cambios que ya se están produciendo, como el aumento continuo del nivel del mar, no se podrán revertir hasta dentro de varios siglos o milenios”.
E, igualmente, dice: “las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de las actividades humanas son responsables de un calentamiento de aproximadamente 1,1 °C desde 1850-1900, y se prevé que la temperatura mundial promediada durante los próximos 20 años alcanzará o superará un calentamiento de 1,5 ºC. Este dato es fruto de la mejora de los conjuntos de datos de observación para evaluar el calentamiento histórico, así como de los progresos en el conocimiento científico de la respuesta del sistema climático a las emisiones de gases de efecto invernadero producidas por el ser humano”.
Como ha declarado, Alok Sharma, presidente entrante de la COP26: “una acción climática ambiciosa puede evitar los efectos más devastadores del cambio climático, pero solo si todas las naciones actúan en conjunto".
El debate, que viene de varias décadas atrás, definitivamente se ha incorporado a la planificación de los gobiernos y organizaciones internacionales, con todos los ingredientes, no solo “científicos”, sino “ideológicos” e intereses económicos implicados.
Por eso quiero comenzar por recordar lo dicho por Naomí Oreskes y Eril Conway, (historiadores de la Ciencia de la Universidad de Harvard) en su libro “Mercaderes de la duda: Cómo un puñado de científicos ocultaron la verdad sobre el calentamiento global” (Editorial Capitán Swing, 2018): “durante cuarenta años, los negacionistas del clima, financiados por compañías de combustibles fósiles, han engañado al público acerca de la ciencia del cambio climático de la misma manera que las compañías tabacaleras engañaron al público acerca de la ciencia que relaciona el tabaquismo con el cáncer”.
Y, es por ello, que deseo darles noticia de dos libros críticos con quienes son claros defensores y propagandistas de la inminencia e inevitabilidad de la “Apocalipsis climática”. Me refiero a:
1º.- Steven E. Koonin (Nueva York, 1951), físico graduado en el M.I.T., profesor universitario, fue responsable de ciencia en el Departamento de Energía del presidente Obama y fundador-presidente del Center for Urban Science and Progress (centro de investigación interdisciplinario dedicado a la aplicación de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas al servicio de las comunidades urbanas de todo el mundo). En su reciente libro “Unsettled: What Climate Science Tells Us, What It Doesn´t and Why It Matters” , editado en inglés por BenBella Books, 2021 (Sin resolver: qué nos dice la ciencia del clima, qué no y porqué es importante"), a lo largo de 256 páginas, realiza, primeramente un repaso a lo que sabemos del clima, la influencia humana, la expansión de las emisiones, los distintos modelos de análisis del clima y su prospectiva, los datos científicos sobre todo ello y los acontecimientos catastróficos (huracanes, tempestades, lluvias, nivel del mar); para, posteriormente, evaluar la “agenda política” y las respuestas gubernamentales al “cambio climático”.
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Quizás lo más interesante, del libro, es:
1.- La cantidad de datos científicos que nos permite, a quienes no somos ni mucho menos expertos, conocer como funciona el clima en nuestro planeta; y constatar el cambio climático.
2.- El problema es cuando se pretende construir, con datos no completos un modelo climático, que científicamente realice predicciones con cierta exactitud. Nos dice el autor que, tomando los datos de los informes del IPCC, existen grandes discrepancias según que modelo computacional se haya implementado para generar predicciones. Más aún, cuando a la actividad humana se une la propia variación natural.
3.- No es un libro “prescriptivo” que nos diga qué hay que hacer; sino más bien, “descriptivo” que nos interroga. Aunque, también propone: obtener observaciones sostenidas y mejoradas del sistema climático (más datos); y responder ¿por qué los modelos climáticos fallan al describir el pasado reciente y son tan inciertos en sus proyecciones del futuro? En definitiva, aboga por “hacer solo cambios de bajo riesgo hasta que tengamos una mejor comprensión de por qué el clima está cambiando y cómo podría cambiar en el futuro”.
Como el propio Steven E. Koonin dice: “Escribir este libro ha sido una oportunidad para recopilar y sintetizar experiencias durante un viaje de quince años en clima y energía. Empecé creyendo que estábamos en una carrera para salvar al planeta de la catástrofe climática. Desde entonces, he evolucionado hasta convertirme en un crítico público de cómo se presenta la ciencia del clima…”.
Pero también advierte de su desagrado, al constatar el desenvolviendo del “debate” sobre el cambio climático: “…me he sentido consternado en el camino… por la voluntad de algunos científicos climáticos -apuesta por los medios y los políticos- de tergiversar lo que dice la ciencia, y luego por los muchos otros científicos que son cómplices silenciosos de esas tergiversaciones…”.
2º.- Michael Shellengerger (USA, 1971), es periodista y activista medioambiental, fundador y presidente de Environmental Progress (una organización de investigación independiente con sede en Berkely, que lucha por la energía limpia y la justicia energética). En su reciente libro, de 472 páginas “No hay Apocalipsis: Por qué el alarmismo medioambiental nos perjudica a todos”” (Editorial Deusto, 2021) afirma, rotundamente, que “no es el fin del mundo y la sexta extinción está cancelada”; y defiende un “humanismo ambiental”.
Como el propio autor dice: “decidí escribir No hay apocalipsis, después de hartarme de la exageración, el alarmismo y el extremismo, que son enemigos de un ecologismo positivo, humanista y racional”.
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Michael Shellengerger; tras décadas de activismo medioambiental, defiende:
1.- Una ética a favor del humanismo, contra el antihumanismo del ambientalismo apocalíptico.
2.- El desarrollo de los países pobres, desde sus propias deficiencias de infraestructuras y carencias energéticas: “no es ético que las naciones ricas priven a las pobres de las tecnologías responsables de nuestra prosperidad”. Como decía Briscoe: “una y otra vez he visto a ONG y políticos de países ricos defender que los pobres sigan un camino que ellos, los ricos, nunca han seguido ni están dispuestos a seguir”.
3.- La necesidad de mejorar la ciencia y no incrustarla de ideología o intereses, sobre todo cuando se realizan predicciones extremas Por ejemplo, en 1972, el Club de Roma, publicó “Límites del crecimiento”; un informe que concluía que el planeta estaba al borde el colapso ecológico.
4.- Los datos científicos de los informes del IPCC, son generalmente sólidos, pero el problema radica en su “resumen para responsables políticos”, comunicados de prensa y declaraciones de los autores, los cuales delatan motivaciones ideológicas, con una tendencia clara a la exageración y ausencia de contexto importante. En particular relata el caso de Richard Tol (reputado profesor de la Universidad de Sussex, experto en dióxido de carbono), nombrado en 2012 autor principal del IPCC, quien protestó porque el “resumen para responsables políticos” fue mucho más apocalíptico de lo que justificaba la ciencia”; pues pasó de “no exento de riesgo, pero manejable”, a “vamos a morir todos”. Por supuesto, no se recogió la afirmación de Richard Tol: “Muchos de los impactos más preocupantes del cambio climático son en verdad síntomas de mala gestión y subdesarrollo”.
4.- La energía nuclear; por cuanto, “mientras la energía nuclear se consideraba opcional hace unos pocos años, hoy se considera cada vez más esencial para hacer frente al cambio climático”.
En definitiva, Michael Shellenberger, nos anima: “El humanismo ambiental eventualmente triunfará sobre el ambientalismo apocalíptico, creo, porque la gran mayoría de la gente del mundo quiere tanto prosperidad como naturaleza… la evidencia muestra que un mundo orgánico, de bajo consumo energético y con energía renovable sería peor, y no mejor, para la mayoría de las personas y para el medio ambiente natural”.
En mi opinión: los datos científicos reales, no los manipulados o fraudulentos, no ofrecen dudan del reto al que los seres humanos, individual y colectivamente, nos enfrentamos. Con particular responsabilidad y necesidad de acierto para la actual generación en el poder, por las consecuencias para las generaciones venideras. Pero la respuesta no vendrá de los extremos: entiéndase, de los negacionistas del reto ambiental y de un nuevo enlace entre naturaleza y progreso; ni de los ambientalistas apocalípticos que siembran temor, ansiedad e ira (sobre todo en los más jóvenes).
La historia de la humanidad nos ilustra que los fanatismos, de todas clases, pero especialmente los que pretender trascender sin dar opción al debate, por tener redactadas las respuestas, antes que las preguntas, no aciertan en modo alguno; y hacen retroceder los niveles de bienestar de las personas y colectivos más sensibles.
Es necesario, una vez más, separar ciencia y religiones seculares; al igual que los científicos deben diferenciar entre sus “valores personales” y “los hechos que estudian”, “las hipótesis que formulan” y “los modelos predictivos”; y, más aún, los intereses de quienes les patrocinan.
El futuro se construye en el presente, aunque se imagine desde el pasado. Y, por tanto, el necesario activismo ambiental, ha de ser una herramienta importante, pero compartida con otras, que nos permitan el diseño de modelos inclusivos, respetuosos con los derechos y libertades de las personas, generadores de desarrollo, superadores de la pobreza y solidarios con aquellos que no disfrutan de los frutos de la prosperidad.
Sin duda, un reto a la altura de la Humanidad en pleno siglo XXI; que, de nuevo, nos llama a superar la indiferencia.

